HugoSánchez Casanova
Familia SAC Por Hugo Sánchez Casanova

“¿Qué es eso de la gerencia de la felicidad?”me preguntó un propietario de empresa a propósito de un artículo que había leído. “¿Es posible que alguien sea feliz trabajando?” La respuesta es que sí, es posible, pero para ello hay que entender a qué llamamos felicidad y qué hace feliz a una persona.

Lo primero que hay que decir es que la felicidad puede entenderse de varias maneras, desde un estado “hedonista” (de placer) hasta una condición humana de reflexión orientada al sentido del bien, parafraseando a Aristóteles. La Real Academia usa como primera acepción “estado de grata satisfacción espiritual y física”, recogiendo ambos extremos.

Desde un sentido práctico, para los empresarios vale la pena responderse qué hace feliz a un trabajador. Voy a explicarme con un ejemplo: un buen vendedor tiene que pasar por muchos avatares para conseguir una cuenta (visitas, reuniones, largas esperas, trámites, cancelaciones, etc); tiene además que entender el problema del cliente (aunque a veces ni siquiera se lo quieran explicar bien) y ofrecerle lo que necesita (investigando sobre las alternativas y escogiendo lo que mejor le ayude), incluso recomendándole una alternativa que no es la propia, lo que le hará ganar la confianza del cliente y le abrirá paso a una próxima venta. Son horas de esfuerzo y dedicación que no provoca necesariamente un sentimiento de felicidad mientras se ejecutan. Sin embargo el resultado puede ser (a) una buena comisión; (b) un gran aprendizaje producto de estudiar lo que podría necesitar el cliente; (c) un cliente con su problema resuelto. ¿No encontramos en estos resultados la combinación de los elementos de la felicidad? Con la comisión el vendedor podrá gozar de aquello que el dinero pueda comprar; el aprendizaje será más o menos placentero según su vocación por el estudio, aunque aprender a la larga siempre satisface; y el servir apropiadamente al cliente no es otra cosa que una manifestación cotidiana de “hacer el bien”, cuyo impacto en la persona que lo hace es reconfortante.

¿Qué tipo de “empleado feliz” quiere para su empresa? Escoja:

  1. Aquel que le interesa mucho los aspectos económicos, que puede terminar convirtiéndose en “mercenario”.
  2. Aquel que busca aprendizaje rápido y que puede aburrirse pronto de su puesto o de su empresa, y buscará migrar a otra.
  3. Aquel que quiere ayudar/servir, que actúa en beneficio de los demás (cliente interno y externo).

Para encontrar la verdadera felicidad en las empresas, no podemos basar nuestra felicidad en una de ellas; se debe lograr un “mínimo” en cada una. Y si se trata de potenciar alguna, mejor que sea la tercera antes que la primera pues estaremos desarrollando “clientes amigos” para el largo plazo, mientras que haciendo lo contrario tendremos sólo “clientes utilitarios”, sin mayor vínculo, que más tarde o más temprano, podemos perder fácilmente.

¿Dónde cabe la exigencia en todo esto? Podríamos decir que lo normal es que la gente esté espontáneamente orientada a recibir más dinero porque sabe que con ello satisface sus necesidades básicas y su bienestar. Que la gente aprenda e investigue y que además se preocupe por ayudar al cliente a costa incluso de sus propios intereses no sale de manera natural. Aquello que no sale espontáneo, hay que exigirlo. ¿Y basta con exigirlo? Lamentablemente no, hay que enseñarlo y dar ejemplo, y esto es la base de la receta del liderazgo.

Traslademos lo dicho hasta aquí al ámbito familiar. ¿No es cierto que como padres exigimos a nuestros hijos al estudio, al cumplimiento de sus deberes, a la ayuda en casa, al servicio de los suyos? Pues en las familias dueñas de una empresa esto es aún más crítico, pues está formando al futuro sucesor quien heredará la fortuna familiar y le dará uso: cabría preguntarse ¿La usará para beneplácito personal o para servir a otros (sus colaboradores y clientes)?

En un entorno donde la felicidad se vende en envoltorio de placer parece irreal encontrar personas que tengan puntos mira más elevados. Mi experiencia es que no es así, que cuesta más enseñar y que cuesta aún más ser buen ejemplo (servirlos a ellos), pero cuando se logra, la exigencia deja de ser una imposición y se convierte en un sendero cuyos límites se entienden necesarios para llegar a buen destino. Me despido con esta frase que encontré (cuyo autor no conozco) que resume lo escrito en este post.

Entonces pregunté ¿Cómo encuentro la felicidad? “Cuando no la busques para ti, sino para los demás”.