Texto de prueba
MARZO 20, 2014
Realizado por: Matias Cardona

Si Jesús, el de Nazareth, hubiese nacido en estos tiempos, el ángel lo habría anunciado en Twitter. María habría posteado la foto del bebé en Facebook. En segundos, millones de “me gusta” habrían batido récord. Los pastorcitos no habrían tenido que seguir ninguna estrella porque un GPS los habría guiado hasta el portal de Belén. Los reyes magos habrían mandado por delivery sus regalos de oro, de mirra y de incienso, comprados en algún lugar online. Ana, la abuela, habría preparado la sopa, pero habría cuidado que esta vez se la tomase el niño. Los Toribianitos habrían tenido que cambiar la letra al villancico.

La historia, 20 siglos después, da para todo. Relato a mis alumnos, por ejemplo, que Jesús nació en Belén porque sus padres José y María iban a sacar su RUC. No es broma. Iban camino a Nazareth a inscribirse en el censo, que para lo único que servía era para que Roma cobrara impuestos en sus colonias. Relato también que, aun cuando el establo fue cedido gratuitamente, la administración tributaria hubiera acotado al propietario renta presunta porque todas las operaciones, incluso las gratuitas, son consideradas “a valor de mercado” para efectos tributarios. No habría IGV por una excepción, pero el propietario habría tenido que emitir una boleta.

20 siglos es mucho tiempo. Recuerdo a Vallejo cuando, frente al Cristo crucificado, le hace esta recriminación universal: “Tú no eres Dios / si hubieses sido hombre / hoy supieras ser Dios”. De tanto estar adorando a Dios, nos habíamos olvidado del hombre. De tanto transitar por el tiempo, nos habíamos olvidado del principio. Por eso, en esta Navidad, celebro que el papa Francisco nos haya devuelto a los católicos el derecho a ser un poco ateos. Suena a herejía. Suena a contradicción. Pero no lo es. Iconoclastas, anarquistas, rebeldes, líderes en sus comunidades, solidarios en la persecución, principistas hasta el martirio, revitalizados en las catacumbas… eso fueron los católicos fundacionales.

El papa Francisco, para empezar, es un anti papa. En la forma, simbólicamente no usa los zapatitos rojos de diseñador italiano, sino los mismos viejos zapatos negros de cuando caminaba por su Buenos Aires querido. Pero anti papa sobre todo en el fondo: no pontifica, no es infalible. Cuando se le pregunta algo, digamos sobre el derecho de los homosexuales a casarse, aparenta dudar: “¿Quién soy yo para negarles un derecho?”, responde. En lugar de “pontificar” una posición, tiene la habilidad de sembrar una mirada nueva a un tema viejo. Lo hace con magisterio, esto es, con maestría para enseñar. Busca atraer conciencias, no devociones.

Por eso, en esta Navidad reivindico a José, el padre responsable, carpintero, proveedor de alimentos, héroe que salva a Jesús de la matanza de Herodes porque huye a Egipto. Lo reivindico como a tantos otros personajes y pueblos postergados en su tiempo y olvidados en la historia. Porque nuestros regalos esta Navidad debiéramos ser nosotros mismos. Regalarnos un mundo mejor. Más justo, más solidario, más sostenible, más ecológicamente verde. Pero construirlo ni es tan fácil como se dice ni es tan políticamente correcto. Hay establishment que vencer, intereses que superar, minorías que reivindicar, derechos que reconocer, daños y perjuicios que reparar.

Quisiera, como Sabina, desearnos que ese mundo mejor no nos salga tan caro. A los católicos, Feliz Navidad. A los no católicos, doble felicidad, porque ecuménicamente se unen a estas fiestas dándonos la mejor lección, porque se olvidan del dios de una religión que no comparten y, en lugar de marginarse, participan activamente abrazando al hombre y a la mujer que tienen cerca, aquí y ahora, por un momento aunque sea, que es lo que realmente importa. Es recoger fuerzas de como se hacían las cosas al principio. Si es así, tenemos futuro. Amén.

