JorgeLazarte
Destrabe empresarial Por Jorge Lazarte

En los últimos años la tecnología nos ha traído algunas sorpresas en materia de transporte, que se han asomado como una posible solución al caos vehicular. Las bicicletas eléctricas no han sido una novedad, ya que las bicimotos existen desde hace décadas; pero los hoverboards, scooters y patinetas eléctricas, en cambio, han dejado de ser un entretenimiento y se han convertido en un medio de movilización.

Este fenómeno no ocurre solo en nuestro país, sino que viene suscitándose en diferentes partes del mundo. Sin embargo, la mayoría no ha sabido adaptarse al cambio. A diferencia de las normas que regulan el tránsito automotor y que son homogéneas en casi todos los países  del orbe, no existe una legislación uniforme que regule estas nuevas modalidades de transporte. En algunas ciudades el uso de hoverboards y patinetas eléctricas en calles y avenidas públicas se encuentra prohibido, y en otras sólo puede ser usado en algunas zonas delimitadas con diversas restricciones.

Las ciudades que se han aventurado a regular estas nuevas modalidades de transporte se han preocupado por cuidar diversos aspectos, como la edad mínima de los usuarios, la exigencia de cascos, las velocidades máximas, las calles y avenidas por donde pueden transitar, entre otros. Las que todavía no lo han hecho ofrecen una suerte de limbo normativo donde nadie sabe lo que está permitido y lo que no.

Las bicicletas, en cambio, se han mantenido como un medio de movilización comúnmente aceptado por las autoridades y para el que únicamente se exigen cinco reglas básicas: (1) ceder el paso a los peatones, (2) no usar las veredas, (3) obedecer las luces de los semáforos, (4) conducir en dirección del tránsito, y (5) mantener atención y prudencia.

¿No bastan estas cinco reglas para regular las nuevas modalidades de transporte eléctrico? ¿Qué diferencias existen entre las bicicletas y los hoverboards, las patinetas o los scooters, que justifiquen un tratamiento diferenciado? La verdad es que ninguna. Si bien la postura del usuario en unas y otras es diferente, ambas requieren mantener un equilibrio que una vez alcanzado permiten su maniobrabilidad.  Respecto a la fuente de energía, en unas proviene de la fuerza física y en otras de una batería eléctrica, pero la velocidad depende enteramente de la voluntad del conductor.

¿Cuál es la razón entonces por la que se regulan estos vehículos eléctricos de manera distinta a las bicicletas, llegándose incluso a prohibir su utilización? ¿Por qué el Ministerio de Transportes y Comunicaciones ha dispuesto que quienes usen estos vehículos deban registrarlos como si fuera un auto, obtener una licencia de conducir y un Seguro Obligatorio contra Accidentes de Tránsito – SOAT, encareciendo así su uso en lugar de fomentarlo? La razón es simple. La tecnología le ha ganado la carrera a la capacidad de las autoridades para regularla, frenando así su desarrollo. Los municipios y ministerios no saben cómo adaptarse a ella y entonces impiden que prolifere. La regulan temerosamente, con desconocimiento del porvenir, para hacerla más lenta y detener su avance hasta estar preparados para enfrentarlo.

¿Qué lecciones podemos obtener de esta situación? Parafraseando a Thomas Friedman, debemos hacer una pausa ante la vorágine de cambios tecnológicos que venimos experimentando y analizar hacia donde nos está llevando la innovación en materia de transporte para adelantarnos a su regulación, y evitar que nuestra incapacidad de adaptación frene nuestro progreso. Lo peor que podría ocurrirnos es que cada municipalidad distrital opte por imponer sus propias reglas y genere un abanico de normas que cambien territorialmente, generando confusión y falta de predictibilidad en cada distrito. Necesitamos normas vanguardistas a nivel nacional que no le pisen la cola al desarrollo.