CésarLuna Victoria
El Derecho al Revés Por César Luna Victoria

En estos tiempos, la agricultura es la niña mimada, en cambio, la industria es el pariente pobre del que mejor no hablar. La agricultura moderna ha hecho lo suyo para llegar a ser tan apreciada. Convirtió tierras eriazas en campos de cultivo y, a punta de inversión e innovación, en medio de arenas y piedras, donde antes sólo se cobijaban lagartijas y arañas y no crecía ni la mala hierba, hoy florecen productos que compiten por los primeros lugares en exportación mundial. Mire usted: mangos, uvas, paltas, mandarinas, tangelos, naranjas, aceitunas, espárragos, alcachofas, pimiento y páprika.

Y no crea que allí acaba la cosa. También vienen arándanos, palmitos, quinua (¿o debemos llamarla quinoa?) y la producción orgánica de café y bananos. Los críticos dirán que son productos primarios, con un sonsonete que parece decir que en el Perú no hemos superado la etapa prehistórica de los cazadores y recolectores. Error. Ni la más avanzada innovación ha logrado que, sembrando una semilla o plantando un plantín, al cabo de unos meses tengamos productos para comer. Además, para que florezcan en medio del desierto costeño, se han tenido que implementar las mejores técnicas de regadío.

Suerte seguirán diciendo los críticos porque en el Perú hemos sido bendecidos con climas propicios. Eso es una ventaja, pero todos los países explotan las que tienen. España, por ejemplo, desarrolla su turismo porque tiene al costado alemanes, franceses e ingleses que les resulta tan barato y fácil ir a visitarla, como para nosotros ir de Miraflores a Chosica, sin tráfico. México, en otro ejemplo, desarrolla su capacidad industrial porque tiene al frente a Estados Unidos, el mayor mercado de compra del mundo. El muro que Donald Trump quiere levantar impedirá el tránsito de personas, pero los bienes se seguirán comerciando.

En cambio, nosotros tenemos los mercados lejos. El verdadero éxito de la agricultura es colocar productos frescos a distancias enormes. ¿Saben cuánto demora llevar en barco un racimo de uva cortado en Ica a una mesa en Londres o Hong Kong? Ojo, debe llegar fresco, en sabor, color y apariencia. Y más, no puede llegar cualquier día, sino el día que el supermercado (que es el que manda) quiere que llegue, porque ése es el día que ya tiene programado hace un año que venderá la uva del Perú. Más aún, sabiendo el tiempo exacto, uno no puede cosechar cuando quiera sino cuando la uva está a punto.

Para eso, los agricultores han experimentado y desarrollado técnicas que aceleran o retrasan la producción según el clima que va madurando los cultivos. Han adquirido patentes y licencias para generar productos que soportan ese juego de tiempos para cosechar. Han creado plantas de embalaje y cadenas de frío para almacenar. Se han asociado con empresas de logística para planificar embarques y vigilar técnicas de conservación durante el transporte. Han acreditado la eliminación de plagas para que los productos ya no sufran con fumigaciones o cuarentenas en su destino. Y así por el estilo.

No ha sido cuestión de tirar una semilla y esperar que llegue la cosecha. Se han modernizado las técnicas propias y se han generado cadenas de valor hacia atrás con propiedad intelectual (en un país donde nos miran muy feo por lo de la piratería digital) y hacia delante con lo de la logística y transporte (en un país que reconoce que en infraestructura estamos mal). Entonces, la agricultura ha vencido allí mismo donde el país no anda bien; ése es su mérito. Alcanzado con esfuerzo, riesgo, innovación, profesionalismo, productividad, alianzas de negocios y estrategias comerciales. Algunos lo llaman milagro.

Con esa agricultura ganamos todos. En los últimos 12 años, el valor de las exportaciones se ha cuadruplicado, el número de trabajadores se ha duplicado, sus salarios han crecido a un ritmo de 6.8% anual y la productividad por trabajador se ha incrementado en 60% (ver “La revolución verde” de Luis Carranza en El Comercio del 11 de octubre). En simple: más dólares por export, más soles por impuestos, más trabajadores ocupados formalmente y con mejores salarios. Sin embargo, la agricultura no se desarrolló solita. El Estado la ha venido acompañando en una suerte de política de Estado no declarada.

