EnriqueCastellanos
Financieramente Por Enrique Castellanos

Según estadísticas del Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Perú, el número de incendios sube de 20 a 120 incendios por día durante la Navidad y el Fin de Año, en Lima y Callao. La costumbre peruana de reventar ‘cuetes’ durante las fiestas –originaria de China, donde los fuegos artificiales se usaban para ahuyentar a los malos espíritus– además de sextuplicar los incendios cada año, también causa numerosas lesiones, mutilaciones y hasta muertes. Peor aún, el Perú ostenta el triste récord del cuarto lugar en el mundo en incendios de centros comerciales con más muertos. En el 2001, la venta de pirotécnicos en Mesa Redonda causó un incendio que dejó de unos 450 fallecidos. El uso de pirotécnicos por particulares ya está prohibido en casi todos los países desarrollados; sin embargo, el Perú junto con otros países tercermundistas como China, México e India mantienen esta absurda y peligrosa tradición.

¿Cuál es la racionalidad de exponernos a estos peligros? Nadie duda que los fuegos artificiales son divertidos, pero hay muchas cosas –como el consumo de algunas drogas– que, pudiendo ser divertidas, están prohibidas por ser peligrosas.

Desde hace ya varios años, la llamada economía conductual o economía del comportamiento (behavioral economics) viene explicando estos fenómenos: cómo los múltiples sesgos socioculturales y trampas sicológicas que las personas desarrollamos con el tiempo influyen en nuestros procesos –aparentemente racionales– de toma de decisión. Sin embargo, es en esta década cuando la economía conductual alcanza mayor reconocimiento; pues tanto Robert Schiller en el 2013 y Richard Thaler en el 2017 obtuvieron el Nobel de Economía por sus avances en esta nueva rama de la ciencia.

Veamos algunos de estos sesgos identificados por Thaler y Sunstein en su libro Nudge (empujón). Primero, el comportamiento manada o la tendencia a copiar lo que hacen nuestros semejantes (una adaptación evolutiva que en la prehistoria nos protegía de peligros y depredadores) explica muchas de las corridas y burbujas bursátiles, pirámides financieras (estafas) y movimientos políticos extremistas.

Otra trampa sicológica común es el exceso de confianza. Si vamos ganando en un casino asumo que lo seguiremos haciendo, o si nos fue bien invirtiendo en el mercado inmobiliario, presumimos que el precio de las casas seguirán al alza indefinidamente.

El fenómeno llamado heurístico de disponibilidad hace que confundamos lo que está más disponible en nuestra mente con su probabilidad de ocurrencia. Por ejemplo, los noticieros fácilmente sesgan nuestro juicio al hacer que sobredimensionemos los riesgos de un desastre natural, accidente aéreo o ataque terrorista cuando las probabilidades reales de estos eventos son en realidad mucho menores.

El sesgo del status quo se refiere a las costumbres, prejuicios y reglas de vida que todos tenemos. En general, somos adversos al cambio: vamos a los mismos restaurantes y tiendas, en las aulas nos sentábamos en el mismo lugar y rara vez cambiamos nuestras modalidades de ahorro o de AFP.

Los pirotécnicos es un buen ejemplo de algunos de los sesgos antes mencionados. Nuestro cerebro muchas veces funciona inercialmente y sigue a la manada; es decir, toma “atajos mentales” ahorrándose el trabajo de cuestionar las cosas. Así, reventar ‘cuetes’ en Navidad y Año Nuevo es simplemente una tradición que seguimos para mantener nuestro status quo. Asociamos casi mecánicamente los pirotécnicos con el sentirnos felices, a pesar de que no existe una relación directa entre ambas cosas. Y muy pocos cuestionamos los riesgos y lo irracional de esta práctica.

La economía conductual postula que el Estado debe crear incentivos o “empujoncitos” de mercado para corregir estas trampas sicológicas. Y si bien es cierto que en temas económicos o políticas sociales un incentivo inteligentemente usado pueden mitigar o corregir ciertas conductas; en el caso de los pirotécnicos, opino que la solución óptima simplemente pasa por prohibir su venta y uso por particulares. Los espectáculos de fuegos artificiales deberían ser organizados por las municipalidades de cada ciudad en espacios abiertos como en las principales urbes del mundo. Todos disfrutaríamos el espectáculo y los riesgos estarían controlados.

Ojalá algún congresista lea esto y haga suyo el tema. Pero aunque no fuese el caso, si con estas reflexiones consigo que —al menos un papá— no le compre ‘cuetes’ a su hijo y evito un accidente este diciembre, me daré por bien servido.