Mandela venció la discriminación en Sudáfrica y logró la reconciliación de los sudafricanos. Dos epopeyas que se miran como una sola, pero que son distintas. Además, en cada una de ellas Mandela tuvo que un pagar un precio distinto.

Hacia 1985, Mandela llevaba más de 20 años preso. Una prisión opresora como suelen ser todas, pero humillante como ninguna. Es entonces cuando Pieter Botha le ofrece la amnistía, a condición de un retiro pacífico, lejos de la vida política. Mandela rechazó el perdón. Fue un primer precio enorme, porque después de 20 años podía volver a abrazar a su esposa y a sus hijas. Total, a los 60 años que ya tenía, podía perfectamente ser un jubilado político. Pero prefirió seguir luchando, casi sin esperanza alguna, por la libertad de Sudáfrica. Allí, en prisión, donde las dignidades se quiebran por un vaso de agua, por una foto, por una manta, Mandela siguió pagando su libertad para no cambiar de ideales.

Hacia 1990 Frederik De Klerk le concede la amnistía, esta vez sin condiciones. La historia la conocemos: candidato primero, presidente después y luego Premio Nobel de la Paz junto con el mismo De Klerk. Aquí, en medio de la felicidad de la gloria, Mandela tuvo que pagar otro precio, abrazar al enemigo. Se dice bien bonito.

La película Invictus de Clint Eastwood narra la historia, a partir del libro El factor humano de John Carlin. Era 1995 y en Sudáfrica se jugaba el campeonato mundial de rugby, un deporte exclusivamente de blancos en un país masivamente de negros. Mandela, cuentan el libro y la película, aprovechó ese mundial para unir a todos los sudafricanos. Al final, Sudáfrica campeonó y todos contentos.

Pero esa es la anécdota. En realidad, Mandela empieza a abrazar al enemigo desde la prisión misma. En vez de indignarse por la amnistía que se le ofreció en 1985, Mandela comienza a negociar la transición a un gobierno de la mayoría negra. Estando preso, con toda la dignidad pagada con su misma libertad, negocia de igual a igual con el régimen racista de la minoría blanca. Logra el poder cinco años después. Con eso obtiene su primera victoria: eliminar la discriminación en Sudáfrica.

Pero la reconciliación costó mucho más que unos tragos amargos acaramelados con el campeonato mundial. Mandela perdonó y eso le costó muchísimo más. En Sudáfrica, como aquí en Perú, hubo crimen, tortura, prisiones injustas, corrupción. En resumen, gran violación de derechos humanos. En Sudáfrica, como aquí en Perú, hubo una Comisión de la Verdad y de la Reconciliación. En Sudáfrica, como aquí en Perú, hubo un informe de esa Comisión. Pero Mandela logró que en Sudáfrica hubiese reconciliación de verdad, esa que nos falta aún en Perú.

El objetivo de Mandela era que los crímenes se conocieran, que todos aprendieran del horror de esos crímenes, que los criminales se arrepintieran, que se indemnizara a las víctimas, que esa historia nunca más se repitiera y que la energía de todos se volcara a construir un país poderoso, como es hoy Sudáfrica, una de las economías emergentes con más futuro. Mandela no quiso llenar las cárceles para que más personas sufrieran lo que él sufrió. Mandela utilizó el poder que tuvo para perdonar. Ese perdón que ni el Derecho ni la Justicia mezquina pueden dar. Por eso se dice que el perdón tiene estatura divina.

Lo que las oraciones y discursos fúnebres ocultan en estos días es que Mandela fue crucificado por ese perdón. Se le tildó desde cobarde hasta cómplice de los crímenes. Se le acusó de corrupción cuando su segunda mujer se vio envuelta en un escándalo. Se le acusó de que la alta criminalidad que hay entre la población negra de bajos recursos se debe a que no se castigaron los crímenes del racismo.

Ese fue el segundo precio que tuvo que pagar Mandela. Arriesgarse a no ser comprendido, arriesgarse a que el perdón no funcionara. Pero Mandela creía en él y en sus ideales, sin importar los precios que debía pagar. Eso lo hizo grande. Por eso le lloramos. Rezo para que los peruanos tengamos esa grandeza para reconciliarnos aquí y ahora.

