Texto de prueba
MARZO 20, 2014
Realizado por: Matias Cardona

El Chavo vivía en el No. 8 de la vecindad, pero su casa era un barril. Por aquella época el cine y la televisión nos divertían con mundos de fantasía. Olvidar la realidad era la clave. Todo eran casas preciosas, familias perfectas, gente linda, sueños que se cumplían. Con ese formato, los éxitos de los cincuenta fueron Yo amo a Lucy y Papá lo sabe todo. Luego en los sesenta aparecerían Los Picapiedra y Los Súper Sónicos para, con la ayuda de los dibujos animados, confirmar que desde la prehistoria y hacia el futuro infinito el mundo había sido y seguiría siendo feliz, porque no existían las angustias del desempleo ni la de los trabajos misios.

Antes, la pobreza había sido tratada como excepción. Hacia los veinte Charles Chaplin la mostró con todo su dolor, pero la endulzó con comicidad para hacerla soportable. Por ejemplo, en la Quimera del oro un Charlot hambriento y tragicómico cocina sus zapatos y come los pasadores como si fueran espaguetis. Tuvieron que pasar las desgracias de las guerras mundiales para que la pobreza pudiera fluir sin vergüenza. A finales de los cuarenta, Vittorio de Sica, en El ladrón de bicicletas, cuenta el drama de Antonio para mantener a su familia, hasta que roba una para poder trabajar. Esta vez la pobreza es mitigada por la ternura del llanto final de Bruno, cuando su padre es apresado.

En español Mario Moreno combinó la comicidad de Chaplin y la ternura de De Sica para crear su Cantinflas, sólo así pudo contar historias de pobres. Pero a finales de los sesenta, el sueño americano se impone. Claro está sin Vietman sangriento, sin Luther King asesinado, sin Watergate corrupto. Lo que se vende es que todos deben tener una casa, un carro, dos hijos, una abuelita (que no es suegra), un perro y un viaje a Disney. Se vuelve a ocultar la pobreza para que todos, especialmente los pobres, fuésemos felices. Lo magistral de Roberto Gómez Bolaños (RGB), el Chavo de la vida real, es que en los setenta rompe el formato y recupera la pobreza tal cual.

En el Chavo del 8, la pobreza es la locación de la obra y es universal: la vecindad del Chavo era cualquier tugurio de cualquier ciudad. En Lima hubiese sido un callejón en los Barrios Altos. La pobreza no sólo es material: a Kiko le faltaba su papá, aunque doña Florinda cortejara al profesor Jirafales; a la Chilindrina le faltaba su mamá, aunque Don Ramón fuese cortejado por la Bruja del 71; y al Chavo le faltaban papá y mamá, pero no era huérfano, pues él siempre decía que los tenía, sólo que no se los habían presentado. Hasta el señor Barriga, el menos menesteroso de todos, tenía que mendigar el cobro de los alquileres.

La obra de RGB no es sociológica, no reflexionó sobre las causas de la pobreza, ni pretendía superarla, se limitó a ponerla en la agenda pública sin adjetivos, sin amarguras, con naturalidad. Con sus personajes, RGB reivindica a los pobres como dueños de sus propias historias, y no metidos de reparto en el mundo feliz de los ricos, los hizo mirarse a sí mismos sin disfraces, los convenció de que eran seres humanos maravillosos, que así como eran podían subir a las estrellas, los independizó de sus complejos, los hizo iguales. Por eso lo quieren. Quién sabe cuánta importancia pudo tener esa magia para que los pobres de entonces se convirtieran en los emprendedores de hoy.

RGB ha muerto, pero le sobreviven el Chavo y el Chapulín Colorado. Toquemos en su honor la Marcha Turca de Beethoven, pero con el sonsonete peculiar que la convirtió en la cortina musical con la que empezaba cada capítulo. Que suene en lugar del Toque de silencio de los funerales, para valorar la herencia que nos deja: que la mejor risa viene de burlarnos de nosotros mismos, que la verdadera riqueza viene de superar nuestras miserias, no de ignorarlas, que no hay mayor alegría que la de disfrutar la vida con nuestra gente de siempre. Gracias, RGB, porque, además, no se te chispoteó, lo hiciste sin querer queriendo.

A ver, para decirlo a la bruta, sin anestesia, ni edulcorantes, ni frases conciliadoras: los homosexuales tienen derecho a casarse. Lo reconoce nuestra Constitución y los tratados internacionales que el Perú ha firmado. Lo reconocen informes jurídicos del Ministerio de Justicia y de la Defensoría del Pueblo. Lo reconocen casi una centena de sistemas legales. Ahora nos toca. El Congreso de la República va a debatir la ley que lo permite. Debe aprobarla. Si no lo hace, estaremos cometiendo una aberración jurídica. Peor aún, estaremos cometiendo una injusticia mayúscula.

