JorgeLazarte
Destrabe empresarial Por Jorge Lazarte

¿Qué haría si un cliente le debe S/0.20? Imagine que emite una factura por S/100,000.20 y, al pagarla, su cliente redondea la cifra y omite transferirle los decimales. ¿Lo llamaría a cobrarle? Casi todas las personas a las que hice esta pregunta me respondieron que no. El importe les parecía tan insignificante que no se molestarían en llamar a reclamar el saldo. Pero hubo un pequeño grupo de individuos que con cierto temor e inseguridad me respondió que sí, por temas de orden, me dijeron.

Esta pregunta, que a muchos puede parecer irrelevante, se presentó hace tres años en un importante organismo del Estado, dando lugar a uno de los casos más absurdos que ha tenido lugar en la historia del Perú. El caso comenzó cuando una empresa regulada emitió una declaración jurada para pagar S/292,499.56 como aporte por regulación al gobierno, redondeando la cifra y omitiendo transferir S/0.56 a la cuenta de la institución.

¿Quiere saber que hizo el Estado? No solo inició un proceso de cobranza para exigir a la empresa el pago de los céntimos faltantes, sino que le impuso una multa de casi S/2,000 por el incumplimiento de su obligación. Esta decisión se sustentó en dos informes “técnicos” elaborados por las jefaturas de la entidad, que intentaron explicar el perjuicio sufrido debido a la falta de pago completo. Tras la emisión dichos informes, la Gerencia de Fiscalización del mismo organismo emitió una extensa resolución disponiendo sancionar a la empresa por no pagar S/0.56 oportunamente.

Ante estos hechos se interpuso un recurso de apelación que fue resuelto casi dos meses después, mediante una resolución de 31 páginas emitida por la Gerencia General de la institución, en la que se reconoce que la empresa tenía parcialmente la razón y se ordena que el caso regrese a primera instancia para que sea analizado nuevamente, teniendo en consideración los principios de proporcionalidad y razonabilidad. Todo esto por 56 céntimos.

Estos hechos son reales y dan lástima. El tiempo y dinero que perdemos diariamente en cosas tan estúpidas obedecen a una sola razón: el miedo. El sentido común de nuestros funcionarios públicos está completamente ausente a causa de este virus que no los deja razonar. Sienten que el más mínimo error, por insignificante que sea, podrá ser usado como un arma en su contra por los órganos de control y los perseguirán durante el resto de su vida.

Al igual que la burocracia, la informalidad y la corrupción; el miedo se ha convertido en un problema que nos resta competitividad como país y está pasando inadvertido. A pesar de su importancia, no estamos pensando en soluciones para él. Historias como las aquí descritas hay muchas y cada uno tiene la suya. ¿Cuántas cosas se están dejando de hacer o se están haciendo mal por temor a una persecución absurda?