EnriqueCastellanos
Financieramente Por Enrique Castellanos

Leo y miro a diario todos los reportajes sobre corrupción, inseguridad, accidentes de tránsito, violencia de género, informalidad y demás lacras sociales, y la conclusión parece ser siempre la misma: nos falta educación. Honestamente, no sé si la educación sea una panacea para una sociedad (después de todo el nazismo surgió en una de los naciones “más educadas” del planeta); pero aún así, creo que es la mejor apuesta a mediano plazo para hacer viable este país.

Sobre como ir cerrando la brecha educativa en el Perú, se han hecho hasta el hartazgo estudios, planes y estrategias, tanto privados como públicos. De hecho hay un amplio consenso que el problema de la educación debe atacarse en forma simultánea hasta en cuatro frentes. El primero se refiere a mejorar la infraestructura educativa. Actualmente, según cifras del Ministerio de Educación (Minedu) la mitad de los colegios no cuenta con agua y desagüe. Peor aún, según la misma fuente, ¡la mitad de todos los colegios públicos necesitan ser demolidos y reconstruidos! En segundo término, se necesita recuperar los salarios reales de los maestros de toda forma que se atraiga talento humano a esta profesión. A pesar de una cierta mejora en los últimos años, los salarios reales de los maestros son sólo la mitad de lo que eran en las décadas de los sesenta y setenta. Otro punto se refiere al entrenamiento permanente no solo de la plana docente sino también de los directores de colegios. Pues cifras aparte, es ampliamente reconocido que lo más importante en la educación es el factor humano. Un cuarto frente se refiere al apoyo administrativo y logístico que deben de tener lo profesores para “hacer una buena clase”, en un país donde la mayoría de docentes tiene que agenciarse por sus propios medios sus materiales y ayudas educativas.

Ahora bien, ¿qué está haciendo el gobierno como país para cerrar la brecha educativa? Desde el punto de vista del Ejecutivo, algo empezamos a hacer bien al comienzo de esta década pero perdimos el paso en los últimos años. Efectivamente, según cifras del Banco Mundial, el gasto en educación pública como porcentaje del PBI subió de manera importante del 2.7% en el 2011 al 4.0% en el 2015 (logro silencioso del gobierno humalista). Sin embargo, desde ese año a la actualidad no sólo dejamos de crecer, si no que la cifra se redujo a 3.7% en el 2018, un número muy magro y lejano comparado con nuestros vecinos: Brasil (6.3%), Argentina (5.6%) o Chile (5.4%) y, la estrella de la región, Costa Rica (7.4%). Las diarias broncas entre el Ejecutivo y el Legislativo nos pasan la factura a todos, pues consumen tiempo valiosísimo que debería usarse en ejecutar todos los planes y programas en educación antes mencionados.

Por el lado del Poder Legislativo, el panorama tampoco es alentador. En el sitio web del Congreso, revisé la tubería de proyectos de ley que han sido presentados en los últimos meses, esperando ilusamente— encontrar proyectos sustantivos y trascendentales. De esto último, muy poco. En cambio, hay literalmente decenas de iniciativas como la ley que prohíbe que los alumnos entren con celulares a clase, declarar de interés nacional el reconocimiento al primer colegio chino-peruano Diez de Octubre cómo colegio benemérito, obligar a tomar un test de orientación profesional a los alumnos de secundaria, declarar a la Universidad de San Marcos “Patrimonio Educativo de la Nación” y, para terminar, la iniciativa para que las niñas puedan ir con falda o pantalón al colegio.

Desafortunadamente, la educación es un proceso de muy largo plazo que no da réditos de corto plazo a nuestras autoridades. Si lo piensan bien, hay políticos para casi todas las causas: lucha contra la corrupción, los jubilados, la comunidad LGTB, el medio ambiente, entre otros pero, cómo los niños y adolescentes no votan, parece que nos olvidamos de ellos.

Solo espero que en las próximas elecciones sepamos escoger un poco mejor a nuestros representantes. Hacer bien nuestra tarea e investigar bien a nuestros candidatos, no solo en cuanto a sus planes de gobierno, sino sobre todo en lo referente a su pasado e integridad personal. La experiencia venezolana es un vívido testimonio de cómo un país —con todo a su alcance— puede fracasar dramáticamente. El Perú no está inmune a esta posibilidad.