JorgeLazarte
Destrabe empresarial Por Jorge Lazarte

El 21 de noviembre alcanzaré la mayoría de edad como abogado. Por ahora soy solo un adolescente – al menos jurídicamente. Casi dieciocho años han pasado desde que juré por Dios cumplir las normas vigentes, pero con la calidad normativa que tenemos en nuestro país, no paso un día sin preguntarme si hice bien en hacer ese juramento. Afortunadamente no me lo tomé muy en serio. Ello me ha permitido enfrentar y cuestionar a las autoridades y sus mandatos cada vez que los he encontrado insensatos.

Mi resistencia a la “obediencia ciega” ha encontrado sustento en un libro cuya lectura considero indispensable. Se llama “Obediencia a la Autoridad” y fue escrito en 1974 por Stanley Milgram, un psicólogo norteamericano de la Universidad de Yale, cuyos padres sobrevivieron al holocausto y lograron escapar de la Segunda Guerra Mundial. Como muchos jóvenes judíos, Milgram vivió atormentado por la masacre de los Nazis y se preguntó muchas veces cómo algo tan horrendo pudo haber tenido lugar en la historia de la humanidad.

Milgram era consciente de que la matanza solo pudo ser posible mediante un disciplinado sistema de cumplimiento normativo. Es así que inició una serie de experimentos en más de 1,000 hombres y mujeres para determinar hasta qué punto las personas eran capaces de desobedecer órdenes cuando éstas entraban en conflicto con sus principios más elementales. Sus hallazgos fueron aterradores. Siete de cada diez personas carecen de capacidad para cuestionar y resistirse al cumplimiento voluntario de órdenes que contravienen sus valores y principios básicos, cuando estas son dictadas por alguien a quien reconocen como una autoridad.

La razón de ello es que el ser humano vive en una estructura social que es jerárquica por naturaleza, dentro de la cual se le enseña a obedecer desde que nace y nunca a cuestionar o desafiar a las autoridades. En todo grupo humano se espera que sus integrantes cumplan las normas y obedezcan, lo cual genera una expectativa de comportamiento que es muy difícil de romper y genera enormes resistencias e incomodidades al hacerlo.

Pero el tema central que gatilla la obediencia es la percepción de falta de responsabilidad de quien cumple una orden. Cuando se acata el mandato de una autoridad, las personas hacen responsable de sus actos a la autoridad que ordena y no a quien cumple. Es por esta razón que las personas se sienten llamadas a obedecer todo tipo de órdenes, por más irrazonables que resulten; responsabilizando de sus actos a quien emite la orden y no a quien la ejecuta. Ello explica que los crímenes más atroces se hayan cometido en nombre de la obediencia.

Las preguntas que debiéramos hacernos entonces es si, considerando el perfil tan poco profesional de algunas autoridades que tenemos en el Perú y las normas tan irrazonables que suelen dictar algunas veces ¿Debemos simplemente obedecer? ¿O debiéramos más bien adoptar una conducta crítica y desafiante frente a mandatos carentes de razonabilidad? Obedecer es positivo cuando las autoridades y sus normas también lo son. La obediencia se vuelve negativa cuando las autoridades y sus normas dejan de ser legales y razonables.

Si sentimos que la responsabilidad por las normas que se dictan es solamente de nuestras autoridades y las obedecemos sin cuestionarlas, seremos por siempre ovejas del subdesarrollo. Tenemos que aprender a ser desobedientes algunas veces y entender que desafiar a la autoridad y cuestionar sus normas puede ser positivo. Sólo algunas personas lo han logrado en nuestro país y ello ha permitido que en los últimos años se hayan eliminado importantes barreras burocráticas que generaban importantes sobre costos a las empresas, ilegal e irrazonablemente. Para ser más competitivos, tenemos que cuestionar más. Tenemos que denunciar más. Tenemos que resistirnos más.