Entiendo que algunos interpreten que su religión lo prohíbe. Acepto que para algunos exista un orden natural que no lo reconoce. Comprendo que algunos sientan que su moral es agredida. Veo que para otros no cuadra con lo que debieran ser los buenos usos y costumbres. Sospecho que a muchos les da miedo, que piensan que es aún prematuro, que debiéramos esperar un poco más. Respeto todo eso que, en definitiva, da cuenta de que existen lecturas diferentes sobre Dios, los valores y cómo debiera ser la vida en sociedad. Pero nada eso afecta el Derecho, que debe prevalecer más allá de los gustos y colores.

En cambio, no comprendo el arte de los proyectos intermedios. A cambio del matrimonio, se les pretende conceder a los homosexuales derechos patrimoniales “como si estuviesen casados”. Está bien, muy bien. Pero lo que ellos quieren es, precisamente, casarse. Como lo hice yo, como lo hizo o lo puede hacer usted, con flores, vestidos con elegancia, con Registro Civil para que quede en el DNI, con foto para el recuerdo, con alegría ante la sociedad. Para que después nadie murmure cuando se le desborde el dolor porque su compañera (o) está grave en el hospital o porque quiere llorar en primera fila en el funeral.

Lo del matrimonio es un rito social, que hace público el amor y que, por eso, desde el inicio de la historia se hizo sagrado, más allá de cualquier religión. A eso tienen derecho, a ser aceptados, a ser reconocidos como casados, no como una parodia de matrimonio. Es un derecho no negociable. No cabe un 75% de derecho a la vida, ni un 44% de derecho a la libertad, ni un 83% de derecho a la libre expresión. Tampoco cabe referéndum, porque los derechos son lo que son, no nacen ni mueren por encuestas. Entonces, un 100% de derecho a la igualdad, a no ser discriminados por sexo, “o por cualquier otra causa”, pasa por aceptar que los homosexuales se pueden casar.

Si miramos hacia atrás, en la historia, nos parecerán groseras y primitivas las sociedades que obligaron a Galileo a decir que la tierra no se movía, que cuestionaron la naturaleza humana de nuestros antepasados andinos, o que prosperaron con la esclavitud, o que negaron (o siguen negando) elementales derechos civiles a las mujeres. Cada una de esas discriminaciones fueron justificadas en la religión, en los pareceres de unos pocos, en la soberbia del poder, en la mezquindad de los palaciegos y en los miedos que distribuían. El heroísmo de unos cuantos y el tiempo demostraron que esos argumentos eran falsos.

No seamos, no sigamos siendo, una sociedad que discrimina. Si no está de acuerdo tiene el derecho a no ir a la boda, a no brindar, a no comer pastel. Pero no tiene derecho a negar a los homosexuales la posibilidad legal de casarse. No tiene derecho a oponerse que la sociedad, en su conjunto, los reconozca legalmente como casados. Pero, un momento, se trata del amor, del poner al otro antes que uno. Ese amor que en la crisis nos soporta, en la desesperación nos tranquiliza, en el dolor nos consuela, en el frio nos abriga, en la ignorancia nos ilumina, en la alegría la multiplica. Ese amor que nos hace mejores, que nos sobrevive en nuestros afectos. Ese amor que, aunque faltasen razones jurídicas, por si solo debiera bastar para que se apruebe la ley. ¿No es cierto?.

María Machado, diputada venezolana, ha colgado en You Tube el video que la OEA no le permitió denunciar. Se ve cómo la policía y para militares disparan a matar a los manifestantes. Se ve cómo a los detenidos se les tortura en plena calle, golpeándolos con el casco en la cabeza. A otros, tirados sobre el suelo, se les pone la bota en la cabeza y se la patean para que rebote contra el suelo. Le dicen el “arranca moto”. A otros, sin tanto eufemismo, simplemente les saltan encima, aplastándolos con desprecio. Al final, con nombres y apellidos, las fotos de las decenas de asesinados.

Repulsiva, degradante, abusiva, condenable y muchos adjetivos más. Sin embargo, Venezuela reclama nuestra solidaridad activa, más allá de pésames y discursos. Lo grave es que esa violencia también está entre nosotros, solo que no queremos darnos tanta cuenta.

Mire usted. Es violencia lo del camión frigorífico que descontrolado mató a 9 personas, dejó heridas a 31 y destruyó a su paso 15 vehículos. Pero miramos el exceso de velocidad y pedimos 15 años de cárcel para el chofer. No miramos que había dormido tan solo 3 horas antes de emprender el viaje para traer pescado a Lima. No miramos que, ahora mismo, deben haber muchos otros choferes que deben estar manejando pestañando contra su pobreza, explotados por camioneros inescrupulosos. Y las autoridades lo permiten.

