HugoSánchez Casanova
Familia SAC Por Hugo Sánchez Casanova

Corruptio optima pessima“. La corrupción de lo mejor es lo peor es lo que reza un viejo proverbio atribuido a Santo Tomás de Aquino. Por ello, cuando somos testigos que quienes ocupan cargos o posiciones que velan por intereses mayoritarios y fundamentales caen en corrupción, nuestra decepción es inmensa. Cabe preguntarnos: ¿está nuestra empresa libre de corrupción? ¿podemos hacer algo para vacunarla?

Corrupción significa la descomposición de algo (echar a perder, depravar, dañar o pudrir). En este orden de ideas debemos precisar que algo no se deteriora de un momento a otro, requiere de un proceso que empieza inadvertido y se va haciendo grande. Los casos de corrupción en las empresas familiares no son la excepción y esta puede venir por dos fuentes: el negocio y las relaciones familiares; y es por ello que para quienes son sus propietarios es tan importante dirigir y gestionar ambas. Vuélvase a leer por favor: dirigir y gestionar la familia es tan importante como dirigir y gestionar el negocio.

Sobre lo primero, hay muchos post en este blog que pueden ser de utilidad (especialmente los de gobierno, directorio o protocolo), por lo que me voy a centrar en el segundo tema. Al respecto, las reglas para tener un negocio saludable, para evitar su deterioro, son harto conocidas pero voy a recalar dos de ellas que son muy importantes para los fines de este artículo: (1) los sistemas de control y (2) la cultura.

Respecto al primer tema, ya en el post anterior “Delegación sin control en las empresas también es corrupción había hecho notar la importancia del control. Complementando el mismo, cabe preguntarse por qué no se controla. En mi experiencia, son básicamente tres respuestas: no hay tiempo para hacerlo, no se sabe controlar o se abdica al control. Alguna de ellas o su combinación son las que definen el por qué se descuida esta función fundamental hasta que algo grave empieza a manifestarse. Las empresas familiares que aún no adoptan las prácticas de gobierno corporativo y, por lo tanto, no tienen directores externos que estén haciendo esa función, tienden a darse cuenta tardíamente de problemas que se pudieron evitar con un control oportuno. Y es que como nos pasa con la salud, son pocos los que hacen chequeos preventivos y sólo van al médico cuando la dolencia es realmente seria. Recomiendo otro post anterior “El éxito puede ser un mal consejero” para que ahonden en la necesidad del control y que también da luces sobre el siguiente tema a tratar: la cultura.

Si queremos tener una empresa que no se eche a perder, su propietario se debe dedicar a generar una cultura que trascienda su presencia. Cuando las empresas nacen, la cultura que imprime el propietario fundador es vital para su desarrollo y es muy bien recibida por sus miembros porque son pocos y están muy cercanos. Con el crecimiento es inevitable que la cultura, si no se trabaja, se diluya. Por ello, para la continuidad del negocio resulta fundamental que se trabaje el principio de excelencia. Esta implica hacer los esfuerzos para no contentarnos con lo logrado, sino que se busque la superación permanente, esto nos lleva a tener métricas y a usarlas cotidianamente. Este trabajo recae fundamentalmente en los gerentes y jefes o superiores de la empresa y son ellos que, con su actuar, deben de  sostener la superación de sus logros. Es cierto que ese sentido de superación no es un ejercicio en tercera persona, es responsabilidad de cada individuo y cuyo juez es la propia conciencia, pero hay que destacar que para quienes tienen mando es, además, un compromiso con la empresa y su propia gente. No hacerlo es dejar la ventana abierta para que la corrupción abra la puerta.

Finalmente, tenemos que reconocer que todos podemos caer en la tentación de la corrupción. He escuchado muchas historias, y seguramente usted también, de casos de empresarios decepcionados porque de quien menos pensaban (trabajadores o familiares) han recibido una estocada de deshonestidad. Lo explicado aquí debe llevarlo a reflexionar que, aunque efectivamente el origen de esto es la caída moral de una persona, también puede ser la manifestación de una falta dentro de nuestros sistemas de control o cultura. Esto puede ser simplemente la validación de aquel dicho popular: “en arca abierta, el justo peca“.

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