DiegoBeleván
Hacia Asia Por Diego Beleván

“La anticipación de una calamidad nunca es lo mismo que la propia calamidad”
Editorial del New York Times del 24 de junio.

El mundo acaba de ingresar a una etapa de inestabilidad, cuyas consecuencias son aún demasiado complejas como para ser descifradas; los múltiples escenarios van de los más benignos hasta los realmente preocupantes.

Los políticos o comentaristas que afirmen lo contrario se engañan a sí mismos o quieren hacerlo con el resto. Nadie sabe lo que va a pasar. Eso es lo que causa pánico y desorientación; salvo para los demagogos como Nigel Farage y los que se benefician con la inestabilidad. Ellos sabrán aprovechar la situación.

Como señaló el New York Times en su editorial del 24 de junio, “los votantes del Reino Unido concluyeron que el peligro desconocido era mejor que quedarse con un presente (conocido) sobre el cual sentían haber perdido el control. Fue un grito de rabia y frustración de más de la mitad del país en contra… de las fuerzas globales en un mundo que a su juicio está exprimiéndolos”. O como escribió Roger Cohen en la misma edición del diario neoyorquino, “52% por ciento de los británicos (en realidad fue el 52% de los 70% que fueron a votar) prefirieron mayor desempleo, una moneda más débil, una posible recesión, turbulencia política, la pérdida de acceso a un mercado con más de 500 millones de habitantes, un divorcio complicado que podría durar hasta dos años, la subsecuente larga negociación para establecer una nueva relación entre el Reino Unido y Europa, y la ardua tarea de redactar nuevas leyes y tratados”.

¿Por qué?

El principal error de la campaña por quedarse dentro de la Unión Europea fue utilizar argumentos netamente económicos para justificar la estadía del Reino Unido en el interior de una construcción política. Apelaron a la razón, la lógica, al sentido común. Perdieron.

Los partidarios de Nigel Farage, líder del partido protofascista británico, y Boris Johnson, exalcalde de Londres y enemigo político del primer ministro David Cameron en el interior del Partido Conservador, explicaron las razones políticas y sociales por las cuales según ellos era necesario salirse de la UE. Entendieron que las personas votan con el corazón, y no con la cabeza. Apelaron a los sentimientos, las pasiones, los miedos. Ganaron por un margen relativamente holgado de 4%.

La lección más importante que saco de este fracaso es que, a pesar de las afirmaciones pomposas de muchos supuestos especialistas pos-Guerra Fría, la política no está muerta; de hecho nunca lo estuvo. Los defensores de la globalización han olvidado está valiosa lección; sus argumentos económicamente racionales carecen de sustento emocional. Muchos comentaristas que tratan de explicar los efectos del voto británico siguen cometiendo ese mismo error.

La mayoría de las personas no se casan, tienen hijos o compran una vivienda porque es económicamente racional; de hecho, en la mayoría de los casos, no lo es. Tampoco constituyen Estados después de hacer un análisis de costo/beneficio económico. Es algo mucho más profundo y menos cerebral. El proceso de construcción de la Nación consiste en crear una identidad común, de una visión compartida.

Lee Kuan Yew lo hizo en Singapur, Corea y Vietnam lo hicieron históricamente por oposición a la China Imperial y Japón construyó una mística alrededor del Emperador como ser divino que encarnaba los valores y las características de sus súbditos. No son cálculos económicos, son sentimientos viscerales.

Singapur es uno de los milagros económicos del siglo XX. Todos los indicadores lo ubican entre las naciones más ricas del planeta. Sin embargo, en las elecciones del 2011, el partido en el poder (PAP) sufrió su peor resultado electoral desde la fundación de la República de Singapur.

La reacción del primer ministro, Lee Hsien Loong, fue política. Lanzó los “conversatorios nacionales” a fin de identificar las razones por las cuales sus compatriotas, a pesar de ser económicamente exitosos, estaban insatisfechos. Como lo señalé en un artículo anterior, el objetivo fue entender los problemas antes de que estallen; evitar (ex ante) y no solucionar (post facto). Esta aproximación es aplicada a todas las actividades políticas, sociales y económicas de este pequeño país.

Esto sucede porque el modelo político singapurense parte de una premisa diametralmente opuesta a la de las democracias occidentales. En éste la ciudadanía otorga sobre todo obligaciones y no derechos. Su relevancia se basa en la existencia de una comunidad de ciudadanos que participan de manera colectivamente responsable. En ese sentido, los objetivos de la colectividad tienen prioridad sobre los derechos de los individuos; y los ciudadanos activos son aquellas personas que reconocen como suyos los objetivos comunitarios.

El individuo sólo tiene realmente relevancia si conoce su lugar dentro de su familia, su comunidad, su pueblo, su ciudad y su nación. Esta última debe ser vista como una construcción social, y no como representativa de alguna realidad primordial, con derechos individuales universales e inamovibles.

Por lo tanto, la nación es consecuencia de una negociación prolongada y continua entre sus líderes políticos y una población que es educada paulatinamente en los conceptos de legitimidad y ciudadanía. La interacción entre la clase política y la ciudadanía tampoco es unilateral, ya que la última siempre es capaz de cometer errores con graves consecuencias para la nación. El líder político debe ser un guía austero, distante e intachable.

Entender Asia es aceptar que la visión individualista, basada en los derechos más que en las obligaciones, es una construcción occidental. Los países del Asia, incluidos los más modernos, como Singapur y Japón, enfatizan las obligaciones de cada individuo. Éste a su vez es sólo parte de un engranaje más importante, la sociedad.

El brexit es el resultado de una confianza ciega en la capacidad de los individuos de tomar decisiones adecuadas sin la dirección apropiada de sus líderes políticos. Estos últimos son responsables de salvaguardar el bienestar de sus ciudadanos; a veces a pesar de ellos mismos.

Como dijo Henry Ford, “si hubiese preguntado a las personas lo que querían, habrían respondido que deseaban caballos más rápidos”.

El principal indicador de que ésta fue probablemente una mala decisión es que Donald Trump se congratuló del resultado. Esperemos ver si dentro de cinco meses no vivimos otra calamidad anunciada.