Mire usted. Es violencia lo de las marchas por la minería informal. Pero miramos el bloqueo de carreteras, las mercaderías podridas por el tiempo, la desesperación de las personas y las muertes entre los varados por falta de atención médica. No miramos que, de un tiempo a esta parte, no existe ningún mecanismo civilizado para expresar protestas, menos para oírlas, menos para conciliarlas. Los que en este país no tienen voz creen que solo la pueden tener por violencia. Igual pasó en lo del desalojo de La Parada, y antes en Conga, y antes en Bagua. Y las autoridades, dándoles la razón, solo actúan con cierta inteligencia cuando ya hay un muerto.

Mire usted. Es violencia la mafia que, desde los penales de Trujillo, pone precio a la vida y cobra cupo a los empresarios de todo tipo. Es violencia la otra mafia que, desde el gobierno de Ancash, se apodera de los recursos del canon y, sicarios de por medio, asesina a cualquier opositor. Es violencia la cantidad de ajustes de cuentas en medio de la ciudad, a plena luz de día. Pero también es violencia la corrupción de pacotilla, la de ya pues jefecito, le doy para su gaseosita y listo. También es violencia la del profesor que por unas monedas, literalmente porque la coima no llega al billete, te sube la nota. Y, claro, las autoridades bien gracias.

Una sociedad no se enferma de violencia de la noche a la mañana. Es una enfermedad que avanza de a poco, que te corroe por dentro, pero que te avisa antes de matarte. Ahora tenemos demasiadas evidencias de que la violencia está muy avanzada. Hay que cortarla de raíz antes de que haga metástasis. Recordemos cómo se venció a Sendero. Fue gracias a un puñado de autoridades. Ellas tuvieron un servicio inteligencia de a verdad, sin el narcisismo de aparecer en la foto, anteponiendo el interés nacional, pero sobre todo no fueron corruptas y coraje les sobraba. Ver post “Dios murió a las 8:43 pm y usted lo verá por TV” de setiembre 2012.

Pero no fueron los únicos. El Estado entero tomó responsabilidad. Se dieron leyes que permitieron canjear penas por información privilegiada que permitieron las capturas. Se garantizó la vida a los jueces que sentenciaban a los terroristas. Se fortalecieron las rondas campesinas, que impidió que fueran captadas por Sendero y fueron ellas las que consiguieron las primeras victorias. También fuimos nosotros, cuando a pesar de Tarata salimos a las calles a marchar contra la violencia. Le ganamos a Sendero no cuando los llamamos criminales, sino cuando perdimos el miedo.

25 años después hay otros actores, otros intereses, pero la misma violencia. Como entonces, empezamos la guerra minimizando la violencia. La disfrazamos y decimos que es un problema de “seguridad ciudadana”, como si el problema fuesen los pirañitas que te roban, o los secuestros al paso, o la larga lista de asaltos. Como si la solución fuese más policía, más serenazgo, más patrulleros. Como si la salvación fuese un ministro del Interior eficiente. Las guerras no la ganan los ejércitos que las luchan sino las sociedades que los alimentan y les curan las heridas y las madres y los hijos que piden a los soldados que vuelvan.

Yo, como usted, hace 25 años, cubría de periódicos las ventanas que ya no tenían vidrios porque el último coche bomba los había destruido y ya no había dónde comprar. Yo, como usted, encendía velas porque el terrorismo había tirado las torres de transmisión y ya no había luz. Yo no sé si usted no tuvo muertos cercanos, pero veía en cada víctima a alguien muy querido. Yo, como usted, tuve mucho, mucho miedo. Para que no se repita, debemos sentir que esta violencia no es un tema de mal gusto de los noticieros nocturnos, ni que está lejos, ni que es ajena. Es totalmente nuestra y nos va a matar más adelante. Mucho hay que hacer. Mucho tenemos que hacer aquí y ahora. Para que no se repita.

Cuando Oyarce Hijo murió a Oyarce Padre le dolió mucho la vida. El dolor fue enorme porque esa muerte fue un asesinato. El dolor fue más enorme cuando de los asesinatos, éste era el más absurdo: al final de un juego de fútbol el Hijo fue arrojado de un palco del estadio, en medio de una trifulca entre fanáticos. Murió al estrellarse contra el piso, luego de una caída como de 4 pisos. Pero el Padre no hizo lamentos, ni profirió maldiciones. Lloró en silencio, de corazón, que se le debe haber partido millones de veces en pedacitos. Pero su dolor no lo mató. Siguió viviendo para luchar contra el asesino.

