EnriqueCastellanos
Financieramente Por Enrique Castellanos

Financieramente hablando, para muy poco. Los beneficios económicos directos que generan los US$1,500 millones que se han desembolsado en gastos e infraestructura para los Juegos Panamericanos 2019 se dan a cuenta gotas: turismo incremental, mejoras en infraestructura vial, más viviendas, etc. Una hoja de Excel nos diría que hacer el evento tiene la misma rentabilidad de –a nivel personal– gastar en celebrarle los 15 años de nuestra hija o tomar un crucero por el Caribe con toda la familia. Sin embargo, no solo de pan vive el hombre …

Desde 1993 al 2013 el Perú experimentó lo que muchos llamaron un milagro económico. De un país al borde la guerra civil, nos convertimos en la economía que más crecía en la región con indiscutibles progresos en sus indicadores sociales y macroeconómicos. Desafortunadamente, en los últimos cinco años hemos perdido viada y dirección. Pareciera que somos incapaces de implementar las reformas necesarias que nos lleven a dar el segundo gran salto: pasar de país emergente a país miembro de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). Nuestro país no consigue librarse de sus tradicionales males: gobernantes ineptos, una economía informal rampante, un déficit clamoroso de infraestructura, poder judicial corrupto, policía inoperativa, etc. etc.

Y es que el Perú, como concepto nación, enfrenta enormes retos. Empezando con nuestra fundación como República –la sustitución de los criollos en lugar de los peninsulares en el poder, sin incorporar a la gran mayoría mestiza e indígena– y pasando por nuestra agreste geografía que fractura y aísla a nuestros pueblos. Poco en común tiene un compatriota de una caleta de pescadores de la costa norte, de una comunidad altoandina o de un pueblo de la selva baja con uno de la llamada “Lima moderna”. Quizás solo nos unen Paolo Guerrero, el ceviche, los mismos días feriados y paramos de contar.

Con esta realidad es muy difícil crear las condiciones necesarias para hacer los cambios de segunda generación que necesitamos. Elevar los niveles de civismo, solidaridad y respeto hacia la comunidad es casi imposible en un país con tantas diferencias culturales, económicas, raciales, etc.

Necesitamos historias. Necesitamos más Graus, más Bolognesis, más Quiñones. Historias de peruanidad que nos digan que existen valores superiores por las cuales vale la pena luchar. Y quizás aquí los Juegos Panamericanos sirvan para algo. Para darnos héroes del siglo XXI: personas comunes con grandes logros que sacrifican horas y días de su vida sin mayor afán económico, solo por la gloria de competir y ganar una medalla. Para darnos historias de éxito que nos acerquen y hagan un poco menores nuestras grandes diferencias.

De esta manera, quizás sea un poco menos difícil destrabar proyectos como Conga, Las Bambas y ahora el mentado Tía María. Quizás el Congreso, el Ejecutivo y los gobiernos regionales puedan pelear menos y coordinar más. Quizás la Policía y el Poder Judicial sean un poco menos corruptas. Quizás, si nos sentimos un poquito más peruanos, habrá menos accidentes de tránsito, más donantes de órganos, menos evasión tributaria, menos corrupción y más respeto por todos nuestros compatriotas.

Si bien siempre estuve en contra de hacer los Panamericanos, confieso haberme emocionado viendo ganar al equipo peruano de karate kata (deporte que desconocía y aún no le encuentro sentido), viendo llegar con la bandera peruana a nuestros maratonistas Gladys Tejeda y Christian Pacheco y, en general, la celebración de todos nuestros medallistas.

Ser el anfitrión de los Juegos Panamericanos 2019, en un mar de necesidades sociales, ha sido una decisión –por decir lo menos– audaz. Pero ya está hecho y ahora hay que sacarle el máximo provecho. Y esto último no solo pasa por usar los complejos deportivos recién construidos de forma eficiente, sino principalmente por capitalizar esta transfusión de peruanidad que nos han dado. Solo el tiempo dirá si, a través del deporte, pudimos darle un golpe de timón al país, reducir nuestras grandes diferencias y remar juntos por un proyecto en común. Vísperas al bicentenario es lo mínimo a lo que podemos aspirar.