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Destrabe empresarial Por Jorge Lazarte

Es difícil imaginar una empresa en la que sus gerentes no puedan dialogar entre si por encontrarse enemistados. Si el gerente de operaciones no conversa con el de logística es imposible coordinar el abastecimiento de productos. Si el de finanzas no coordina con el de compras, no hay forma de gestionar los recursos de la empresa. Si el gerente general no habla con su equipo, la empresa se irá a la deriva en medio del caos.

Esta situación es impensable porque en el momento en el que ocurre una fricción entre gerentes que no puede ser superada, el líder debe tomar una decisión  y mandar a alguien a su casa. Las áreas de una empresa no son autosuficientes. Si quienes las dirigen no son capaces de sobrepasar sus problemas y dar vuelta a la página, el derrotero será sólo el fracaso. La ley del hielo no tiene cabida en un equipo gerencial.

Estas conclusiones resultan obvias para muchos de nosotros, pero quienes vivimos en Lima sufrimos a diario los efectos de la ley del hielo entre nuestras autoridades. Existen alcaldes en nuestra ciudad que están enemistados desde el inicio de sus gestiones y simplemente no se hablan. Mantienen un silencio sepulcral de adolescentes distanciados. No son capaces de superar sus diferencias y ceden ante el orgullo y la soberbia.

En algunos casos la enemistad va más allá de la indiferencia y se convierte en sabotaje. Un alcalde se dispone a desarrollar un proyecto y el otro lo frena. Uno pinta lineas en sus calles y el otro las borra. Uno autoriza la instalación de anuncios publicitarios y el otro los derriba. Dos alcaldes quieren administrar la misma área de la ciudad, pero no conversan y ambos lo hacen mal.

Piensan que sus jurisdicciones son autosuficientes y que no tienen porque interactuar unos con otros. No ven a la ciudad como una unidad, sino como parcelas feudales de las que cada uno es amo y señor. Creen ilusamente que podrán resolver los problemas de sus distritos sin coordinar sus mejoras e implementación con las municipalidades vecinas o la provincia.

Esta incapacidad de dialogar impide el orden, frustra el progreso y retarda el desarrollo. La ley del hielo cierra las calles, satura las vías, deja proyectos inconclusos, planifica mal las obras. En la administración de una empresa esto no perduraría sin que alguien fuera despedido, pero en la administración de nuestra ciudad esto pasa desde hace mucho tiempo y no se puede despedir a nadie – la revocatoria es un proceso largo, burocrático y costoso.

¿Como salir de esta encrucijada? Lima tiene 43 distritos pero es una única ciudad. No puede tener 43 alcaldes autónomos e independientes. Es como tener 43 gerentes generales para una misma empresa. La responsabilidad por la gestión de una ciudad debe recaer en un líder – y solo en uno. Cuando la responsabilidad se divide entre varios, termina diluyéndose hasta desaparecer.

Mientras tengamos personas que gobiernen Lima de manera individualista y no se sientan parte de un mismo equipo con objetivos comunes, el orgullo y la soberbia mantendrán vigente la ley del hielo, que es el origen de todos los males de nuestra ciudad.