EnriqueCastellanos
Financieramente Por Enrique Castellanos

De apariencia inofensiva, la economía informal ha sido definida como “la competencia más desleal entre los agentes económicos”. La informalidad no sólo menoscaba el crecimiento económico y productividad global de un país, sino que, sobre todo, afecta su bienestar social pues reduce los salarios, el acceso de la población a servicios básicos y la recaudación fiscal. A su vez, menores impuestos implican menor inversión pública en infraestructura y menores gastos sociales en áreas como salud y educación.

A pesar de algunos progresos en este siglo, el Perú sigue siendo una de las economías más informales de Latinoamérica. Según el Centro Nacional de Planeamiento Estratégico (CEPLAN), actualmente la economía informal alcanza al 73% del empleo y al 20% del PBI en el Perú.

Por un tiempo se pensó que vía la expansión del negocio bancario se podía, paulatinamente, ir formalizando la economía. Malas noticias. Según el último Reporte de Inclusión Financiera de la Superintendencia de Banca y Seguros (SBS), la bancarización sólo llega al 33% de la población y avanza muy lentamente. Los bancos atienden a los segmentos A y B, marginalmente al C, pero son casi inexistentes en los segmentos D y E.

No obstante, parte de la solución a la informalidad podría venir de frentes insospechados, pues si bien solo un tercio de los peruanos estamos bancarizados, cerca de un 95% tenemos un celular. En África y Asia, hay experiencias dónde los teléfonos móviles se han utilizado como billeteras o monederos electrónicos. Es decir, las personas usan su número de celular como una cuenta bancaria, allí tienen cargado el dinero que utilizan para sus transacciones monetarias.

Ir sustituyendo el dinero físico por un medio de pago electrónica sería un golpe importante a la economía informal. Este medio electrónico, a diferencia del cash, deja rastros tanto para las personas como para los comercios que lo utilizan. Esto último sería una gran ayuda para la fiscalización tributaria pues dimensionaría las ventas de las empresas y la capacidad adquisitiva de las familias. Aquí hay buenas y malas noticias. La buena: ya existen en el Perú billeteras electrónicas. La mala: muy pocos las usamos.

En 2016, Pagos Digitales Peruanos, un consorcio público-privado donde participan unas treinta instituciones con y sin fines de lucro —bancos, telefónicas, cajas y gremios— lanzaron BIM, una billetera electrónica que permite transferir dinero entre personas y negocios, usando el número celular como si fuera una cuenta bancaria. A diferencia de otras billeteras electrónicas (ej. Yape, del BCP), BIM no requiere de un celular de alta gama, Internet o una cuenta bancaria; sólo necesita su DNI y un celular básico para funcionar (www.mibim.pe).

Desafortunadamente, si bien ya está operativo y su uso se viene difundiendo, BIM no se ha consolidado aún como un medio de pago. Su principal problema es el llamado “cash in”. Es decir, cómo hacemos que el efectivo llegue o se haga el depósito inicial en esta billetera electrónica, cuando a nivel de cada individuo hay pocos incentivos para hacerlo. En este escenario, es el gobierno el llamado a acelerar y consolidar este proceso. El plan es simple: que los pagos del sector público a personas —sueldos, programas sociales y otros reembolsos— que hoy se realizan en efectivo sean hechos vía BIM. Complementariamente, el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) podría diseñar algún incentivo fiscal (ej. reducción del IGV) para promover que la gente use masivamente este medio.

Este “espaldarazo” del gobierno generaría un efecto sistémico (network effect). Es decir, si una buena parte de nosotros usa una billetera electrónica, habrá un natural incentivo para que todos los usemos. Además de facilitar la fiscalización, los pagos electrónicos reduciría los gastos del gobierno relacionados a la distribución de efectivo en zonas alejadas del país, combatiría la inseguridad ciudadana y promovería la bancarización en nuestra economía.

Adelanto que esta idea traerá muchos detractores y resistencia al cambio, especialmente de aquellas personas y negocios que se vean afectadas. Pero creo que ir moviéndonos del dinero físico al electrónico sería una excelente estrategia en la lucha contra la economía informal y nos favorecería a todos como sociedad. Ya tenemos la herramienta, sólo necesitamos liderazgo para sacarle el máximo provecho. El riesgo de que no funcione es mínimo, pero los beneficios podrían ser enormes.