CésarLuna Victoria
El Derecho al Revés Por César Luna Victoria

El Derecho y la Justicia están mal consideradas, como muchas de las manifestaciones e instituciones de nuestra vida pública. Pero si algo de esperanza tengo de que renazcan para ser importantes y trascendentes, se debe a Jorge Avendaño, maestro de generaciones de abogados en la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Ha muerto. Se ha escrito recordando y agradeciendo lo mucho que recibimos de él. Suscribo todo y poco tengo que agregar. Destaco, sin embargo, que a diferencia de tanto jurista muy bien reconocido, Jorge Avendaño no escribió nada.

Bueno, algo debe haber escrito. Pero sus artículos y comentarios no dan para un libro que los recopile, a modo de una generosa antología. Por lo general, en nuestra cultura, para trascender, hay que escribir. Son tus libros los que evitan que mueras en vida, los que trascienden tu muerte y, si tienes suerte, serán citados por tus biógrafos si, por ahí, contribuiste a la cultura jurídica universal. Nada de eso hizo Jorge Avendaño. Aún más, durante toda su vida enseñó, básicamente, un curso de Derecho Civil, sobre posesiones, usufructos, propiedades, prendas e hipotecas. Nada que mueva el eje central de la vida jurídica.

Nadie lo recuerda, por ejemplo, por explicarnos la teoría subjetiva de Savigny versus la teoría objetiva de Ihering en la posesión (¿o era al revés?). Porque de eso trataban sus clases. No obstante, aunque brillantes, no eran lo más importante. En realidad, lo que realmente nos enseñó fue mostrarnos el funcionamiento del Derecho. El curso de Derecho Civil fue apenas la excusa para entender las vanidades y miserias de los hombres que producen normas y sentencias, pero también sus sacrificios y grandezas. No necesitó escribir de ellas, porque las grabó en nuestra memoria y en nuestro corazón.

Los Wisconsin Boys

A mediados de los 60’s, Jorge Avendaño concretó con la Fundación Ford un programa de cooperación técnica para que los profesores de nuestra facultad fueran capacitados en la Universidad de Wisconsin en las nuevas metodologías de enseñanza del Derecho. Cuando ingresé a la facultad en 1973 (por entonces se denominaba Programa Académico) los cursos fundamentales tenían Materiales de Enseñanza, una recopilación de textos de doctrina, sentencias judiciales y casos del Perú y del mundo. Versión impresa de lo pertinente, 40 años antes de la navegación por Google.

Por tradición, los profesores explicaban las normas de la ley a las que se refería el curso. Unos más aburridos, otros más a menos, pero todos limitados a la ley. Con los Materiales, el profesor no dictaba, sino dirigía un debate sobre lo que debíamos haber estudiado, antes y por nuestra cuenta. Nos enseñaban a aprender Derecho. Eso fue vital. A la distancia, nada de lo que estudiamos está vigente. La Constitución de 1933 fue sustituida por la de 1979 y luego por la de 1993. Ninguno de los Códigos sobrevive. Todo fue cambiado. Sin esa capacidad de permanente autodidacta, no entenderíamos el Derecho de hoy.

El Ladrón

Los Materiales mostraban también que las reglas jurídicas no eran sólo las leyes, reglamentos o disposiciones administrativas. Esas normas legales eran interpretadas bajo la influencia de lo que habían opinado los expertos (la Doctrina), de cómo lo entendían las gentes y de cómo las practicaban (la Costumbre) y, finalmente, nada de eso importaba si los tribunales no las aplicaban (la Jurisprudencia). A todas ellas las llamamos las Fuentes del Derecho. Aprendimos que las leyes no son el Derecho, que el Derecho no es la Justicia y que la Justicia la dictan los tribunales. Era el Derecho en Acción.

Lo del Ladrón viene del epígrafe de los Materiales. Un párrafo citando a Oliver Wendell Holmes Jr., acaso el presidente más notable de la Corte Suprema de los Estados Unidos. Decía él que un ladrón no lo es hasta que la corte dice que es ladrón. Consciente de que los tribunales siempre tienen la última palabra, también con apoyo de la Fundación Ford, emprendió la ardua tarea de capacitar a los jueces, acompañado de Javier de Belaunde y Luis Pásara. Quiso entregarles esa nueva forma de aprender y entender el Derecho para mejorar la Justicia. Las turbulencias políticas dejaron inconclusa esa tarea, hasta hoy.

El aguante político

En los 70’s, el Derecho estaba subordinado a un Estatuto del Gobierno Revolucionario. La Junta Militar actuaba según sus propio entender, que descubríamos de a pocos, en discursos a plazas públicas y conferencias de prensa, trasmitidas por televisión, parcialmente publicadas en El Peruano. La Constitución y demás leyes serían acatadas en tanto fuesen compatibles con los objetivos del gobierno. Eso era el Derecho en Acción de la época y así estaba expresamente regulado, sin disfraz ni vergüenza alguna (artículo 5 del Decreto Ley No. 1 o No. 17063, siguiendo la secuencia de las leyes).

Los Materiales mostraron que, en eso, tampoco éramos originales. Normas similares de otras dictaduras, en otros tiempos y en otros lugares, como la soviética de Stalin o la nazi de Hitler, también habían perforado el Derecho. Aprendimos que el Derecho y la Justicia son también producidos por el poder, y perdimos la inocencia. En el patio repetíamos que “…es el aguante político de los grupos sociales en conflicto lo que determina el margen de libre movimiento del legislador…”, jugando con lo recién aprendido. La vida después nos lo recordaría con crudeza. Dolió, pero no nos agarró de sorpresa.