El Padre no fue seducido por la sentencia que mandó 35 años a la cárcel a los que mataron al Hijo. Tampoco dijo que se había hecho justicia, ni que ahora su Hijo podía descansar en paz. Cuando se esperaba que dijera frases hechas para salir del paso y regresar a la privacidad del dolor, reconoció que las familias de los chicos condenados también estaban sufriendo. Y con la serenidad que da el sufrimiento cuando no envenena, dijo que todos esos dolores venían de un mismo lado. Dijo que el verdadero asesino era la violencia juvenil. Dijo que, desde la muerte del Hijo, de esto hace ya dos años y medio, venía luchando contra ella.

Con la autoridad moral de su dolor, el Padre ha peregrinado de club en club, de barra en barra, de pandilla en pandilla. Sin carajos, sin puteadas, ni mentadas de madre, pura conversa, como en cualquier esquina de cualquier barrio. Vio afectos olvidados, educación inexistente, nutrición precaria, abusos sexuales, desempleo, drogas, frustraciones, amarguras, injusticias, impotencias, pasados que condenaban. Pero donde otros vieron delincuentes irremediables, el vio hijos que valen la pena. Les da esperanza. Los alienta a un futuro mejor. En un país de hijos abandonados, en nombre de su Hijo, Walter Oyarce ha sabido ser más Padre que nunca.

Muy valiosa y hermosa lección de fortaleza para dominar rabias, capacidad para diagnosticar un problema, sabiduría para encontrarle soluciones, grandeza para ayudar a quienes le hicieron daño y humildad para no cacarear resultados. Ese ha sido su evangelio que tanta falta nos hace. Porque, cuando nos duele el Perú, cada uno lame sus heridas y se enconcha. Tantos años de carencias y miedos nos han hecho expertos en egoísmo. Ponemos rejas de seguridad, contratamos guachimanes, construimos clubes de playa, levantamos colegios y clínicas privadas, y que el resto se joda.

El PBI nos da de comer, las reformas políticas pendientes nos harán un país en serio, pero sólo con gente como Walter Oyarce Padre seremos un país mejor. El Perú ha llegado a un punto en que salvarse solito no sale a cuenta. Ese es el camino que don Walter ha mostrado. Un abrazo don Walter. No de consuelo, no por usted, por mi, por nosotros. Porque necesitamos un aventón para seguirlo. Gracias, en nombre de su Hijo y de usted, su Padre.

Lilia Ordoñez es una veterana notable. Salió en un spot de televisión. Cuando habló de su Tacna querida, recuperada del cautiverio chileno, se le quebró la voz. Cuando habló de la recuperación del mar, por lo de la resolución de la Corte de La Haya, se le quebró el corazón. Cuando dio vivas al Perú, se le quebró el alma. No fue actuación. Fue real. A sus ochenta y tantos años se sintió reivindicada, se sintió joven otra vez, no se le ocurrió decir que ya podía morir en paz. La pueden buscar en Google “Peru.com/Lilia Ordonez” o ver en los paneles que el Gobierno ha plantado por toda la ciudad.

La magia es que todos somos Lilia Ordoñez. La felicidad que recuerda por la recuperación de Tacna puede ser tan infinita como la que sentimos por la recuperación del mar. Pero allí terminan las semejanzas, en todo lo demás no son comparables. Tacna fue grande en la derrota, su regreso heroico nos dio honor y eso ayudó muchísimo para que cicatrizaran las heridas de la Guerra del Pacífico, para aliviar el dolor por nuestros muertos, para superar el complejo de vencidos y para convertirla en el símbolo de una auto estima por reconstruir. A cambio, tuvimos que pagar Tarapacá y Arica y años de impotencia.

El mar no se perdió en la Guerra del Pacífico. El asunto comienza setenta años después cuando, para defender nuestra riqueza pesquera, lanzamos la tesis de las 200 millas. Entonces, había que delimitar el mar. Si la línea costera fuese una recta continua, la proyección del paralelo que pasa por la frontera terrestre habría sido una perpendicular que habría dejado a cada lado un ángulo recto, igual mar para cada quien. Pero la línea costera del Perú es diagonal en tanto que la de Chile es recta. Por eso, al proyectar la línea del paralelo, a Perú le quedó un ángulo agudo (más chico) y a Chile uno recto (más grande). Digamos que, en ese entonces, perdimos mar por un error de geometría.