Lo de Repsol no va. El sistema respira tranquilo. Nadine sacó la pata metida por el gobierno. Como coartada, sentenció que si las cifras no cuadraban lo de Repsol no iría. Entonces los ministros repitieron lo mismo, que se harían los estudios técnicos y que esto y que lo otro. Finalmente, el presidente -a través de su vocero- recogió el salvavidas y concluyó lo obvio: Repsol no va porque las cifras no cuadran; o sea, porque no es negocio. Y luego vinieron los autoelogios. “¿No ven? El gobierno evalúa técnicamente las posibilidades y toma decisiones racionales. El gobierno es serio”.

No, señor presidente; no, señora Nadine. El tema no es si Repsol es rentable. Así fuese todo lo rentable del mundo, así dejara para el Tesoro Público un montón de plata, el gobierno no podía comprar Repsol ni podrá comprar ninguna otra empresa bajo esos criterios. Se lo prohíbe la Constitución (artículo 60, 2do párrafo, por si es necesario hacer citas textuales). Conforme a ella, para que el Estado pueda tener una empresa, se deben cumplir tres condiciones y ninguna de ellas tiene que ver con la rentabilidad.

La primera condición es que el Estado realice la actividad económica subsidiariamente. Esto de subsidiario está relacionado -obviamente- con subsidio y, dicho en cristiano, significa que el Estado puede ir en socorro de la empresa privada. Todo lo contrario al hecho de que sea rentable, porque si le estuviese yendo súper bien a una empresa, no requeriría rescate alguno. Entonces, más que probar si Repsol es rentable, lo que debían probar los estudios técnicos era lo opuesto, que estaba más bien al borde del colapso y que el Estado debía rescatarla.

Ahí viene la segunda condición, porque el Estado no puede ir rescatando empresas quebradas por las puras arvejas. Tiene que tener una razón extraordinaria. La Constitución establece que esta razón debe ser de alto interés público o de manifiesta conveniencia nacional. Nadie sabe a ciencia cierta qué significa esto. La Constitución está plagada de estos conceptos flexibles cuyo contenido se va llenando conforme a una práctica constitucional. Dicho de otro modo, son conceptos cuyo alcance se precisa políticamente.

Por eso viene la tercera condición. Manda la Constitución que dicha razón extraordinaria sea debatida en el Congreso y, como resultado, debe aprobarse una ley expresa que autorice el rescate de la empresa privada en cuestión. En el caso de Repsol, nada de esto se hizo. En cambio, a través de un decreto supremo reglamentario de una ley antiquísima, se pretendió comprar una refinería (la de La Pampilla) y una red de distribución de combustibles (los grifos) sin siquiera iniciar el proceso y el debate que manda la Constitución.

Que Repsol no se compre es un premio consuelo. Lo grave es que el Gobierno haya pretendido actuar contra la Constitución. El modelo constitucional es producto de nuestra historia política y económica. El Estado quebró, real y no solo literalmente, por meterse a hacer empresa. Por eso la Constitución estableció esa garantía para todos los peruanos: que nuestros impuestos irían para la salud, la educación, la justicia y demás servicios públicos aún hoy insuficientes. En resumen, falta inclusión como cancha y el Gobierno debe dedicarse a eso. Lo dice la Constitución.

A Margaret Thatcher la odiamos porque mandó hundir el Belgrano, buque insignia de la Argentina, con más de 300 jóvenes dentro. Fue un acto cruel en exceso, aun en medio de la guerra por las Islas Malvinas. La misma Inglaterra había limitado el conflicto a una “zona de exclusión” alrededor de estas y El Belgrano navegaba fuera de esa zona, creyéndose a salvo. Se le hundió para que la Argentina no tuviera más opción que seguir en la guerra, ya que a esas alturas el presidente Belaunde ya tenía negociada una tregua para que el conflicto pasara a la inteligencia de una mesa de negociación.

