Texto de prueba
MARZO 20, 2014
Realizado por: Matias Cardona

Dijo una voz popular: “¿Quién me presta una escalera para subir al madero, … para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno?”.  Así empieza La Saeta que Joan Manuel Serrat canta al pueblo andaluz, que anda pidiendo escaleras para subir a la cruz. Pero termina con una revuelta “…no puedo cantar ni quiero, a ese Jesús del madero, sino al que anduvo sobre la mar …”.

Cada año, en Semana Santa, se reconstruye la cultura católica del dolor. La muerte en la cruz es, entre todas las muertes, la más trágica por la tortura que produce y  la agonía que la precede. No se muere desangrado por las heridas en manos y pies, ni por la rotura de las muñecas y los empeines, ni por el desgarro de los hombros, ni por la trituración de los nervios. Todo eso da dolor, y mucho, pero se muere de asfixia. El cuerpo se cansa de estar colgado y los músculos del tórax pierden poco a poco fuerza. Sin ella, los pulmones se quedan donde están, sin poder subir para tomar aire, ni bajar para expulsarlo. No hay oxigenación.  Mas que el sufrimiento del cuerpo, es del alma porque uno se da cuenta de que se está muriendo de a poquitos. La tragedia es lenta. Jesús murió luego de tres horas.

Algo dentro de mí también se rebela contra esa santificación del dolor.  No es el miedo al sufrimiento. No es el egoísmo contra el sacrificio. Sucede, simplemente, que estoy harto de que este valle sea necesariamente uno de lágrimas, y la mansedumbre del sufrimiento como que no ayuda. Si de sufrir se trata, prefiero el sufrimiento del que combate. Prefiero la dignidad de Jesús frente al juicio por encuestas de Poncio Pilatos, que, como se recuerda, fue ganada por el ladrón de Barrabás, nada menos; o de su fortaleza frente a sus propias debilidades cuando fue tentado en el desierto; o de su lealtad pese a las traiciones de Pedro, más que de Judas,  en el Huerto de los Olivos; y, en ese mismo sitio, de su decisión de enfrentar al destino cuando ya era presa de sus propias angustias.

Demasiado dolor existe en este mundo como para que andemos elevándolo a los altares.  Pasado el martirio de la cruz, la resurrección no debiera ser el alivio del sufrimiento, sino la fuerza para derrotar la miseria que se vive en este mundo. Por eso reivindico a Serrat. Como él, prefiero al niño que da lecciones a los doctores del templo, al joven que consigue vino en las bodas de Caná, al seductor verbal de las bienaventuranzas en el sermón de la montaña, al indignado que expulsa a los mercaderes del templo, al líder de los apóstoles, al benefactor de Lázaro con el que ensaya su propia resurrección y al que bendijo con su mirada a María la Magdalena. En resumen, un Jesús que vivió, amó y luchó para que este mundo también sea mejor, aquí y ahora.

Quizás no sea necesario que cada uno de nosotros se inmole en el calvario de la cruz. Quizás sea suficiente con que cada uno deje de contribuir  en toda la gama de injusticias que se producen cada día. Quizás baste con que la miseria de este mundo nos dé tanta rabia como para proponernos que no exista más. Quizás lo que hay que hacer es no pasarse la luz roja, no doblar a la izquierda, no manejar borracho, dar paso a las ambulancias y bomberos. Y, para dar al César lo que es del César, pagar los impuestos, y no malgastar ni robar la plata del Estado que siendo de todos debiera ir para quienes más la necesitan. Quizás sea bueno ser solidario con los damnificados de los huaicos, pero quizás sea mejor que las autoridades no les dejen vivir por las quebradas.

Quizás más que dar de comer al hambriento se debiera generar trabajo, y para eso que el gobierno ayude y no friegue tanto la pita. Quizás debiera ser un crimen la ineficiencia que obliga a que enfermos y ancianos hagan cola. Quizás sea suficiente no ser mezquino. Quizás frente a la injusticia, mas que poner mansamente la otra mejilla, sea necesario protestar y derribarla, a las buenas o como sea. Así, de repente, sustituimos la cultura del dolor por una cultura que se enfrenta y vence a la injusticia y la miseria, día a día. Quizás así no cueste tanto vivir en paz. Quizás así este mundo duela menos.  Quizás así este mundo sea mejor, como Él también lo quiso. Amén.

Al rechazar la ley de la unión civil, que permite a los homosexuales algo parecido al matrimonio, la Comisión de Justicia del Congreso ha violado una regla básica del derecho, la que prohíbe discriminar. El matrimonio entre homosexuales es un derecho fundamental. Lo garantizan, más allá de cualquier duda razonable, la Constitución, los tratados internacionales firmados por el Perú, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, nuestras leyes nacionales y los informes jurídicos del Ministerio de Justicia y de la Defensoría del Pueblo. Así lo comenté en un post anterior http://semanaeconomica.com/el-derecho-al-reves/2014/04/08/union-civil-no-es-por-ellos-es-por-ti/.

