EnriqueCastellanos
Financieramente Por Enrique Castellanos

Hace unas semanas, la muerte de la universitaria Deysi Vega Bautista y las graves heridas sufridas por otra estudiante Miriam Belisario Huamán, ambas víctimas del robo de sus mochilas por parte de asaltantes montados en autos en marcha, nos llenó de indignación. Ello, no sólo por la brutalidad y torpeza del acto sino, también, por el poco respeto a la vida humana y la total ausencia de temor al castigo de estos criminales. Pareciera que progresivamente los delincuentes de poca monta se tornan cada vez más audaces y peligrosos al percatarse de la inoperancia e incapacidad de nuestras autoridades.

En 1982, los criminólogos James Wilson y George Kelling patentaron la llamada “Teoría de las ventanas rotas”. Pero fue durante los noventa cuando esta teoría cobra fama pues fue una de las piedras angulares de la exitosa lucha contra la delincuencia del alcalde Rudy Giuliani en Nueva York. El clásico ejemplo de esta teoría dice así: imaginen una casa con algunas ventanas o vidrios rotos. Luego de un tiempo, vándalos y palomillas al ver que nadie las repara se animarán a romper algunos vidrios más. Posteriormente, viendo que nadie vive allí, entrarán a robar lo que queda y, poco a poco, la casa se convertirá en un fumadero o asilo de maleantes y el crimen en este vecindario irá en ascenso. Un ejemplo más cercano es el tráfico de Lima. Si no hago respetar las señales básicas de tránsito; luego, no obligo a pagar las papeletas y dejo que sigan manejando; pues cada día tendré conductores más imprudentes y avezados con las conocidas consecuencias de accidentes, destrucción a la propiedad y pérdida de vidas.

Es decir, la teoría postula que las señales de desorden y comportamiento antisocial crean una atmósfera propicia para los delitos mayores. Por ende, si deseamos reducir el crimen grande hay que enfocarnos en reducir el crimen pequeño, es decir, castigar duramente las faltas tales como tomar alcohol en las calles, faltas de tránsito o hurtos menores. De esta forma, desalentaremos a los individuos que empiezan a delinquir y probablemente podamos evitar que se sofistiquen, pierdan el miedo y participen en delitos cada vez más violentos como el ‘raqueteo’ o el secuestro.

¡Ojo! No propongo quitarle el foco a los crímenes graves. Estos delitos también tienen que ser perseguidos y castigados pero siguiendo otras estrategias. Como economista, soy un firme creyente que todos los agentes económicos —incluido los criminales— responden a incentivos y evalúan a cada momento el costo-beneficio (crimen y castigo) de sus acciones. Por un lado, creo que los criminales avezados, en general, ya no se amedrentan con el riesgo de pasar años en la cárcel, pues esto ya lo han asumido como parte de su modelo de negocio. Pero, por el contrario, si penalizamos duramente los delitos menores, aquellos agentes económicos que “recién empiezan en el mal camino“ si analizarán cuidadosamente la conveniencia o no de robar autopartes, arranchar una mochila o robar un celular versus el riesgo de pasar varios años en prisión.

Así no parezca, en nuestro país tenemos múltiples ejemplos en los cuales acciones puntuales ejecutadas con rigurosidad y autoridad han arrojado los resultados esperados. Pensemos hace unos años en la campaña hecha por la policía para el uso de los cinturones de seguridad. O en el incremento de las penas por agredir (así sea levemente) a un policía. O la “tolerancia cero” contra manejar y beber y la prohibición en la avenida Javier Prado para doblar a la izquierda. Cada una de estas actividades fueron bastante exitosas y produjeron cambios de actitud en la población. Si se puede.

Sin ser abogado, me atrevería a decir que ya tenemos en nuestra frondosa legislación, las leyes necesarias para implementar este tipo de campañas. No necesitamos otro reglamento que suba el monto de las papeletas, ¡simplemente se necesita que las que tenemos efectivamente se cobren! Sólo falta que nuestros gobernantes actúen con determinación y liderazgo (qué fácil suena) y apliquen con rigurosidad las leyes existentes. Esto es sólo una idea –entre muchas otras– que valen la pena explorar. Así sea ya muy tarde para Deysi o Miriam, como sociedad se lo debemos.