No es puro floro

El insumo del Derecho son las palabras y entenderlas fue otra gran lección. Veníamos preparados por otro tótem de la enseñanza, Luis Jaime Cisneros, quien desnudaba los secretos del lenguaje. Burlándose de los militares en el poder, evadiendo toda censura, proponía, para el análisis de los significados, esta frase: “…las mariposas visten de múltiples colores, los gorilas de color uniforme…”. Aprendimos que las palabras que integran las normas jurídicas no tienen un significado único o permanente. Son conceptos flexibles que el poder cambia de contenido, de tiempo en tiempo.

Jorge Avendaño comentaba, por ejemplo, que el texto de la norma sobre el derecho a la propiedad, que establecía que ésta debía ser utilizada en función social, no había variado. Pero en el contexto de la Reforma Agraria de 1969, lo de función social significaba que “… la tierra es para quien la trabaja” y que, por tanto, “… campesino el patrón ya no comerá más de tu pobreza”. El mismo texto que antes protegía el derecho de propiedad servía ahora para expropiarla. El texto se mantuvo similar en las Constituciones de 1979 y 1993 pero sirvió, con un nuevo cambio de poder, para fomentar la propiedad privada.

No importa de quién es la vaca

A semejanza del discurso marxista de moda, de entregar a una alianza obrera campesina la propiedad de los medios de producción, el gobierno promovió la constitución de Empresas de Propiedad Social, para que sean controladas por sus propios trabajadores. Las empresas serían financiadas desde el Estado. No funcionó, entre otras razones, porque para hacer empresa se requiere tener una idea del negocio, saber comprar insumos y conocer proveedores, saber vender productos y conocer clientes, asumir riesgos y vencer dificultades. Nada de eso existía en el proyecto.

Como experto en Derecho de Propiedad, Jorge Avendaño fue convocado para asesorar la ejecución del proyecto. Tiempo después nos explicaría que eso de la propiedad era para cosas y derechos. Que tratándose de empresas, lo que valía era determinar el derecho de gestión, esto es quién decide qué se hace, y a quiénes van las utilidades. Los trabajadores, llamados en la ley a ser los propietarios de las empresas, decidían muy poco. Las utilidades que recibirían tampoco serían significativas, muy similares a la participación que recibían los trabajadores de las empresas privadas.

De ahí la frase “…no importa de quién es la vaca, lo importante es saber quién la ordeña y quién se toma la leche…”. En esa tarea aprendimos que lo que importaba en Derecho era llegar a conocer los hechos, antes que las categorías conceptuales que les damos. Nada nuevo, dicho sea de paso, porque desde el siglo V Justiniano ya recogía en su Digesto que “…las cosas son lo que son y no lo que las partes dicen que son…”. Cuando la enseñanza del Derecho privilegiaba las lecturas de los expertos y la interpretación de las normas, en nuestra facultad nos exigían ubicar los hechos, interrogarlos, conocer la realidad.

Un quinto es más que un tercio

La dictadura militar clausuró los partidos. La política se mudó a la universidad. La izquierda criticaba a Jorge Avendaño por no ser progresista, porque la nueva forma de enseñar el Derecho mostraba las arbitrariedades de un poder que aspiraba a ser socialista. La excusa fue su apoyo a una ley sobre la universidad, que concedía a los estudiantes estar representados en un quinto en los órganos de gobierno. La izquierda reclamaba el tercio de una ley anterior. Lo del tercio alguna vez había funcionado en las universidades públicas, pero no en las privadas como la nuestra.

Jorge Avendaño nos alentó a tomar el quinto donde antes no teníamos nada. En 1974 fui elegido por mis compañeros. Compartiendo la gestión universitaria con mis profesores descubrí que las ideas no tienen edad. Lo que aporta la experiencia es cómo exponerlas para convencer, que de eso se trata la abogacía. Me aconsejó que lo mirara, que no me fijara en lo que decía sino en cómo lo decía, en el tono de voz, que las manos también hablaban, que había un lenguaje corporal, que todo eso convence. Un antecedente de lo que ahora promueve Alfredo Bullard, con clases de teatro y cine como parte de la enseñanza del Derecho.

La lealtad al amor

La derecha también tenía lo suyo. La enseñanza no pagaba dinero, pero daba prestigio y servía para la hoja de vida. Rota la comodidad de la metodología de enseñanza anterior, los abogados tradicionales tenían que modernizarse para mantenerse como profesores, y eso cansaba mucho. Además, la nueva metodología desnudaba las influencias desde el poder, y eso era ya muy peligroso. Se quiso aprovechar una separación matrimonial, un nuevo y eterno amor y una bebé recién nacida para que la hipocresía de una Lima, aún virreinal y cucufata, pretendiera vetarlo como profesor.

Un puñado de alumnos bloquearon la entrada a clase. Eran enormes y, uno que otro, karateca con cinturón negro. No me pidan que explique cómo, pero con Amalia Ortiz de Zevallos como líder y única herida en la trifulca, logramos que entrara a dictar clase. Pudo haberse evitado tanto contratiempo, tanta humillación. Pudo haberse retirado temporalmente en un discreto silencio. Pero así era él. Leal a sus amores y a sus alumnos. Al terminar la clase, Jorge Avendaño salió rápidamente, antes de que pudiéramos organizar un piquete de defensa. No fue necesario. En el patio lo esperaba toda la facultad, para agradecerle tanta entrega.

Desde entonces, a Jorge Avendaño, se le aplaude de pie.