Pero Margaret Thatcher no quería arriesgar nada, dejó la diplomacia y armó la cruzada naval que hizo la travesía más larga de toda la historia, navegando el Atlántico de norte a sur. Luego, Inglaterra recuperó las islas a sangre y fuego. Y, aunque nosotros sigamos diciendo que las Malvinas son argentinas, la verdad es que se llaman Falklands y sus habitantes han decidido, casi por unanimidad, seguir siendo británicos. Esa guerra permitió que los ingleses recuperaran la autoestima, considerando que sus colonias se venían independizando desde 200 años atrás. La victoria permitió, asimismo, que Margaret Thatcher ganara tres elecciones seguidas, todo un récord para el Partido Conservador.

Ese capital político sirvió para absorber los costos sociales de una política liberal: eliminación de subsidios, venta de empresas públicas, promoción de la inversión privada, liberación del mercado laboral, disciplina para evitar déficit fiscal, simplificación y racionalidad del sistema tributario. ¿Suena conocido? Ensayada en la Inglaterra de los 80, esa misma política fue asumida por el Perú quebrado de inicios de los 90, salvando a Inglaterra y al Perú de las crisis de entonces, aunque sobre este punto no hay consenso. Para algunos fue la Dama de Hierro, que hizo las políticas públicas que debía hacer, aún cuando no fuesen populares. Para otros, fue la Bruja que generó desigualdades y redujo los servicios públicos para los más pobres.

Pero no hablemos de Margaret Thatcher, sino de lo que han hecho los ingleses a su muerte. Para muchos sigue siendo la Bruja cruel. Recordemos que cuando se agotó su capital político, su mismo Partido Conservador la echó del poder. Digamos que no es políticamente correcto hablar bien de ella. Quizás por eso no han estado presentes en su funeral sus aliados de entonces: ni Estados Unidos, cómplice de todas sus batallas, ni la Alemania que ayudó a unir luego de que provocara la caída del Muro de Berlín, ni la Rusia que volvió a nacer luego de que ella y Ronald Reagan pulverizaran lo que quedaba de la Unión Soviética.

Quien sí estuvo fue la reina Isabel II, prescindiendo de todo protocolo. Estuvieron también todos los Primeros Ministros de Gran Bretaña, encabezados por su gran adversario laborista Tony Blair. Si del mundo faltaron muchos, de Inglaterra estuvieron todos, absolutamente todos. ¿Por qué? Porque para el mundo oficial británico no se trataba del funeral de la política, no era un asunto de la Dama o de la Bruja. Era el funeral de una líder que los llevó a una guerra que ganaron, se trata del respeto que hay en la cultura anglosajona para quienes luchan por la Nación.

Si van por Gran Bretaña, cuando entren a cualquier lugar, una capilla o un bar o una estación o una tienda, busquen y encontrarán una placa con los nombres de las personas que trabajaban allí y que pelearon en tal o cual guerra. No sólo hay respeto por los que murieron, sino agradecimiento y recuerdo permanente. Cuánto de eso nos falta. Sin ir muy atrás en la historia, nosotros aún no hemos dado gracias suficientes a los chicos del GEIN que capturaron a la cúpula de Sendero ni a los chicos de Chavín de Huantar que liberaron a los rehenes de la casa del embajador de Japón: capturas y rescates que debieran ser orgullo nacional, son marginados por mezquindades políticas.

Así pues, lo que ha mostrado el funeral no es cuánto querían los ingleses a Margaret Thatcher, sino qué tan grandes son los políticos ingleses para dejar pequeñeces políticas de lado y agradecer a quienes han servido a la Nación.

Ha muerto el presidente Hugo Chávez. Salta a la vista que destrozó la economía venezolana. Las cifras son contundentes. La oposición política recuerda, además, su conducta prepotente y avallasadora propia de las dictaduras, aunque estuvieran mimetizadas bajo formas democráticas. Lo que no resulta tan evidente es por qué lo lloran millones de venezolanos. Los hemos visto por televisión, haciendo colas interminables para, aunque sea por pocos segundos, poder persignarse ante el ataúd. Lo van a embalsamar. Lo entierran en una semana. El llanto será mayor.

