JorgeLazarte
Destrabe empresarial Por Jorge Lazarte

Si Conversación en La Catedral hubiera sido escrita recientemente y Zavalita se preguntase hoy “¿En qué momento se había jodido el Perú?”, su respuesta sería indudablemente el 13 de marzo de 2003. Ese nefasto jueves negro en que el Tribunal Constitucional sentó el precedente judicial más pernicioso para el desarrollo y la inclusión social de nuestro país, mediante el cual permitió a los trabajadores optar por la reposición en sus puestos de trabajo, en lugar de obtener una indemnización dineraria por su despido.

No hay nada más abusivo, injusto, desproporcionado y absurdo que obligar a alguien a trabajar con quien no quiere. El éxito de cualquier empresa depende en un 100% del trabajo en equipo, y si una persona carece de habilidades, compromiso, dedicación, esfuerzo o empatía para formar parte de él, tiene que buscar otro en el que se adapte mejor. Pero más importante aún es el derecho de los líderes para decidir quiénes deben formar parte de un plantel y quiénes no. Si se restringe ese derecho fundamental, se pone en riesgo el éxito de cualquier proyecto.

La confianza es el vínculo más importante de toda relación laboral, muy por encima de cualquier derecho o beneficio. Es la base sobre la que descansa todo emprendimiento. Tarda años en construirse y segundos en destruirse. El valor que tiene es tan grande que todos los esfuerzos deben estar orientados a preservarla. Pero como toda relación interpersonal, es por naturaleza recíproca y no puede ser impuesta. Si el vínculo se rompe, se convierte en irreparable.

Estas nociones tan naturales y evidentes para el común denominador de los mortales fueron desconocidas y pasaron completamente inadvertidas por aquellos vocales del Tribunal Constitucional que, quince años atrás, condenaron a Telefónica del Perú S.A. y con ella a todas las empresas del país, a trabajar con personas a las que le perdieron la confianza, que no se adaptaron a sus equipos o que carecen del compromiso, motivación y esfuerzo necesario para formar parte de ellos. No fueron capaces de ver que toda organización empresarial funciona sobre una base colaborativa, y que sin ella ninguna estructura tiene sentido.

Pensaron que con su sentencia beneficiaban a don Eusebio Llanos Huasco, y a todos los trabajadores que como él formaban parte de grandes corporaciones, protegiéndolos ante el despido. Pero no fueron conscientes de que al mismo tiempo condenaban a las empresas a la mediocridad, incitándolas a buscar todos los mecanismos a su alcance para evitar el riesgo de trabajar con quienes no quieren. Desde ese entonces, la mayoría de unidades productivas del país se ha refugiado en la informalidad y en la celebración de contratos a plazo fijo, temiendo que algún día un juez les diga con quienes deben trabajar.

La reposición evita que las empresas puedan contratar a más personas de manera formal y por tiempo indefinido, privándolas de sus derechos laborales, de acceso a la seguridad social y de un plan previsional; generando una alta desigualdad en la población laboral que afecta principalmente a los más pobres. Según una encuesta efectuada por Ipsos en la CADE 2018, un 58% de los participantes consideró que eliminar la reposición sería una de las medidas más importantes para que las empresas contraten a más trabajadores de manera formal. Ya se fue el ministro que consideraba que no era necesario hacer reformas laborales. ¿Qué vamos a esperar ahora para hacer lo que todos sabemos que debemos hacer?