Jorge E.Lazarte Molina
Destrabe empresarial Por Jorge Lazarte

Luciano Garusso dormía en su domicilio cuando el sonido de una alarma lo despertó. Se trataba del sistema de seguridad de su joyería. Se levantó súbitamente de la cama y corrió hacia su escritorio. Desde allí pudo apreciar a través de los monitores de video vigilancia a unos encapuchados saqueando su local comercial. Se llevaron toda la mercancía de los exhibidores valorizada en US$1.2 millones. Afortunadamente se llevaron también un dispositivo GPS escondido entre las joyas, que permitía rastrear los bienes y al que quedaban pocas horas de batería. De inmediato, Garusso acudió a la comisaría a solicitar apoyo policial. Sin embargo, el capitán le explicó que en ese momento no contaba con personal disponible y no podría asistirlo.

– “Es mucho dinero y al GPS le quedan pocas horas. Necesito ayuda inmediata“, le increpó Garusso.

– “En ese caso podemos hacer una excepción…”, replicó el capitán, “…pero dado el riesgo del operativo, cada oficial deberá recibir S/5,000 por su valor y entrega. Somos 20, pero usted tendrá sus joyas“.

Indignado, pero con escaso tiempo para denunciar al capitán y recuperar sus bienes, Garusso entregó S/100,000 en efectivo al policía para que cumpliera con su labor. Al final del día recobró lo que era suyo, con la rabia de haber sido extorsionado y haber tenido que pagar por ello.

Esa misma madrugada, Wilmer Arellano manejaba de regreso a casa con varios tragos de más. Le costaba mantenerse despierto y controlar el vehículo. Al llegar a un semáforo en rojo no le fue posible frenar a tiempo e impactó severamente con el carro que tenía delante. Sus pasajeros bajaron golpeados y ensangrentados sin saber bien lo que había ocurrido. Arellano yacía inconsciente en el interior de su auto, pero al llegar la policía despertó y entendió lo complicada de su situación.

– “Jefe, ayúdeme…”, le dijo Arellano, “…le doy lo que sea por salir de ésta“.

– “Tiene suerte que todavía no llegó la prensa“, respondió el oficial, “…ya pues, S/100,000 y lo arreglamos“.

Esa misma noche, Garusso y Arellano cometieron el mismo delito: corrupción de funcionarios. Garusso lo hizo para recuperar lo que era suyo y conseguir el auxilio policial al que tenía derecho y que le estaba siendo negado; su crimen se castiga hasta con cinco años de cárcel. Arellano hizo lo mismo pero para salir de un problema y no enfrentar la responsabilidad penal que le correspondía; su crimen se castiga hasta con seis años de cárcel. En ambos casos las penas para los policías alcanzan hasta los diez años de cárcel.

La ley peruana no distingue entre corrupción y extorsión. Sólo aplica penas diferentes dependiendo de si quien recibe el pago lo hace para cumplir o incumplir una función pública. El policía que extorsionó a Garusso recibió dinero para cumplir con el deber al que estaba obligado y se aprovechó de la situación. El que accedió a la coima de Arellano lo hizo para incumplir su labor policial y obtener un beneficio ilícito a cambio. Pero en ambos quien realiza el pago es considerado un delincuente, sin importar la motivación de sus acciones.

¿Es razonable juzgar ambos casos por igual? ¿Debe el delito de Garusso ser comparable al de Arellano? ¿Merecen ambos similar castigo? ¿Cómo reaccionaría usted en uno y otro caso? No es mi intención inducir respuestas ante estas interrogantes, simplemente distinguir entre dos conductas iguales pero con motivaciones diferentes, sobre las que merece la pena reflexionar.