Para corregirlo, había que trazar una línea bisectriz, que deja para cada lado el mismo ángulo, la misma área de mar. Esa fue la demanda peruana. Pero en La Haya no ganamos, empatamos. La Corte le dio en parte la razón a Chile y reconoció la línea del paralelo, pero sólo hasta la milla 80. A partir de allí hasta la milla 200 le dio la razón a Perú y trazó la bisectriz. Así le reconoció a Chile menos área, pero más rica en pesca por estar más cerca de la costa. Al Perú le reconoció más área, pero menos rica. Compensado, mita, mita. Para llegar al 70% del área recuperada que anunció el presidente Humala hay que sumar lo del “triángulo externo”, que Chile decía que eran “aguas internacionales”. Ahora son de Perú.

En lo del mar no le ganamos a Chile. No le quitamos nada. Nuestra alegría viene de otro lado. Haciendo historia, la Guerra del Pacífico la enfrentamos con un Estado mediocre, una clase política dividida y un país improvisado. Chile ganó la guerra, pero la perdimos solitos. Chile no fue el adversario. El enemigo fuimos nosotros mismos, porque hacía una eternidad que nosotros, los peruanos, nos veníamos jodiendo a nosotros mismos. Con lo del mar como que la historia empieza a cambiar. En lugar de gestas heroicas fue suficiente que nuestra Cancillería construyese un caso jurídico tan impecable que a la clase política no lo quedo otra cosa que presentarse unida. Esta vez el amor a la Patria fue ser profesional.

El trabajo que hizo Cancillería debe ser replicado por Educación, por Salud, por Seguridad Ciudadana, por Justicia. Esa es la epopeya pendiente, seguir venciendo nuestras propias miserias y nuestros propios temores. Nuestra alegría viene porque quizá ya empezamos a construir un país en serio. Quizá, en adelante, ya no duela tanto amar al Perú. Quizá, si volvemos ser negligentes, tendremos la conciencia de juzgar a los responsables y no reclamar que nacimos un día en que Dios estuvo enfermo, a decir de Vallejo. Quizá ya entendimos que trabajando bien nuestro futuro puede ser mejor. Quizá ya tenemos razones para sentirnos orgullosos de esta bendita tierra del Sol.

A Edgar Tamayo lo asesinaron a las 9 de la noche del miércoles 22 de enero de 2014. A esa hora le pusieron una inyección letal. Se ejecutaba así una sentencia de muerte, dictada 20 años atrás, por una corte de Texas. El delito: haber matado a un policía. Hasta allí la historia sería un caso más de la política de penas de muerte de Texas. Lamentable, pero coherente con su propio sistema legal. No obstante, el caso tiene un matiz que cuestiona seriamente la ejecución de esa sentencia. De ahí que diga que a Edgar lo asesinaron.

Acontece que cuando Edgar fue detenido, ni le leyeron sus derechos ni le permitieron el apoyo del consulado de México, de donde era ciudadano. El tema no era para menos. En ese entonces, Edgar no hablaba inglés y, ahora se sabe, tenia deficiencias mentales. La falta de apoyo consular anulaba el juicio y, por tanto, la sentencia de muerte. Frente al homicidio del policía, se le opuso otro crimen, el de un juicio sin defensa.

Edgar y otros nacionales reclamaron a otras instancias. En el 2004 la Corte de Justicia Internacional resolvió que los procesos debían ser revisados, porque el apoyo consular hubiese sido eficaz para cambiar la pena de muerte por prisión. También resolvió que Texas estaba obligada por los tratados internacionales firmados por Estados Unidos que garantizaban el apoyo consular. Por si hubiese dudas, cuatro años más tarde, la Corte Suprema de los Estados Unidos resolvió lo mismo y agregó la obligación del Congreso de dictar leyes apropiadas para garantizar ese derecho.

¿Qué costaba revisar el proceso? Nada. ¿Por qué no se hizo? No lo sé. A cada reclamación y a cada pedido de clemencia, las cortes y el gobierno de Texas contestaron que sus leyes no prevén el apoyo consular a los extranjeros y se encerraron en ese argumento. Fueron sordos, a propósito, frente a toda la contundencia en contra, que no provenía de los desesperados alegatos finales de los abogados sino de sentencias internacionales. Dicen que Bush, cuando fue presidente, intentó mediar frente a sus paisanos. Le dieron la misma respuesta.

Parecería que Texas quería matar a Edgar a como diera lugar, creyendo que con eso se equilibraba la otra muerte, la del policía. O pareciera que la vida de un inmigrante informal no valía los costos administrativos de un nuevo proceso. O parecería que, después de 20 años de litigios, ya era suficiente. No encuentro otro argumento que la soberbia. Allí es cuando el Derecho se prostituye. Porque cuando se deja de lado la Justicia, el Derecho se convierte en una excusa, que oculta muy poco bajas intenciones. En un extremo, como en el caso de Edgar, el Derecho permite cometer un crimen disfrazado de justicia.