En efecto, en los Tratados de Libre Comercio (TLC), los productos agrarios son privilegiados en la negociación para obtener facilidades y así se abren mercados. Se suscriben convenios para proteger la propiedad intelectual que permite contratar patentes y licencias, y los estamos cumpliendo. Al cabo de casi un siglo, el Estado realizó las irrigaciones de Chavimochic, Olmos y Majes para incorporar tierras agrícolas. Se esperan los transvases de los ríos de la sierra a la costa. Como están las cosas, por cada 250,000 hectáreas nuevas se generarán 2.5 millones más de empleos. ¿Maravilloso, verdad? Pero no ha sido todo.

La agricultura tiene una tasa combinada preferencial del Impuesto a la Renta (IR) de 21% contra el 33% general, sus aportaciones sociales son menos de la mitad, puede contratar trabajadores por estación, con vacaciones reducidas a 15 días, gratificaciones y CTS incorporadas en la remuneración y, por último, indemnizaciones a la mitad por despido no justificado. Nadie ha perdido con estas ventajas. Por el contrario, donde antes no había producción alguna, el Estado recauda ahora impuestos y los trabajadores tienen más empleo y mejor remunerado. Si esto ha tenido éxito, ¿por qué no se replica para otras actividades?

La industria, si tuviese ese apoyo, lograría tanto o más. Para eso, la Sociedad Nacional de Industrias (SNI) ha propuesto treinta medidas concretas (ver el resumen ejecutivo de “Aportes para fortalecer la competitividad, la formalidad y el desarrollo nacional”). Si de pedir se trata, hay que pedir no más. Aplica el refrán “El que pide al cielo y pide poco, es un loco”. Lo que se pide está justificado de sobra, por la experiencia de la agricultura que requirió del impulso fiscal para su despegue y por el hecho de que todos los países ayudan a sus empresas, por lo que ahora ese apoyo es una clave en la productividad.

Reconforta saber que el Estado ya lo sabe y lo quiere hacer. Reconoce, con cierta vergüenza y rabia, que Chile destina a sus empresas, a través de la Corporación de Fomento a la Producción (Corfo), más de ochenta veces lo que aquí se destina (ver página 19 de la“Agenda de competitividad 2014-2018” del Consejo Nacional de Competitividad). Así que ganas sobran, lo que falta es plata. Ése es el problema y ése es el detalle (ver mi postQue no hay plata, que no llegamos a fin de mes”).

La cosa es seria. Las cifras fiscales confirman un déficit del 3% del PBI. El mundo anda en recesión y, haciendo todo lo bien que se pueda hacer, al 2021 la meta es reducir el déficit a 1%. Eso ya es un problema, porque la preocupación inmediata es cómo financiarlo, que seguro se cubrirá con parte del ahorro de años anteriores y con deuda. Parece que no hay lugar para mayores gastos públicos y, en verdad, es así. No es solución reducir un gasto de un sector para pasarlo a otro. Aún más, sectores sociales y políticamente más prioritarios andan reclamando mayor presupuesto como salud, educación y justicia.

Entonces, el verdadero debate es cómo financiar el apoyo que requiere la industria. No hay otro de corto plazo que una lucha frontal contra la evasión tributaria. Pensando en lo de las pymes, el problema se aborda con tasas reducidas, simplificación de trámites y amnistías. Pero la plata de la evasión del 35% en el IR y del 50% en el IGV está en otro lado. Hay un dinero de origen criminal (narcotráfico, contrabando, minería y tala ilegal) que inunda el mercado en efectivo, y fuerza una informalidad que nunca podrá formalizarse. No hay reforma tributaria que la enamore.

La lucha contra este tipo de crimen debe tener la mayor prioridad porque provee los recursos para financiar todos los demás, la corrupción el primero de ellos. No es chamba de la administración tributaria, lo es de la Policía, de sus servicios de inteligencia y de sus fuerzas especiales, del apoyo político que deben recibir y de nuestra gratitud por adelantado. Es un asunto moral y ético, también político y fiscal, pero sobre todo de competitividad, porque contra el dinero fácil del crimen ninguna actividad seria puede prosperar. Así que lo que se necesita es una PNP de verdad, como la que venció a Sendero Luminoso.