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Desde el sur peruano Por Joaquín Alcázar

Los seres humanos tenemos la capacidad de adaptarnos a distintas realidades, tanto física como mentalmente. Esta es una de nuestras grandes ventajas como especie. En el mundo actual, un gran proceso de cambio que experimentan varios millones de personas es pasar de vivir del campo o ciudades pequeñas a las grandes urbes, las cuales, según varios estudios, cada vez concentrarán un mayor porcentaje de la población humana. En la actualidad, aproximadamente 50% de la población mundial vive en zonas urbanas, y dicha cifra ascenderá a 70% en 2050, según la ONU; por su parte, un 12% de la población, o 453 millones de personas, viven actualmente en megaciudades, es decir, aquellas con más de 10 millones de habitantes.

En Perú, este proceso migratorio a las zonas urbanas y a la megaciudad sería más acentuado. Lima, con 10.13 millones de habitantes, concentra el 31.9% de la población del país, y la población urbana representa el 76.7%. Hace 50 años Lima tenía el 22.6% y las zonas urbanas 58.1%, y hace 20 años Lima concentraba el 29.9% y las zonas urbanas 68.7%.

La pregunta es: ¿ofrecen las zonas urbanas y las megaciudades mejor calidad de vida para los distintos niveles socio económicos? Es decir, ¿qué tanto un poblador de un nivel bajo, medio o alto, incrementará su calidad de vida pasando de zonas rurales a zonas urbanas y de zonas urbanas a megaciudades? ¿O se trata de un fenómeno social o psicológico fortalecido por nuestra capacidad de adaptarnos a nuevas realidades, por más desventajosas que puedan ser realmente?

Las grandes ciudades tienen problemas que no existen o existen en mucho menor medida en ciudades chicas y zonas rurales, como el tráfico y el tiempo perdido que implica, la delincuencia, contaminación de diversos tipos, mayores desigualdades económicas, costo de vida, falta de lugares de esparcimiento, etc.

Obviamente nadie va a negar que las zonas urbanas y grandes ciudades ofrecen mejores oportunidades de empleo e ingresos, así como mejor acceso a servicios básicos como educación, agua, saneamiento y salud. Sin embargo, con la mejora de estas condiciones en las ciudades chicas y en zonas rurales, y con el significativamente mayor costo de vida y problemas antes mencionados de las grandes ciudades, ¿puede no ser preferible considerar vivir en las primeras?

El ingreso promedio familiar de las zonas urbanas fuera de Lima es de 2,775 soles al mes, mientras que en Lima es de 5,006 soles; es decir 80% más, según las Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO). No obstante, varios costos pueden ser superiores en similar o mayor proporción, como el costo promedio del m2 de compra y alquiler de la vivienda, la educación básica privada, el costo de transporte (tanto en micros y combis como en taxis), la salud privada, esparcimiento, etc.

Para los pobladores de niveles más altos, cuyas necesidades básicas estarían cubiertas antes de migrar, las motivaciones son otras, tales como mejores oportunidades laborales, la mayor calidad de vida que pueden ofrecer distritos como Miraflores y San Isidro, más actividades culturales, aspectos sociales, etc. Pero nuevamente, ¿está tan lejos la oferta de las provincias en estos aspectos para que muchos decidan comprarse los inconvenientes que ofrece una megaciudad como Lima?

Según una encuesta realizada por la Escuela de Postgrado de la Universidad del Pacífico, 78% de limeños pasa más de una hora al día en el tráfico; un 45% más de dos horas; 24% más de tres horas; y 12% más de cuatro horas. Asimismo, los costos de bienes y servicios enfocados en segmentos altos pueden duplicar o triplicar a aquellos de las principales ciudades de provincias, en rubros como educación de los hijos, vivienda, esparcimiento, alimentos en supermercados, clubes sociales, segunda vivienda, etc. Y respecto al avance profesional, por el lado dependiente, algunas regiones como La Libertad, Arequipa, Moquegua y Tacna, por los proyectos que se vienen desarrollando en ellas, pueden ofrecer líneas de carrera atractivas; y por el lado independiente, es posible que existan igual o más oportunidades en provincias, por la menor competencia y la menor penetración de varios servicios en comparación con Lima. Por otra parte, las cada vez mejores telecomunicaciones y la posibilidad de estar en una hora en Lima desde cualquier parte del país permiten atender a este mercado remotamente en varios rubros.

No se sabe cómo continuará el proceso migratorio en el Perú en los próximos 20 años, pero pareciera que Lima seguirá creciendo más que el resto de ciudades, ofreciendo posiblemente una cada vez menor calidad de vida a sus habitantes, mientras que algunas ciudades de provincias, que mejorarán sus servicios básicos y oportunidades de empleo e ingresos podrían incrementar su oferta de calidad de vida. No son pocos los casos de gerentes limeños que, trasladados a regañadientes a provincias por sus empresas, luego no quieren regresar a la megaciudad.