No se necesita haber estudiado leyes para darle la razón a Edgar. Sucede que la Justicia tiene que ver más con lo razonable que con el resultado matemático de argumentos (y argucias) legales. La Justicia tiene que ver más con el sentido común que con la pericia verbal para exponer hechos y argumentos.

A la Justicia se la pinta ahora ciega, para que no viendo a los litigantes no pueda preferir entre ellos, pero ciega al fin no puede ni ver ni comprender la realidad que explica el litigio. Se la pinta con una balanza, dando a entender que los hechos y los argumentos pesan por si solitos y que esa balanza dictará el resultado justo, sin entender que alguien debe elegir qué pesos se ponen en la balanza y que ese alguien, que es el propio juez, puede influir más que nadie. Se la pinta con una espada, dando a entender que la Justicia es implacable, sin entender que la bondad y la sabiduría no se contradicen con el rigor y la autoridad.

Pues bien, la venda en los ojos, la balanza y la espada son agregados modernos. A Themis, la Dama de la Justicia, los antiguos griegos la presentaban sin esos agregados. Era una dama sin más adornos que su belleza física, alegoría de la fortaleza de espíritu. Para los griegos eso era suficiente. Esa fortaleza serviría para evitar argumentos falaces y el contrabando de intereses mezquinos. Al fin de cuentas, el Derecho no son las leyes sino los jueces que las aplican. Mirando el caso de Edgar vs Texas, debiéramos regresar a lo clásico de los griegos y buscar más en las personas que en los sistemas la reforma del Poder Judicial que tanto se reclama.

Como a varios políticos peruanos, a la Infanta Cristina de Borbón la han acusado de lavado de activos y de fraude tributario. Ella también ha dicho “… quien no la debe no la teme”. Sus abogados también tienen una larga lista de argumentos que, en su opinión, destruyen las investigaciones previas y las acusaciones fiscales. Pero, a diferencia de nuestros paisanos, a la Infanta le sobra coraje y lo que hay que tener para afrontar estas circunstancias. Ella ha renunciado a las acciones de amparo y a las apelaciones y ha pedido que se anticipen las audiencias ante el juez. Quiere demostrar su inocencia lo más rápido posible.

Acontece que en estos casos ocurre algo especial. En todos los demás delitos el fiscal tiene que probarlo. Por eso, a todos se nos presume inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Pero, en el caso del lavado de activos, el fiscal sólo tiene que señalar que hay (o hubo) un patrimonio que razonablemente no se explica por la actividad regular de quien se trate. Entonces, la obligación de probar se invierte y será el investigado quien deberá demostrar que el “origen” del dinero fue lícito. El fraude tributario suele estar asociado a estos casos, porque el dinero no explicado tampoco pagó tributos.

Por tanto, pedir una explicación sobre “¿de dónde salió el dinero?” no ofende. Sólo hay que contestar y punto. Hay salidas salvadoras como las donaciones o los anticipos de herencias. Hay ocasiones en que la lotería lo explica todo, pero eso es para los suertudos. En la mayoría de los casos se puede tratar de ingresos extraordinarios por mayor trabajo, por bonos por metas cumplidas o porque el negocio salió mejor de lo pensado. Los préstamos y las hipotecas también ayudan. Pero en todos los casos la prueba del “origen” del dinero exige documentos de “fecha cierta”, esto es, de la época de cuando se recibió el dinero y no fabricados ayer. Escrituras públicas, legalizaciones notariales, facturas o recibos de honorarios registrados en contabilidad y reportados en su momento a la Administración Tributaria, por ejemplo.

Pero no basta explicar de “dónde salió el dinero”. Este “origen”, además de lícito, tiene que tener una “explicación razonable”. Sostener, por ejemplo, que “me encontré una bolsa con dólares en el taxi” no parece creíble. También hay que explicar “dónde estuvo el dinero”, desde su origen hasta que se convirtió en el patrimonio que hay que explicar. El asunto será sencillo si el dinero desde su origen fue depositado en bancos y luego retirado para comprar el patrimonio en cuestión. Pero si fue invertido, habrá que tener los papeles de compras y ventas. Ya no valen las explicaciones de que la “plata estuvo bajo el colchón porque no creo en bancos” o de que “no guardo los papeles porque no soy empresa y no estoy obligado a llevar contabilidad”. Se asume, ahora, que las personas que reciben un dinero extraordinario actúan “razonablemente” y “con un mínimo de diligencia”.

