CésarLuna Victoria
El Derecho al Revés Por César Luna Victoria

Nos hemos distraído más de la cuenta. Primero fue el proceso electoral, con sus medias verdades, sus mentiras completas y sus insultos tan creativos como humillantes. Luego, la fiesta de los que ganaron y el duelo de los que perdieron. Luego, si lo primero era el perdón por tanto improperio lanzado durante la campaña o si Keiko Fujimori debía visitar antes a Pedro Pablo Kuczynski, como lo manda la tradición republicana. Sin embargo, para unos PPK ya se disculpó, para otros “que se disculpen los enanos”, para otros qué tanta vaina si en campañas anteriores se dijeron cosas peores y nadie se resintió, entonces ¿por qué tanta sensibilidad y engreimiento?

Me recuerda a esas mentadas de madre que se cruzan gratuitamente los chicos en el recreo, sin medir lo que pueden herir. Pero al agravio fácil le debiera seguir el reparo rápido, porque el pleito quedaría zanjado con el retiro de las fases ofensivas. “¡Oye, retírala, retírala!”, “¡Retírala tú primero!”. La ofensa ya no duele tanto, lo que vale ahora es el orgullo de que sea el otro quien ceda primero. El recreo ya terminó, pero la violencia verbal se perpetúa, inútil como siempre. Mientras tanto el país está en serios problemas financieros. Nos vamos a hundir, sin darnos cuenta, porque seguimos distraídos en estos pleitos infantiles.

Para decirlo en simple, no hay plata. Se acabaron los años de vacas gordas, aquellos en que sobraba no sólo porque había mucha, sino porque ni siquiera sabíamos gastarla. Ahora la que hay ya no alcanza para comer. Si queremos llegar a fin de mes, hay que vender las joyas de la abuela o pedir prestado. Para decirlo en difícil, los ingresos fiscales, que dependen casi exclusivamente de la recaudación tributaria, son como 20% del PBI; en tanto que los egresos fiscales, esto es, el presupuesto de la República, son como 23.1% del PBI. O sea nos falta 3.1% del PBI, que es el famoso déficit fiscal. Ése es el problema.

¿Qué hacer? O comemos menos o ganamos más. No podemos comer menos. Lo que ya comemos, el gasto corriente para mantener la burocracia y los programas sociales no se puede reducir. Otro tema es que la burocracia debe ser más eficiente y que los programas sociales deben ser menos asistencialistas, pero eso nos lleva a gastar mejor, no menos. Peor aún, la eficiencia en estos casos quizá pase por gastar más. De hecho, las mejoras en educación, salud y seguridad pasa por contratar mejores profesores, médicos, enfermeras y policías, y eso significa pagarles más y equiparlos mejor.

José Carlos Saavedra, de Apoyo Consultoría, estima que las mejoras en estos tres campos demandarán anualmente 4% del PBI adicionales (“No hay lonche gratis”, en El Comercio, junio 26), que es lo que cuesta mayores remuneraciones, capacitación e infraestructura (escuelas, hospitales, centros médicos, comisarías, cárceles, redes de interconexión y similares). Por estas mejoras votaron a favor el 100% de los peruanos, de todo color, de todos lados, y no habrá político que se oponga. Con razón, porque ese gasto nos aleja de la pobreza. Pero 4% adicionales eleva el déficit fiscal a 7.1% del PBI. ¿De dónde?

Es verdad que hay un ahorro de lo que no gastamos como de 17% del PBI, pero mucho de eso ya está comprometido para inversiones públicas. Lo que queda es un ‘saldito’ de 4%, el Fondo de Estabilización Fiscal, pero es para emergencias y algo se puede usar para cubrir déficit fiscal, pero no todo ni al mismo tiempo. Siempre queda el recurso de pedir prestado. El problema es que el nivel de deuda que andaba por el 20% del PBI, a los cinco años en esta danza llegaría a 32%, que ya no es soportable para nuestra economía, según lo analiza Elmer Cuba, de Macroconsult (“Humala y las cuentas en azul”, en Gestión, junio 22).

El ministro de Economía, Alonso Segura, lo ha advertido y, para que no quede duda, lo ha publicado: “el próximo gobierno encontrará (…) un déficit fiscal que requiere una reducción gradual”, reconoce que “las grandes reformas que nuestro país necesita, como las de educación, salud y seguridad, son intensivas en gasto corriente” y concluye aconsejando, como quien conoce al monstruo desde dentro, que hay que “internalizar que los avances son progresivos y que deben estar condicionados a los espacios fiscales que se vayan generando” (“Retos y dilemas del próximo gobierno”, en El Comercio, junio 26).