No es el llanto fácil por contagio. Se trata, mayormente, de treintones y cuarentones, hombres y mujeres con hijos, hechos y derechos, con el alma encallecida a fuerza de aguantar el dolor que viene con la pobreza y, sobre todo, con la marginación. Veteranos de su propia desgracia, entrenados por la vida misma para sufrir males mayores, caen vencidos en una pena profunda. Esa que no se mitiga porque no tiene consuelo, esa que te gana sin remedio porque viene de dentro. Es un llanto que conmueve más que otros. ¿Por qué lo lloran?

No me convence el argumento de que ese llanto es porque, muerto Chávez, ya no tendrán la repartija de los recursos del Estado que les llegaba como subsidios o, directamente, como regalos. En nuestros países latinoamericanos siempre habrá lugar para políticas populistas. Frente a la urgencia de pobrezas extremas, acaso sean la solución más inmediata y fácil, hasta que otras políticas públicas puedan ser gerenciadas más eficazmente. Pero el populismo te genera clientes políticos, te da votos, te llena las plazas, te prodiga aplausos, te construye estatuas póstumas, le da tu nombre a calles y pueblos. Te idolatran, pero no te aman. No te lloran.

Hugo Chávez fue un maestro de la comunicación, dominaba el lenguaje, era capaz de hablar por horas, cada discurso era memorable. Pero fue esencialmente un sicoanalista en el diálogo. Recibía llamadas del pueblo en sus conferencias. Cualquiera podía hablar con él. Cualquiera podía hacerle preguntas, en vivo y en directo. El diálogo empezaba con ese temor reverencial tan sutil que tienen los pobres, que muchos confunden con sobonería ramplona. Usted, señor presidente, es el más grande de los presidentes, usted es el segundo Bolívar, usted ya es el primer Chávez, usted lucha por los pobres, gracias, señor presidente.

Hugo Chávez no se complacía con ese halago fácil. En lugar de un muchas gracias, compañero, y a otra cosa mariposa porque seguimos con la siguiente llamada, venía el diálogo. Y, oye tú, ¿cómo te llamas? Juan. Y dime, Juan, ¿qué haces? Estudio Derecho. Y ¿cuántos años tienes? Veinticinco. Y ¿tienes novia? No, todavía. Pues te falta poco. Si usted lo dice, presidente. Oye, Juan, gracias por tus palabras, veo que serás un gran luchador, no sólo por el Derecho, sino también por la Justicia. Gracias, comandante. Ocurrió aquí, en Lima, en RPP, en el 2005, con Raúl Vargas y Cayetana Aljovín. Como muestra, debiera bastar. Pero ocurrió igual, millones de veces más, en todos los lugares de Venezuela.

A la segunda pregunta, Juan ya era su igual. Era un tú a tú horizontal. Qué importa si el diálogo transitaba por lugares comunes, el ciudadano común y silvestre dejaba, por un momento, de ser nadie. El comandante presidente había hecho, con ese gesto, el milagro de resucitar a Juan para la vida social. Es más que probable que la historia repruebe al presidente Hugo Chávez en economía y en política. Pero, en el trato con el pueblo, la evaluación será otra: los reconoció, les devolvió el derecho a ser escuchados, les dio autoestima, consciencia de ser dueños de su propio destino. Más que pan, arroz, leche y lentejas, les dio una razón para vivir. Por eso lo lloran.

Qué difícil es entender que el otro es un igual. Más difícil aún es tratarlo como igual. Eso falta en nuestras políticas públicas: políticos de gabinete unos, palaciegos otros, nos preocupamos de los puntos del PBI, de la renta per cápita, de si hay superávit o déficit, de si las reservas internacionales, de si la pobreza retrocede, de si los ratios de nutrición. A veces falta hacer saber que nos interesan también, más como personas que como electores. Que somos capaces de reconocer a cada uno de ellos porque sólo así los entenderemos, en un contacto personal que políticamente debiera ser inevitable. Eso hizo el presidente Hugo Chávez, por eso lo lloran. Superemos la crítica que, sin duda, merece por todo el mal que pudo hacer, pero no seamos mezquinos con eso que hizo superbién. Porque eso nos falta aquí. Y mucho.

