JavierDolorier
El efecto laboral Por Javier Dolorier

Hace varios meses que dediqué esta columna para tratar el tema de la seguridad en el trabajo con ocasión del fallecimiento de cuatro trabajadores en el incendio del cine UVK de  Larcomar. Y allí escribí, textualmente: “Si el accidente de UVK en Larcomar ocurrió en una empresa formal, ¿qué podría suceder en una empresa informal de manufactura en una zona urbano marginal?” Lamento ese mal augurio, pues todos hemos visto lo ocurrido en el centro comercial “Las Malvinas”, donde en un pavoroso incendio murieron dos jóvenes que laboraban encerrados en un container por su empleador informal.

Esta es la situación de desamparo en la que trabajan millones de peruanos, uno de cada seis compatriotas, sin protección, sin Estado, en zonas liberadas para la informalidad, el abuso y la violación de sus derechos más elementales. Lo que ahora es presentado como novedad en todos los canales de señal abierta es algo que siempre sabíamos los que estamos vinculados con el tema de las relaciones laborales: que las más frecuentes violaciones a los derechos de los trabajadores no se dan en las empresas formales, en aquellas que luchan diariamente con cumplir las exigentes normas laborales, sino en el sector informal que emplea al 75% de la PEA.

Tenemos nuevamente sobre el tapete la discusión sobre qué hacer para combatir este mal endémico de nuestra sociedad. Personalmente, considero que, como país, no podemos avanzar hacia niveles dignos de bienestar si es que no se inicia una cruzada nacional de formalización de las relaciones laborales. Esto requiere de liderazgo, objetivos razonables y compromiso de los sectores sociales involucrados. Sin embargo, la foto del presente resulta desalentadora.

Por un lado, los jóvenes universitarios (lamentablemente desinformados) organizan una marcha en protesta por un proyecto de ley que, mal que bien (de manera insuficiente), promueve la formalización laboral, pero al mismo tiempo protestan contra la informalidad laboral. Es decir, protestan contra la informalidad y también contra la formalización laboral. Estamos todos locos, Lucas.

Por el lado empresarial las cosas no andan muy bien que digamos: las mismas quejas en contra de la rigidez de la legislación laboral, pero ninguna propuesta estructurada y sólida que pueda servir de base de un debate técnico. Ningún compromiso de fortalecer la capacitación de los jóvenes en formación. Es decir, el mismo discurso de exigir al Estado la reducción de los sobrecostos, pero sin asumir el rol de ser parte activa de la solución.

Desde el Ejecutivo, vemos a un Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo (MTPE) acusando el golpe de los sucesos, pero sin reconocer la inoperancia y abandono de la inspección laboral en la lucha contra la informalidad. Y tenemos a la Sunafil, en el centro de los ataques, teniendo que afrontar, a partir del 4 de julio, una “oportuna” huelga nacional de los inspectores de trabajo. Es decir, no vemos capacidad de reacción ante la andanada de fundadas acusaciones.

Y finalmente, desde el Congreso… qué decirles. Vemos a nuestros representantes enfrascados en una feroz lucha política por temas coyunturales, interpelaciones sin fin y otras nimiedades. No existe una visión global de los problemas del país que los lleven a discutir temas prioritarios y trascendentales, como es la lucha frontal contra la informalidad laboral. No existen proyectos de ley realistas y libres de populismo y posverdades que permitan vislumbrar, en el mediano plazo, una política legislativa que inicie el cambio a la reducción radical de la informalidad.

Entonces, ante este escenario donde prima el interés particular, la desinformación y el egoísmo, formulo la pregunta que muchos ya se hacen: ¿No existe en el Perú un grupo político que, libre de la coyuntura cotidiana, tenga una visión a largo plazo y un compromiso real con el futuro de nuestro país? ¿No existe un estadista, un líder que comande esta cruzada con ideas claras y objetivos precisos de cómo reducir drásticamente la informalidad y generar empleo decente con condiciones realmente exigibles a las empresas? Me niego (todavía) a creer que en nuestro país no existan políticos con visión estratégica y generosidad que quieran aceptar este duro encargo.

Mientras llegue el día que un grupo o persona asuma este compromiso (lo cual espero ver durante mi existencia material), generaciones enteras de jóvenes pobres aceptan condiciones de trabajo indignas por la necesidad de supervivencia, en medio del abandono de los políticos y los gobernantes. Y la imagen de un joven de origen humilde en “Las Malvinas”, encerrado en un container, blandiendo un fluorescente con desesperación y pidiendo por su vida seguirá en la conciencia y memoria de quienes sí queremos que las condiciones de trabajo en el Perú mejoren, pero sin soluciones populistas, utópicas y desfasadas de los tiempos y la realidad.

Estamos perdiendo nuestra guerra de “Las Malvinas”. Nuestro enemigo es la informalidad. Tenemos tiempo todavía, pero no nos queda mucho.

Hace meses escribí sobre este mismo tema y terminé citando a nuestro poeta César Vallejo, pidiendo perdón por la tristeza. Me disculpo nuevamente, tristeza nao tem fim.

Esta columna está dedicada a la memoria de los jóvenes Jorge Huamán y Jovi Herrera, fallecidos en el incendio de “Las Malvinas”.