En el caso de la Infanta Cristina, el complicado es su esposo Iñaki Urdangarin. Ahora se sabe que armó el Instituto Nóos para prestar servicios de marketing. El problema fue que sus clientes eran entidades estatales que pagaban servicios sobrevalorados con dinero público, o empresas cuyos contratos escondían pagos por favores políticos. Luego, el dinero era transferido de Nóos a una empresa Aizoon, desde la que se pagaban los gastos de la familia de Iñaki y de la Infanta. El más notorio, una casa en la zona más exclusiva de Barcelona. Como se ve, también por allá las princesas por la casa mueren.

En el caso de Iñaki el “origen y destino” del dinero ya está aclarado. Lo que va a juicio es determinar si el origen, el pago por servicios de marketing a Nóos, fue lícito (no sobre valorado, no por favores políticos). Si no lo es, entonces habrá delito de lavado de activos. Además, si se demuestra que Aizoon aplicó el dinero que recibió de Nóos para gastos familiares, habrá delito de fraude tributario, porque esos gastos sirvieron para reducir la renta gravada y eludir tributos.

La Infanta lo tiene menos complicado, pero nada fácil. Tiene que demostrar que no sabía lo que hacía su marido. El juez ya ha adelantado que Iñaki no pudo hacer lo que hizo sin el conocimiento y apoyo de su esposa. De hecho, la misma Infanta era accionista al 50% de Aizoon y formaba parte de su directorio. Así que la Infanta Cristina tendrá que demostrar que ni sabía ni ayudó. En simple, que no fue cómplice de su marido.

En cambio, acá en Perú, lo cosa tiene para rato. En los casos en trámite aún no se ha explicado el “origen” ni el “destino”. Se prefiere el debate político (“… es una confabulación de mis enemigos”) o las argucias legales (“… se ha violado el debido proceso”). Entonces, en lugar de explicaciones, nos llenamos de acciones de amparo y de apelaciones. Si la contestación debe ser simple, una respuesta dilatoria más que defensa legal sugiera falta de explicaciones y pruebas. Pareciera que se apuesta a confundir y demorar, con la esperanza de que entre tanto prescriban los delitos, o se produzca una misericordiosa amnistía, o los astros se alineen en un escenario político en el que se pueda canjear la acusación por otro favor. Falta coraje y una historia limpia. Nos sobran sospechas de lo peor.

¿Qué desearnos para este 2014? Pues que estemos patas arriba. Es que ya llevamos 24 años patas abajo, bien parados y, la verdad, no nos ha ido mal. Pero no es gracia desearnos más de lo mismo. Sabemos, por anticipado, que el Perú tendrá muy buenas noticias el 2014.

Creceremos el 6% del PBI que, como va el mundo, está súper bien. Sin embargo, en la última CADE se dijo bien clarito que necesitamos crecer 7% y por varios años seguidos, porque el desarrollo sólo se logra en el largo plazo. Y todos se han alineado en ese compromiso. La Minería, la Agroexportación, el Turismo, los Servicios Financieros. También la Pesquería, la Ganadería, la Avicultura, la Industria Textil, la Moda, el Cine. Todos quieren estar en este Perú venturoso.

Hasta donde andamos mal podemos ir bien. En Infraestructura, en Salud, en Inversión Pública (ejecución presupuestal) y en Inclusión Social, luego de trabas burocráticas y ensayos fallidos, ya se sabe qué hacer, hay voluntad política, proyectos en camino y APPs (asociaciones público privadas) en marcha. Otro asunto es la Educación, la Justicia y la Seguridad Ciudadana.

En estas áreas estamos re mal, al final de la cola de los llamados “países de ingresos medios”. Aquí aún no tenemos grandes políticas públicas (eso es lo malo), pero nos sobra vergüenza (eso es lo bueno) y el convencimiento de que todo el éxito económico que estamos teniendo se puede ir al carajo si no hacemos algo pronto (eso es lo mejor, porque nos urge a la acción).

Entonces, el Perú patas abajo, el bien parado, seguirá creciendo y seguiremos siendo una estrellita latinoamericana. Este es el Perú de la escena oficial, que nos seduce y que nos complace. Pero hay otro Perú. El de todos los días. El que cada uno de nosotros transita cumpliendo la maldición bíblica de que éste tiene que ser necesariamente un valle de lágrimas. A ese Perú hay que ponerlo patas arriba. Como quien voltea un cajón, para botar de una vez todas nuestras miserias. Aquí va el rosario para este año.

Que un policía no se suicide, porque no quiere coimear, pero los 800 soles que gana no le alcanzan para pagar la renta. Que un maestro prepare bien la clase y se quede a jugar con sus alumnos, pero para eso no tendría que trabajar en tres empleos. Que un burócrata nos sonría, pero para eso tendría que saber que su trabajo vale la pena. Que en los hospitales la espera no agregue más dolor ni sufrimiento. Que los bomberos tengan agua y mangueras. Que las combis no atropellen, que los buses no se desbarranquen, que los choferes no se queden dormidos. Que las heridas que causaron Sendero y el MRTA se curen de una vez por todas. Que los militares que lucharon por nosotros no sufran más juicios.

