EnriqueCastellanos
Financieramente Por Enrique Castellanos

Hace unos días un exalumno me preguntó sobre la conveniencia de hacer una maestría en administración o MBA, por sus siglas en inglés. Mi respuesta inmediata, como todo economista que se respeta, fue “depende”.

Un MBA es actualmente casi el camino natural a seguir por un joven ejecutivo y todos lo contemplan hacer en algún momento de su carrera. Sin embargo, ¿cuánto realmente sirve este programa para consolidarse profesionalmente y catapultarse a las cumbres corporativas?

Los MBA aparecieron en Estados Unidos hace más de 100 años. Wharton, la escuela de negocios de la Universidad de Pensilvania, data de 1888, mientras que la no menos afamada Harvard Business School, de 1908. El programa tardó en internacionalizarse, pues recién en la década de los 50 aparecen en Canadá y Europa. En el Perú, el MBA llega en 1963 con la fundación de la Escuela Superior de Administración de Negocios (ESAN).

Sin embargo, es en este siglo cuando se ha dado una primavera de MBA en todo el mundo. En el Perú, un conteo rápido me arroja que, de las 143 universidades que existen, unas 58 en Lima y provincias ofrecen una o usualmente varias modalidades de maestrías en administración. Hoy, en nuestro país, hay MBA de todos los colores, sabores y precios: full-time, a tiempo parcial, de fin de semana, ejecutivos (para gerentes con experiencia), internacionales (en convenio con universidades extranjeras), remotos (con viajes periódicos al centro de estudio), virtuales, etc. etc. El rango de precios es también bastante amplio, habiéndolos desde menos de US$10,000 hasta unos de US$40,000 (incluyendo los viáticos).

“Mis favoritos” son los MBA que ofrecen doble grado, intercambios y certificaciones extras (¿por dos soles más le damos el combo con gaseosa y papas fritas? ). O sea, una universidad peruana en convenio con una o más del extranjero ofrecen una maestría que, además, incluye viajes —digamos a España, Toronto o Singapur— de una o dos semanas para recibir clases y visitar empresas. Con esto último, puedo llenar el currículo con títulos y menciones de varias universidades. Yo me pregunto: ¿cuánto realmente se puede traer uno de una universidad en diez días, más allá de simpáticas experiencias, selfies para mis redes sociales y, Dios nos perdone, una fuerte resaca?

Pero no dramaticemos. Después de todo, el marketing es ubicuo y este negocio de las maestrías no es la excepción; hay que innovar los formatos y rediseñar el producto permanentemente. El problema está cuando el concepto se “bastardea” y explota sin límites, sobre todo en el mercado de la educación donde existe opacidad o incertidumbre en la información. En otras palabras, el consumidor (estudiante) tiene dificultades para tomar una decisión racional pues no le es fácil percibir el valor real del bien o servicio que recibe (la sumatoria de los incrementos de sueldo futuros producto directo de los mayores conocimientos adquiridos).

Entonces, ¿conviene hacer un MBA? Probablemente sí. Pero primero hagan su tarea: hablen con los exalumnos, conozcan a los profesores, analicen la malla curricular y asistan a clases modelo; porque, como ya dije, hay mucho vendedor de humo en este mercado. Sin embargo, ironías aparte, lo que realmente quiero transmitir en este blog es que mucho más importante que un MBA son las decisiones que uno toma durante los primeros años laborales: con qué empresas trabajo, en qué área de negocios, en qué país y por cuánto tiempo. Más allá de los diplomas, lo más importante en un currículo es demostrar que se tiene una carrera. Ello, entendido como años de sustanciosa experiencia y logros laborales en empresas donde uno haya participado en proyectos trascendentes, enfrentado y resuelto situaciones y problemas complejos, manejado el cambio, etc. En esta misma línea, un currículo con experiencias laborales en el extranjero habla mucho más que varios diplomas internacionales. Si a lo anterior le sumo títulos universitarios y viajes exóticos, pues tanto mejor.

Si alguna vez uno de ustedes fue descartado de un trabajo por no tener un título rimbombante o una maestría en el extranjero, créanme, no se perdió de nada. Probablemente, no era una empresa en la que le convenía trabajar, ni un jefe del cual hubiera tenido mucho que aprender.

Hoy más que nunca, me resuena por su vigencia, la frase de Mr. Allen, mi profesor del MBA de la Universidad de Michigan : “please, my friends, don’t MBA me”.