Se fue el Papa. Si hubiese sido un mortal cualquiera, se habría ido tirando la puerta, mandando a la mierda a quien se le cruzara en el camino. Pero no.  Tiene algunos valores que explican su autocontrol.   Por eso, en lugar de pregonar sus razones, se limitó a decir que estaba cansado de cuerpo y de alma. Lo del cuerpo se entiende por su edad y por sus enfermedades. Pero está aún físicamente entero y los Papas no se van así no más. Ideológicamente están construidos para ser Papas hasta que el Señor los recoja. Aunque tengan parkinson o lo que fuese.

Lo de cansado del alma puede explicar mucho más. El alma no se cansa por el esfuerzo, ni por el tiempo, ni por las enfermedades. El alma se cansa por frustraciones, por decepciones, por impotencias. El Papa había perdido todas sus batallas. Lo habían vencido los curas pederastas, la mafia financiera del Banco Vaticano y la corrupción palaciega que lo rodeaba. No son problemas menores. ¿El Papa tiró la toalla? ¿Renunció a cargar esa cruz?  ¿Huyó cobardemente para refugiarse en un convento de monjas?

Benedicto XVI fue un Papa bajo la sombra del super star Juan Pablo II (“… JP II – Yi Pi Tu, we love you …”).  Sin magia para convocar multitudes y sin habilidad política para concentrar una cuota mínima de poder para limpiar la Iglesia Católica. Tras 8 años de papado y con 83 años a cuestas, no era que estuviese cansado. Vigor, al menos del alma, le sobraba. Pero lo que también le sobraba era lucidez. Fue consciente de que tenía que hacer algo. Y, aún cuando tuviese algunos años de vida por delante, le quedaba poco tiempo para voltear el partido que le venía ganando el establishment vaticano. 

La renuncia fue su jugada maestra. Ya efectiva, está en todas las primeras planas de todos los diarios de todos los países del mundo, católicos o no. Es la que abre todos los programas de noticias. Su último día oficial, cual reality show, fue transmitido en vivo y en directo. Su despedida desde el balcón en la Plaza San Pedro. Su viaje en helicóptero a Castelgandolfo. Por doquier católicos de a pie, curitas, monjitas, simples turistas con los hijos sobre los hombros, agitando banderitas, tomando fotos, llorando de pura emoción pues. Sin dar razón alguna, nos obligó a preguntarnos por qué diablos se fue.

A estas alturas, cualquiera que hubiese sido la razón, lo cierto es que la renuncia ha provocado que las tres lacras actuales de la Iglesia Católica estén en la primera página de la agenda pendiente del próximo Papa. Los curas pederastas (lujuria), la mafia financiera (avaricia) y la corrupción palaciega (envidia + soberbia) son la peor selección de todos los tiempos de los pecados capitales. Pero Benedicto XVI no sólo ha pasado al próximo Papa esa agenda. Con su renuncia, ha convocado a la opinión pública mundial y ella es la que exige ahora una pronta solución. Quizás, por primera vez en la historia, ese nuevo Papa no sólo será la voz de Cristo en la Tierra, sino que la voz de la Tierra le estará diciendo lo que tiene que hacer.

Hay muertos que ganan batallas. Al Cid Campeador lo embalsamaron y lo montaron a caballo para que continuara peleando. Ya muerto, las flechas no le hacían nada. Nació su fama de inmortal y, con ella, Castilla se hizo libre y nació España. Luis Felipe Angell, ese Sofocleto filósofo de lo cotidiano, dijo alguna vez que para ser inmortal, hay que morirse a tiempo. La renuncia hará inmortal a Benedicto XVI.  Por ella, en el último minuto, ha volteado el partido al establishment vaticano. El Papa estaba vencido, pero no derrotado. Ganó esta última batalla como un estratega que no conocíamos, con la lucidez del teólogo y con la humildad de quien desprecia el poder. Que Dios le de muchos años más en salud, ahora como simple peregrino. Se lo tiene ganado.  

El Derecho al Revés

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