JorgeLazarte
Destrabe empresarial Por Jorge Lazarte

Quien no sufra de memoria de corto plazo, recordará lo deficiente que ha sido hasta hace poco el servicio de taxis en nuestro país. Durante muchos años, la única manera de conseguir un taxi era salir a la calle, esperar que pase uno y pedirle que se detenga con un gesto, un grito o un silbido. Si se tenía suerte se conseguía un auto decente, pero por lo general la mayoría eran autos viejos y en muy mal estado.

Cuando el auto se detenía, en mitad de la calle, entorpeciendo el tránsito, había que iniciar un proceso de negociación con el conductor. Primero para saber si estaba dispuesto a ir al destino deseado y darle las referencias de cómo llegar. Luego de meditar unos segundos y proponer al pasajero una tarifa, se iniciaba una segunda negociación que consistía en un simple regateo:

– “Doce soles”
– “Tengo ocho”
– “Por diez te llevo”
– “Nueve pues”
– “Ya vamos”

Este servicio de taxis no ha tenido ni tiene ningún tipo de regulación. Cualquiera puede hacer taxi de manera informal, sin pagar impuestos, sin permisos para operar y sin ofrecer ninguna garantía ni seguridad a los usuarios. Ante estas deficiencias, surgieron hace algunos años compañías de taxis por teléfono, que permitían llamar a un call center y ser atendido por una operadora que agenciaba el envío de una unidad a la dirección indicada y proporcionaba un tiempo estimado de llegada y un costo determinado.

La tecnología y penetración de los smartphones en el mercado nos llevó finalmente al desarrollo de aplicativos que profesionalizaron e hicieron mucho más eficiente el servicio. Ya no hay que salir a la calle a buscarlos ni detenerlos para negociar. Solo hay que esperar que nos recoja un chofer en un auto debidamente identificados, nos lleve al destino indicado en la aplicación, y cargue el servicio a la tarjeta de crédito registrada para ello. No sólo se ha bancarizado el pago, sino que se ha puesto fin a la tediosa búsqueda de sencillo en cada grifo y quiosco de la ruta.

A pesar del enorme avance tecnológico que ha permitido mejorar el servicio de taxis, el Congreso de la República ha decidido regular e imponer una serie de requisitos y exigencias burocráticas para las empresas que administran los aplicativos. Siguen existiendo miles de taxistas en la informalidad, que continúan brindando un servicio inseguro y deficiente; pero el Congreso ha decidido regular, irónicamente, a las empresas que promueven la eficiencia, la bancarización y la calidad.

Para ello ha aprobado una ley que obliga a los administradores de aplicativos de taxis, a inscribirse en un registro e inscribir mensualmente la nómina de chóferes con los que trabajan, creando trámites demandantes de tiempo y dinero carentes de razonabilidad. Se ha establecido también una obligación solidaria entre las empresas de aplicativos y los taxistas por las denuncias de los usuarios, lo cual es tan absurdo como hacer responsable a una agencia de viajes por el mal servicio que puede prestar un hotel contratado a través de ella.

Todo esto mientras las calles siguen llenas de taxistas informales, que “le sacan la lengua” al Congreso, a sus leyes y a las empresas promotoras del progreso. Si bien la ley aprobada por el Congreso solo aplica a las empresas de aplicativos, pone en evidencia la razón por la cual es tan difícil progresar en el Perú. Las autoridades se preocupan por regular y perseguir sólo a las empresas constituidas formalmente. Han olvidado que reducir la informalidad es —o debiera ser— una política de Estado.