CésarLuna Victoria
El Derecho al Revés Por César Luna Victoria

La historia, contada por Antonio Murciano, es más o menos como sigue. Una mujer entró al establo. “Era una mujer seca, harapienta y oscura (…) venía sucia de barro, de polvo de caminos, (…) tenía los cabellos largos, color ceniza, olor de mucho tiempo, color de viento antiguo. En sus ojos se abría la primera mirada y cada paso era tan lento como un siglo”. Su presencia era insólita, las profecías no decían nada de ella, tampoco las tradiciones. Por eso María tuvo miedo cuando la vio acercarse a la cuna, pero ella “… se dobló frente al Niño, lloró infinitamente y le ofreció la cosa que llevaba escondida”.

Cuenta Murciano que entonces María, asombrada, la vio bella, esbelta, luminosa y “al conocerla gritó y la llamó ¡Madre! (…) Eva miró a la Virgen y la llamó ¡Bendita!…”. Como epílogo se dice que, en el pesebre “… al fin, Dios dormido, sonreía teniendo entre sus dedos niños la manzana mordida”. Hermoso poema que nos devuelve a todos en la escena de la Navidad porque, en todo este tiempo, la hemos mirado de lejos, como espectadores. Allí estaban otros en nuestra representación, primero los humildes pastores, luego los ángeles gloriosos y, a final, los reyes majestuosos. Pero no nosotros, la humanidad entera.

La presencia de Eva en la escena de la Navidad es magistral. Aun más si va para entregar al Niño la manzana prohibida. Desde que Eva le dio una mordida, como ya está grabado en nuestro ADN espiritual, dejamos de ser como ángeles, nos convertimos en pecadores y, cual simples mortales, debemos transitar por esta vida terrenal haciendo sacrificios y méritos para, ya muertos y resucitados, gozar de la gloria de Dios por los siglos de los siglos. Jesús, el niño de la Navidad, vino al mundo entre otras cosas para habilitar los sacramentos que nos redimen del pecado. Su sacrificio y muerte fue el precio que debió y quiso pagar para eso.

Para la Semana Santa, es tiempo en el que la cultura del dolor se eleva al máximo con la adoración del Jesús Crucificado, sangrante, sufriente, humillado, vencido. La Navidad es otra cosa. Total, nace un niño y eso es siempre trae alegría. Pero para que nada empañe la fiesta, deliberadamente se omite recordar que ese nacimiento está asociado al tormento de la cruz. Murciano, con su Eva en el establo, construye otra escena: Jesús Niño ya dormido, abrazando la manzana mordida, símbolo del pecado y de su sacrificio por la redención, sonríe. Ése debiera ser el famoso “espíritu de la Navidad”.

El mensaje no es olvidar las desgracias sino tenerlas más presentes que nunca. Pero que todo el sacrificio que demande superarlas no genere fuerza bruta, rabia ni odio sino, paradójicamente, alegría, que es el verdadero alimento del alma. Y no cualquiera, sino esa alegría sublime que contagia la sonrisa de un recién nacido. Entonces, es ahora que debieran estar presentes nuestras desgracias, como la de los niños sirios heridos en Alepo en medio de una guerra que ni quieren ni entienden, o las de nuestros niños alto andinos que ya están sufriendo una sequía brutal más el friaje, desnutridos como siempre.

Enfrentar la desgracia con alegría produce esperanza, que es al fin de cuentas lo que nos mantiene vivos. Porque con ella no morimos a la primera, porque nos hace eternos aún cuando la muerte espera, porque la victoria nos sigue llamando aunque la derrota ya esté encima. Por eso también celebramos la Navidad, porque cada niño que nace, no importa cómo ni dónde, es la renovación de que todo va ir bien. Por eso regalamos a los que tenemos más cerca, como un regalo al Niño Jesús, o como se llame ese otro Dios, o esa fuerza atea interna, porque así le pedimos que, en medio de las desgracias, no nos abandone.

La Eva de Murciano es, también, un homenaje a la belleza de adentro. Eva deja de ser esa mujer sensual, avergonzada de su sexo que lo oculta tras hojas de parra. Murciano la pinta vieja de tiempo y sucia de pecado pero luego de que entrega la manzana al Niño, la despoja de toda esa fealdad y, así, María la ve tan radiante como ella misma. No era necesario que Jesús muriera en la cruz, bastaba que le sonriera. El diálogo entre ellas, “Madre” vs “Bendita”, es un reconocimiento a ese encuentro entre lo humano y lo divino, entre lo profano y lo sagrado. Y así, engendrados en nuestra otra madre Eva, asistimos todos al establo. Eramos el personaje que faltaba.

La alegría que renovamos cada Navidad no debiera ser abstracta, musical, comercial, gastronómica y festiva. Debiera ser una alegría que nos comprometa contra las desgracias propias, pero también contra las universales. Que cada quien elija sus batallas y que las enfrente con la alegría del Jesús Niño que nos regala Murciano. Quizá, ahora sí, se justifica que a los cristianos nos expropien la Navidad para convertirla en una fiesta ecuménica, porque la esperanza para luchar contra las desgracias debiera ser un derecho y una obligación de todos. Quizá así, en este mundo, se pueda vivir mejor, en paz. ¡Feliz Navidad para unos!, ¡Felices Fiestas para los demás! Para todos, un abrazo de alma y corazón.

Otro sí: el poema de Antonio Murciano se titula “La Visitadora”, ver aquí. Lo leí esta mañana, compartido por el alma sensible de Guillermo Tejeiro. Me devolvió el espíritu de la Navidad (¡Gracias Guillermo!).