CésarLuna Victoria
El Derecho al Revés Por César Luna Victoria

El caso planteaba el drama de unos mineros sepultados en vida en un socavón. Ya habían sido contactados, pero los víveres que quedaban no eran suficientes para sobrevivir hasta el rescate. La única opción que tenían era sacrificar a unos para que sirvieran de alimento a los otros, sino morirían todos. Puro canibalismo. Hubo consenso: todos los mineros estuvieron de acuerdo en sortear quiénes debían morir. Echadas las suertes, los que perdieron se rebelaron, por instinto de conservación argumentaban la nulidad del sorteo. Los ganadores los mataron, se alimentaron de ellos, sobrevivieron y fueron rescatados.

Fernando de Traszegnies imaginó este caso a inicios de los años 70 para sus clases de Filosofía del Derecho. El caso pretendía ser un shock para que entendiéramos cómo funciona el derecho. Al poco tiempo, la realidad fue tan cruel como la ficción. La tarde del 13 de octubre de 1972, el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya se estrelló en el glaciar Las Lágrimas en los Andes argentinos. Transportaba al equipo de rugby de los Old Christians de Montevideo que debía enfrentarse a los Old Boys de Santiago de Chile. 72 días después se rescataron a 16 personas. Habían sobrevivido alimentándose de las 29 que fallecieron.

Hay una sutil diferencia entre los casos. En el de los mineros se mata para comer. En el de los chicos del rugby, se comen a los que van muriendo por las heridas del accidente. Puestos en debate, la respuesta más recurrente es que los mineros cometieron asesinato, algunos los condenan por eso, otros los absuelven alegando que había un “estado de necesidad” para sobrevivir. En el caso de los chicos de rugby parece no haber delito, se les concede el mérito de ser héroes sobrevivientes. Pero el verdadero análisis no es intelectual. No importa que un caso sea ficción y el otro real, ni que uno venga con crimen y el otro no.

Lo que perturba en los dos casos es que se haya comido carne humana. Este hecho desencadena en el debate miles de argumentos. Los hay desde los fundamentalistas que sostienen que eso está prohibido y punto; pasando por los prácticos que sostienen que de no prohibirse se alentaría el asesinato por hambre; hasta los economicistas que sostienen que se debe medir el costo/beneficio social. El debate se complica, además, por las más variadas posiciones religiosas y morales. Hay tal cantidad de puntos de vista que pareciera que el debate es interminable y que los casos no tienen solución.

Sin embargo, el drama no es sólo el de los mineros o los chicos del rugby. Esas situaciones límite nos contagian, nos hacen vivir la misma tragedia y sacan lo más animal que tenemos. Cuestionamos las conductas extremas porque creemos que no somos iguales, porque no queremos vernos en esa misma posición, porque nos asusta comportarnos igual, porque nos aterra esa parte de nuestra naturaleza primaria. Es el miedo a nuestra propia barbarie el que bloquea el entendimiento. Entonces el miedo se convierte en cólera y, en vez de comprender, prejuzgamos con frases hechas desde el mito y el tabú.

La lección del debate es que las tragedias se perpetúan si seguimos presos de nuestras propias fobias y que para que no se repitan hay que superarlas. Entonces la reconstrucción de la normalidad pasa por comprender las situaciones tal como sucedieron y los tiempos tal como se dieron. Nuestra historia está llena de esos dramas a medio entender. La idealización de las culturas y del imperio inca antes de España, la facilidad de la conquista y la hecatombe demográfica que produjo, la incapacidad de organizar una administración sea virreinal o republicana, la corrupción cortesana como industria nacional y la derrota con Chile.

Aún hoy no tenemos la capacidad de tomar distancia para comprender tragedias que no terminan de sanar. El levantamiento del Apra en Trujillo (1932), las luchas campesinas contra la expansión de las haciendas (1940-1960), las reformas económicas y políticas de Velasco (1968-1975), la guerra con Sendero (1980-1992) y los crímenes que se imputan a Fujimori (1990-2000). Por las heridas de hoy, ése es el resumen de nuestro siglo XX. Y, por lo que se sigue escuchando, nuestra historia reciente se puede resumir en dos sustantivos que ya son adjetivos calificativos: ‘terrorista’ o ‘corrupto’.

Llama la atención que en esa agenda pendiente no esté la hiperinflación del primer gobierno de Alan García. Tragedia hubo, a tal punto que para paliar el hambre se inventaron los comedores populares de entonces. Pero se superó en 1990 al liberar los precios, mitigar su impacto con programas de asistencia social a los grupos más vulnerables, con disciplina fiscal para que el gobierno no gastara más de lo que ingresaba por impuestos. Paralelamente se promovió la inversión privada para generar riqueza pública y se liberó al gobierno de tareas privadas para que privilegie sus tareas públicas.

La independencia que nos falta es liberarnos de nuestros propios miedos, complejos y prejuicios. Entender y comprender nuestra historia para después juzgar. Luego reforzar esas reglas de vida civilizaba para que los ‘nunca más’ no sean simples lemas de marchas a ‘favor de’ o en ‘contra de’ determinados derechos, sino bases constituyentes que no se puedan quebrar, aun en crisis extremas. Tarea de todos. No debiera faltar nadie, ni debiera sobrar nadie. Que seamos libres, a pesar de nosotros mismos. Quizá ése sea el camino de la reconciliación que tanta falta nos hace. Quizá así valga la pena desearnos ¡Feliz 28!