Que hagamos cola para respetar el derecho ajeno. Que no compremos sin boleta, que paguemos nuestros impuestos. Que si llegas a borracho, saques todo el amor que te da vergüenza mostrar y no el estrés para romperle la cara al más pintado. Que los niños no vendan en los semáforos. Que a los jubilados les alcance su pensión, pero sobre todo el cariño de los suyos. Que paremos el carro para que cruce el chico ese que viene con paquetes. Que adoremos a las mujeres, que sin ellas no habrá más peruanos. Que abracemos más a nuestros hijos, porque nosotros lo necesitamos más que ellos.

Que no nos pasemos la luz roja, que demos paso a las ambulancias, que nos paremos un minuto por respeto cuando pasa una carroza, que no bloqueemos las esquinas, que no estacionemos en los lugares reservados para los discapacitados. Que no robemos ni agua ni electricidad, ni las desperdiciemos, porque hay muchos que no la tienen. Que no tiremos basura a la calle ni caca al mar, que es de Grau y nuestra Cancillería ha trabajado duro para que La Haya nos devuelva lo que nos debe Chile. Que este marzo no mueran más niños de frío en Puno. Que entendamos quechua y aymara, no como quien aprende otro idioma, sino como quien comprende a otro peruano.

Hay esperanza: Gastón Acurio hizo de la comida un estandarte nacional para cualquier fogón en cualquier rincón del Perú. Vania Masias convirtió a los danzantes callejeros en artistas mundiales. Fe y Alegría hace rato que levanta escuelas de primer nivel en el desierto de Lima. Juan Diego Flórez está sembrando orquestas sinfónicas allí donde antes no crecía ni la mala hierba. Pilar Nores, poniendo chimeneas a las cocinas alto andinas, devolvió esperanza de vida. Castañeda descubrió que las escaleras aliviaban un huevo a los pobladores de los cerros. Hasta Nadine, ayudada por las Naciones Unidas, ha puesto a la quinua, junto con la papa, como nuestros aportes a la alimentación mundial.

Entonces, a veces, con poco se puede hacer mucho. Es cuestión de querer. Tenemos madera para construir maravillas. Que ese sea nuestro nuevo comienzo, cada uno por sí solo y todos juntos, por primera vez en nuestra historia, porque una nación no se hace de PBI sino de hombres y mujeres de a verdad. En eso no dependemos de políticos ni de economistas, ni de héroes ni de emprendedores, sino de nosotros mismos, de nadie más. Con ese sueño recibo el 2014, deseando que seamos mejores peruanos para tener un Perú mejor. ¡Brindo por eso, salud!

El Derecho al Revés

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01 Dic 0

¡Pos que ni quería!

El Chavo vivía en el No. 8 de la vecindad, pero su casa era un barril. Por aquella época el cine y la televisión nos divertían con mundos de fantasía.…

08 Abr 0

Unión civil: No es por ellos, es por ti

A ver, para decirlo a la bruta, sin anestesia, ni edulcorantes, ni frases conciliadoras: los homosexuales tienen derecho a casarse. Lo reconoce nuestra Constitución y los tratados internacionales que el…

24 Mar 0

¡No está lejos, ya llegó!

María Machado, diputada venezolana, ha colgado en You Tube el video que la OEA no le permitió denunciar. Se ve cómo la policía y para militares disparan a matar a…

10 Mar 0

En el nombre del Hijo y del Padre

Cuando Oyarce Hijo murió a Oyarce Padre le dolió mucho la vida. El dolor fue enorme porque esa muerte fue un asesinato. El dolor fue más enorme cuando de los…

17 Feb 0

El amor de Lilia

Lilia Ordoñez es una veterana notable. Salió en un spot de televisión. Cuando habló de su Tacna querida, recuperada del cautiverio chileno, se le quebró la voz. Cuando habló de…

27 Ene 0

Justicia re ciega

A Edgar Tamayo lo asesinaron a las 9 de la noche del miércoles 22 de enero de 2014. A esa hora le pusieron una inyección letal. Se ejecutaba así una…

13 Ene 0

Las princesas también por la casa mueren

Como a varios políticos peruanos, a la Infanta Cristina de Borbón la han acusado de lavado de activos y de fraude tributario. Ella también ha dicho "... quien no la…

02 Ene 0

¡…. y que el Perú esté patas arriba!

¿Qué desearnos para este 2014? Pues que estemos patas arriba. Es que ya llevamos 24 años patas abajo, bien parados y, la verdad, no nos ha ido mal. Pero no…