Por tanto, el rechazo a la ley de la unión civil  es una violación de los derechos constitucionales de los homosexuales, así de simple, así de grave. No hay razón en contra que valga. Da vergüenza, además, saber que los argumentos contra la ley hayan sido prejuicios basados en una manera de entender la religión, o en una forma de concebir la familia, o en temores vaya uno a saber de qué origen. Pero ninguno de esos prejuicios puede eliminar un derecho. Los derechos son lo que son y hay que reconocerlos y respetarlos, aunque no guste, aunque duela, que la vida en democracia consiste precisamente en eso, que cada cual pueda vivir según sus derechos y no en función de los pareceres de los demás.

La verdad, a los congresistas les hemos aguantado de todo.  Los comepollo, los robacable, los robasueldo, los robavotos, los mataperros son el lenguaje que disfraza de comicidad delitos muy graves. Les toleramos la complicidad con mafias (minería informal, tala ilegal,  narcotráfico) y el pillaje del dinero público (corrupción). Hasta les aceptamos esa incapacidad infinita para resolver los problemas del país (la ‘repartija’ para designar directores del BCR, vocales del Tribunal Constitucional y defensor del Pueblo, más la ‘ley pulpín’). Nos hemos resignado a todo eso, que ya es mucho, porque no se metían con nuestra vida privada. Citando a Facundo Cabral, “… con que no nos jodan, es suficiente…”.

Pero, al desconocer derechos constitucionales a los homosexuales, el Congreso ha superado el límite de toda paciencia,  porque se ha metido con los derechos que garantizan nuestra vida privada. Patricia del Rio ha explicado cómo este Congreso se ha mostrado insensible frente al amor http://elcomercio.pe/opinion/rincon-del-autor/no-amaras-patricia-rio-noticia-1796974. Eso que el amor es la más sublime de las emociones, porque produce todas las buenas. Para los fundamentalistas, cito la Biblia: “.., si no tengo amor, no soy nada […] El amor es paciente, es servicial, no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija en la verdad, el amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, el amor no pasará jamás …” (versículos 2 a 8 del capítulo 13 de la primera carta de San Pablo a los Corintios).

Me rebelan la criminalidad y la ineficiencia del Congreso, pero me da miedo su insensibilidad. La política tiene que ser sensible, tiene el derecho a ser compasiva y tiene la obligación de conmoverse.  No quiero un político que sólo me explique por qué hay miseria y proponga un par de soluciones técnicas, quiero uno que se indigne tanto que llore cuando la vea.  La sensibilidad es clave, más allá de la lucidez de cualquier inteligencia,  porque te da coraje para resolver los problemas contra viento y marea. Nadie, con un mínimo de sensibilidad, puede pasar de largo frente al dolor ajeno. Con sensibilidad no debiera haber desnutrición infantil, muerte de madres gestantes, colas de enfermos y ancianos, y nuestros hijos sabrían leer y multiplicar de verdad.

Pero, por encima de todo, la sensibilidad frena cualquier barbaridad. Con sensibilidad no habrían niños maltratados, ni racismo, se eliminarían las injusticias y desaparecerían las torturas y el  terrorismo. Con sensibilidad las mujeres recibirían trato por igual y, claro, los homosexuales podrían casarse. La sensibilidad nos hace mejores.  Ha habido falta de sensibilidad en el Congreso al rechazar la ley de unión civil y, con esa decisión, el desastre que ya era nuestra vida política ha invadido nuestra vida privada.

Desgraciadamente eso no es todo, también ha habido ignorancia y, lo que es peor, odio según lo analiza Alfredo Bullard http://elcomercio.pe/opinion/columnistas/tradicion-odio-alfredo-bullard-noticia-1797519?flsm. Faltó poco para que la ley fuese rechazada bajo la razón de que los homosexuales son unos maricones de mierda.  No es broma, se citó a Mi lucha, esa obra juvenil de Hitler que inspiró los genocidios contra homosexuales, gitanos y judíos. Si el Perú hubiese estado al lado de la Alemania nazi, también barrían con todos nosotros por ser la fusión de todas las sangres que, ahora, declamamos con orgullo.

Qué mal estamos. No hemos aprendido nada de la historia reciente. No valoramos en nada el sacrificio de millones (sí, millones) de soldados en la Segunda Guerra que murieron por recuperar la democracia, creyendo que nosotros, sus herederos, tendríamos un mundo mejor. Rezo, lo permitan o no los obispos de mi religión, para que el Congreso que debemos elegir el próximo año apruebe la ley, para que pronto sea anécdota histórica la vergüenza de ser todavía un país que discrimina.

Otrosí: un aplauso de pie a los congresistas que, como sucede en las grandes derrotas, con su opinión, voto y coraje a favor de la ley han salvado algo de honor a nuestra política.

