CésarLuna Victoria
El Derecho al Revés Por César Luna Victoria

Julio Guzmán ha perdido, pero no porque el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) lo haya sacado de la carrera electoral, sino porque no ha tenido la grandeza para superar su derrota.

Asumamos que tiene toda la razón, que los errores en la inscripción de su candidatura son menores, que fueron subsanados por una asamblea posterior y que, en todo caso, no pueden impedir la contundencia del derecho constitucional a participar en las elecciones. Desde esa posición, la decisión contra Guzmán es injusta e inconstitucional y se explica, al decir de Guzmán, como un fraude promovido por los buitres que se benefician con su salida.

Sin embargo, desde la otra posición, hay razones suficientes en la resolución del JNE. En concreto, se sostiene que esa famosa asamblea posterior no subsanó los errores o, más precisamente, no tenía facultades para subsanarlos. ¿Legal o legalista, sustancial o formal? Ese es el debate. La resolución fue aprobada con las justas, 3 votos x 2 en contra. Casi un empate resuelto por penales. En la duda, debiera haber prevalecido el OK a Guzmán. Esa es mi opinión. Pero la resolución ya fue dada y, aunque no guste, tiene fundamentos legales. No hay fraude. Hay que aceptarla.

Desde la rabia Guzmán, como simple ciudadano, tiene todo el derecho de patear el tablero e iniciar una campaña para denunciar la miseria de los vocales que votaron en su contra, para demostrar que se influyó indebidamente para torcer la resolución y, sobre todo, para exigir que el JNE aplique la misma justicia y rigor a otros que habrían incurrido en errores similares, por lo que también deberían ser retirados de las elecciones. Tiene derecho a que lo sigan paseando en camioneta, camisa remangada, puños en alto, con la sonrisa electoral de siempre para recibir los aplausos de los guzmanlovers.

Pero Guzmán no tiene ese mismo derecho si pretende ser un político de a verdad. La política es el arte de lo posible y eso exige sacrificios para renuncias propias, nobleza para concesiones a los adversarios y sabiduría para liderar consensos. Guzmán irrumpió en el imaginario electoral proponiendo renovar la política con buenas prácticas, combinando la imagen de un técnico con la de un caballero, pero desperdició todo el capital acumulado de un 16% de intención de voto con una rabieta que lo desnuda como el más tradicional de todos los políticos, reclamando fraude y sembrando incertidumbre.

No tiene la altura de Al Gore que, en el 2000, competía por la presidencia de los Estados Unidos contra George W. Bush. La elección se definía en La Florida y Al Gore perdió por 537 votos. Hecho 1: en Palm Beach se ensayó la “cédula mariposa” que debía ser perforada para su conteo electrónico. Equívoca, confundió a muchos electores, la mayoría pensionistas y demócratas. En el conteo manual se confirmó que eran votos para Al Gore, pero quedaron para Bush. Hecho 2: los programadores del software del conteo de votos reconocieron que el “código fuente” podía ser manipulado, pero se negaron a proporcionarlo.

Hecho 3: la empresa encargada de organizar la data electoral (Data Base Technologies) estaba asociada a la jefa de la campaña de Bush. Hecho 4: la Corte Suprema, controlada por los vocales nombrados por Bush padre, dio como ganador a Bush hijo por 5 votos x 4 en contra. Pero no era el final. 11 congresistas podían exigir nuevas elecciones si, además, contaban con el apoyo de un senador. ¿Qué hizo Al Gore? se comió el orgullo. Ni él ni ningún otro senador se adhirió a las pretensiones de decenas de congresistas que clamaban fraude. No se debía prolongar la incertidumbre.

Al final de la historia, Al Gore será recordado por su defensa del medio ambiente y sus luchas contra el calentamiento global. Su trabajo “Una verdad incómoda” le valió en 2007 un Oscar al mejor documental (cuyo director fue Davis Guggenhein) y un Premio Nobel por la Paz (compartido con el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático). A George W. Bush, en cambio, lo recordamos con esa cara de “¿a ver quién me ayuda?”, cuando el 11S, ya informado de los ataques al World Trade Center, seguía la lectura de “Mi mascota la cabra” con unos niños en una escuela primaria de La Florida.

Aquí en Perú también tuvimos algo así. En 1985 Alan García había barrido en las elecciones, pero con el 49.37% de los votos válidos (no viciados) necesitaba la segunda vuelta. Lo seguía Alfonso Barrantes con el 22.95%, pero estaba claro que no lo superaría. Sin embargo, para la izquierda, una segunda vuelta era una oportunidad más de propaganda. Pero ya había crisis económica y el país no estaba para gastos adicionales. Barrantes renuncia a la segunda vuelta y, como no estaba prevista una renuncia, se “excluyen” del conteo los votos en blanco (cuando legalmente no son votos viciados) y se logra el milagro de que García tuviese el 53.1% para ganar en primera.

El final de esta historia también lo conocemos. García 1985 – 1990 rompió récord mundial de hiperinflación. A Barrantes, en cambio, lo recordamos como el Tío Frejolito, el que en medio de la crisis económica promovió el ‘Vaso de Leche’ en las escuelas primarias y los Comedores Populares en los barrios marginales, como una eficaz y solidaria manera de sobrevivir. A su modo, Al Gore y Barrantes renunciaron a seguir en los procesos electorales porque el poder no los seducía, sólo lo querían para hacer cosas mejores. Y lo hicieron a su modo. Julio Guzmán debiera mirarse en ese espejo. Usted y yo también.