Hay que reconocer que el ministro deja la casa arreglada. Pero el déficit no ha desaparecido, sólo está financiado, un poco por aquí, otro poco por allá. Pura deuda. Y, con responsabilidad política, que también hay que destacar, advierte que “el primer gran dilema es determinar (…) el resultado fiscal (el tamaño del déficit / superávit) que servirá de guía para formular los presupuestos nacionales durante el próximo quinquenio”. O sea, controlar el déficit, no gastar más de lo que se obtiene por recaudación fiscal. O sea, comeremos menos. Siendo consecuente está dejando a PPK un presupuesto ajustado.

No es solución, porque ese gasto es necesario, porque si no gastamos, la pradera se incendiará, porque el reclamo popular vendrá solito, sin agitadores profesionales que lo promuevan. Porque a un pueblo harto de estar desesperado y desesperanzado por mejoras, no le puedes pedir paciencia y que siga esperando a que los técnicos arreglen eso del déficit fiscal. Lo paradójico es que el problema, siendo complejo, convoca unanimidad. En efecto, ¿quién no quiere aumentar el gasto en educación, salud y seguridad?, ¿quién no quiere que los evasores y los informales paguen los impuestos que deben?

Varios temas en agenda. En primer lugar, en este escenario, no van las promesas electorales de PPK de reducir los impuestos. El SAE de Apoyo Consultoría estima que cuestan como 0.6% del PBI y que no es seguro que incrementen la recaudación. Aún más, no reactivarían la economía, porque en el indicador de la confianza para la inversión privada de junio, la reducción de impuestos apenas roza el 4% de las preferencias. PPK debe salir a explicar, con la facultad didáctica que tiene, que por ahora no se puede, que para otra vez será. No puede quedar de rehén de esa promesa y la oposición debe facilitar esa tarea.

Segundo tema, incrementar la recaudación ampliando la base de contribuyentes o, lo que es lo mismo, formalizando a los informales. Durante la campaña, por unos votos más, cada quien ha establecido alianzas con grupos objetivamente informales, esto es, que funcionan al margen del Estado y, para lo que nos importa, sin pagar impuestos. Transporte, tala, minería y mypes. Aquí el tema pasa por hacer públicos los compromisos, hacer pactos políticos y promulgar las leyes que se requieren. Algo de amnistía, porque si no nadie se formaliza; algo de beneficios temporales, hasta que asimilen el costo fiscal total.

Tercer tema, ampliar la recaudación luchando contra la evasión. Aquí el tema es más complicado. A diferencia del informal que sencillamente no paga impuestos, el evasor hace como que los paga, pero ya ve cómo paga de menos, con astucia o a la bruta. No lo aparenta pero, simplemente, es un criminal. Hasta ahora hay mucha impunidad, en parte porque las leyes tributarias son una telaraña y siempre dejan un huequito para escaparse; en parte porque los casos demoran tanto en resolverse, que vale la pena apostar a ver si me descubren o si a la larga quiebro, no sin antes haber mudado los activos a otro RUC.

Aquí el asunto es de otro nivel. Es verdad que se requieren leyes para simplificar la telaraña, para agilizar los procesos y quizá alguna amnistía que sólo cubra el aspecto fiscal, para que no se laven fortunas del narcotráfico. Pero se requiere sobre todo coraje político, porque habrá que meter a la cárcel a la gente que parece que es como uno. También liderazgo, porque la calle, que se indigna contra la dictadura y la corrupción, debiera también indignarse contra el fraude fiscal. A fin de cuentas, vale tanto que me roben derechos democráticos como la plata de los tributos destinados a gasto social, a eliminar la pobreza.

Por último, eliminar tanto beneficio tributario inútil. Aquí también se requiere coraje político porque se deben eliminar privilegios de unos pocos, que hacen creer a muchos que son beneficios de todos. No es así, hace una punta de años que beneficios a la Amazonía y a la Zona de Frontera sólo sirven para facilitar el contrabando o subsidiar una que otra actividad. Deben ser sustituidos por transferencias fiscales para inversión pública en la zona. Lo hizo, muy eficiente y eficazmente, la región de San Martín con César Villanueva a la cabeza. Hay que sembrar esa misma experiencia en otras regiones.

Todo eso suma. Si bien lo prudente es no gastar más, lo políticamente necesario es incrementar la recaudación fiscal. Al fin de cuentas, ella es el ingreso que tenemos como país. En la región, el Perú es el que menos gana, apenas recauda el 20% del PBI: Chile obtiene 24%, Colombia 27% y México 33%. Mientras tanto, aquí estamos, recordando quién insultó antes, más o peor; o reclamando o dejando de reclamar protocolos y besamanos. Lo que se requiere es grandeza humana y responsabilidad política para empezar a resolver este tema fiscal. Todo lo demás puede ser importante, pero sin plata no llegamos a fin de mes.