Lo de VA es por Valor Agregado y lo de Pulpín es por la ley que unos dicen que promueve el empleo para los más jóvenes y otros que será a costa de reducir sus derechos laborales. No ha habido debate. En cambio, los jóvenes que debían ser beneficiados o que resultarían perjudicados por la ley, según se mire, hablaron con el lenguaje de los  mítines. Grita callejera, o en redes sociales, con eslóganes que resultan intrascendentes, porque de tan simples no dicen nada.  Es su derecho sagrado, hay que respetarlo, hay que defenderlo. Aunque el costo haya sido atracones de tráfico y basura y destrozos en los pocos parques que tiene Lima.

 

Sin embargo, si no hay debate serio, no se ve lo principal. Se pierde de vista, por ejemplo, que el problema no está en la ley pulpín, ni en si se puede arreglar el entuerto en el reglamento, sino en creer que la magia de una ley hará posible más empleo, con toditos sus derechos laborales incluidos. En rigor, la ley podrá decir lo que quiera, pero nadie contrata trabajadores que no necesita ni paga en salarios más de lo que valen. Es decir, en este juego de intercambios, el salario y, en general el paquete de los derechos laborales, vale  lo que la empresa está dispuesta a pagar porque obtiene a cambio utilidades de igual o mayor valor.

 

García Márquez, en el Otoño del Patriarca, dijo que si la mierda valiese algo, los pobres nacerían sin poto. Grosera la frase, pero con la fuerza de una parábola de los evangelios para que no haya ninguna duda: si no puedes producir algo que vale, algo que alguien esté dispuesto a pagar por eso, serás pobre, no tendrás empleo o tendrás uno muy mal pagado. Es realidad pura, que una ley no puede modificar.  Hace un tiempo, pasé por Camaná en Arequipa. La cebolla estaba tirada en los campos. Nadie la recogía, porque su precio en el mercado era menor que el salario de cosecha. Era más barato dejarla pudrirse que venderla. Adiós empleo, adiós salario mínimo. Por eso todo el reclamo por el respeto a los derechos laborales debiera pasar  por plantear antes el tema de cómo agregar valor en las empresas.

 

Entonces lo que el gobierno debe hacer es crear condiciones para que las empresas ganen dinero. Suena horrible y no es políticamente correcto decirlo, pero es la clave, porque sin ese dinero no hay empleo ni derechos laborales. Y toda esta reflexión tiene nombre: Competitividad, que no es otra cosa que producir bienes o servicios cada vez de mejor calidad, a menores costos, a mayores utilidades. ¡Ahí está la trampa!, advierten algunos, porque para asegurar utilidades a las empresas se necesita reducir los derechos laborales. Menos salarios, más utilidades sería la receta oculta y macabra. La empresa contra los trabajadores, como reedición de la lucha de clases de siglos pasados.  No es así. No debiera ser así.

 

Miremos a la agricultura de exportación o a la gran minería, dos de las actividades más competitivas del país. Las empresas de estos rubros son las  que han venido pagando más y mejor derechos laborales, y creciendo. Lo que hacen estas empresas es contratar trabajadores más capacitados, entregarles equipos de la tecnología más moderna, establecer logísticas más innovadoras y conquistar agresivamente nuevos mercados. Con ello se logra que una hora del trabajador produzca más valor que en cualquier otra actividad.  Por eso en estas empresas se pagan los salarios más altos y se ofrecen mayores beneficios que los fijados por la ley.

 

Es verdad que hay intereses encontrados, porque la empresa querrá pagar menos y los trabajadores querrán ganar más. Pero entre empresas competitivas y trabajadores capacitados, el conflicto de intereses no se mueve en el nivel básico de los derechos laborales elementales. No están en cuestión las ocho horas, el salario mínimo, las vacaciones, las gratificaciones, las CTS, ni el derecho de huelga. Se discute y resuelve sobre otras y mejores condiciones laborales, como extender beneficios sociales a la familia. Es otra cosa. En resumen: más empleos y mayores salarios no pasan por mejores leyes ni por más luchas democráticas, compañero. Pasa  por trabajadores mejor capacitados y por empresas más competitivas.

 

En lo de la capacitación (educación para el trabajo), el gobierno no ha hecho mucho. Beca 18 y los Colegios Emblemáticos son insuficientes. Renovación en el magisterio casi nada. Inclusión educativa cero. En lo de la competitividad tampoco se ha avanzado. Más que subsidios, reducción de impuestos o regímenes laborales especiales, las empresas para ahorrar costos requieren carreteras menos congestionadas, puertos y aeropuertos más eficientes, internet más potente, trasvase de los ríos a la costa, gas para todos, burocracias profesionales. Y así por el estilo. Ése es el debate que hay que tener.  Ésas son las batallas que hay que ganar. Ésas son las políticas de Estado que debemos construir.  La ley pulpín, de verdad, es lo de menos.

El Derecho al Revés

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