JavierDolorier
El efecto laboral Por Javier Dolorier

Comienzo a escribir este comentario luego de escuchar el discurso del presidente Martín Vizcarra en la CADE 2018 donde anunció, entre otros temas importantes, el lanzamiento de la Política Nacional de Competitividad y Productividad, el cual contiene una sección dedicada la reforma del mercado laboral. El texto no ha sido aún presentado a la opinión pública en su integridad, pero ha trascendido que contendrá una reforma laboral orientada a las reducción de sobrecostos, la flexibilización de la contratación laboral y la eliminación de la estabilidad en el empleo, incrementando la indemnización por despido arbitrario.

El presidente Vizcarra ha sido cauteloso en no dar mayores detalles, pero sí ha precisado que este documento deberá ser debatido por los involucrados a fin de lograr niveles de consenso que permitan su implementación. No ha indicado fechas ni cronogramas, sólo ha ratificado un compromiso de impulsar estos cambios de manera decidida.

Desde mi punto de vista, estamos presenciando una nueva edición del clásico entre las dos orillas opuestas de las relaciones laborales en el Perú: los flexibilizadores versus los sobreprotectores. Lo particular de este nuevo choque es que ahora es el mismísimo presidente de la República quien, de momento, quiere tener un rol protagónico y encabezar la reforma. Recordemos que en el gobierno pasado ya hubo un intento de llevar a cabo tibias reformas al mercado laboral, concretamente la llamada Ley Pulpín, impulsada por los exministros Alonso Segura y Piero Ghezzi, la que fue primero  aprobada por el Congreso y pocos días después fue abolida ante la presión de la calle sin que el expresidente Ollanta Humala saliera a defender esta ley.

Debemos recordar que el clásico de nuestras relaciones laborales es un partido que se juega desde 1991 y, pese al inicial triunfo de los flexibilizadores durante los primeros años del gobierno de Fujimori, desde hace diecisiete años este cotejo está siendo ganado por los sobreprotectores, quienes han logrado voltear el partido a través de leyes populistas, posverdades, demagogia y dispendio de los recursos de Estado, además del incalificable apoyo del Poder Judicial y sus desopilantes sentencias. Pero, señores,  este péndulo tenía que moverse en algún momento a un punto más equilibrado y es lo que podríamos estar presenciando ahora.

Siendo éste el momento de alinearse en el terreno de juego, el lector que ha seguido alguno de mis artículos sabe cuál es mi posición. Siempre he apoyado aquellas posturas que ponderan la necesidad de una urgente reforma laboral que genere condiciones reales para la creación de empleo, sobre todo para los jóvenes, y que esté alejada de apasionamientos ideológicos y que sea sustentable en el futuro, reconociendo nuestra realidad de ser un país subdesarrollado con tasas dramáticas de informalidad pero con derechos laborales que no los tienen los países del primer mundo. Sin embargo, no se ha difundido aún el contenido exacto de la propuesta del Ejecutivo y no puedo apoyarla o criticarla sin conocer sus alcances y sus probabilidades de éxito. Pero no puedo dejar de aceptar que es necesario el consenso, pero no es imprescindible, pues en algún momento el presidente Vizcarra va a tener que tomar decisiones que podrían parecer impopulares, pero que son indispensables para la generación de empleo con crecimiento de la productividad y competitividad.

De este modo, considero que el escenario actual no se presta para la euforia sino para la expectativa. Creo que la misión que se ha autoasignado el presidente Vizcarra es muy complicada, pues a pesar del entusiasmo de los ministros Carlos Oliva (MEF) y Raúl Pérez-Reyes (Produce) al otro lado tienen a un frente muy cohesionado encabezado por el ministro Christian Sanchez (Trabajo) que luego de estar a un paso de la renuncia (el semanario Híldebrandt en sus Trece así lo recoge) está jugando ahora de habilidoso puntero izquierdo, pues no solo ha conseguido frenar (de momento) los ímpetus de sus ministros oponentes contando con el apoyo de la intelectualidad “pro trabajador”, sino que además ha logrado llevar el partido de la reforma al resucitado Consejo Nacional del Trabajo (es decir, su propia Bombonera), donde jugaría de local y contaría con el apoyo de las centrales sindicales y de algunos empresarios opositores al régimen por cuestiones políticas.

Como el lector podrá apreciar, la última versión de este superclásico acaba de comenzar y ahora vamos a ver de qué está hecho el presidente Vizcarra, concretamente: ¿podrá prescindir del apoyo de grupos de izquierda que tienen una cuota de poder en su gabinete? ¿logrará convencer a la mayoría de un desprestigiado Congreso de aprobar una reforma que se puede presentar fácilmente como “impopular” ante la opinión publica? ¿podrá el presidente arriesgar puntos de su importante popularidad cuando se inicien las ya prometidas protestas de la tribuna? Finalmente, ¿habrá un ganador en este nuevo BocaRiver o volveremos a la calma chicha donde nadie quería hacer ninguna reforma?

Este partido recién comienza, señores, y todo indica que nos iremos hasta los penales. Pero, como diría el recordado Daniel Peredo, “un gol más va a haber”.

Seguiremos informando. Hasta pronto.