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Hacia Asia Por Diego Beleván

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‘Empezar por el final’ posiblemente sea el concepto más innovador y relevante de la CADE 2016, el evento anual que congrega a algunos de los más importantes líderes políticos y empresariales del país. Sintetiza en cuatro palabras el principal problema del Perú y los países en desarrollo: la incapacidad de planificar.

Este proceso invertido ha sido utilizado por una variedad de personajes exitosos a través de la historia, la geografía y múltiples actividades humanas. Por ejemplo en el ámbito deportivo, Andreas Kluth afirma en su obra del 2011, Hannibal and Me: What History’s Greatest Military Strategist Can Teach Us About Success and Failure, que una de las principales razones del dominio de Tiger Woods es que a diferencia de los demás golfistas juega cada hoyo “al revés”. Comienza por definir el objetivo (el hoyo), planifica la manera cómo jugará cada hoyo (selección de golpes y palos a utilizar) y elabora una estrategia acorde para iniciar (tee off).

¿Por qué la analogía con el golf? Porque es válida para cualquier actividad. Es difícil avanzar eficientemente si no tenemos claro donde estamos yendo.

Este simple axioma fue aplicado por Lee Kuan Yew para lograr una de las transformaciones económicas más impresionantes del siglo XX y sigue siendo el componente esencial del manejo político, económico y social en Singapur.

La planificación de Lee contenía, asimismo, metas que muchas veces era consideradas inalcanzables, de una manera similar a lo que Bloomberg Technology define como la “Doctrina Musk” (de Elon Musk, cofundador de PayPal y fundador de Tesla y SpaceX), a fin de motivar a las personas a esforzarse al máximo.

Como lo mencionó Carlos Rodríguez Pastor en la CADE, para conseguir alcanzar el desarrollo, un país requiere una economía basada en ideas e innovación, lo que a su vez sólo es posible con capital humano adecuadamente preparado.

‘Empezar por el final’ significa definir de manera concreta el país que queremos al 2041, con metas intermedias por quinquenios, en temas políticos, económicos y sociales. Como lo he señalado anteriormente, crecimiento económico no es sinónimo de desarrollo; el aumento del PBI, inflación estable y cuentas externas sanas no significan nada si no se traducen en un incremento del bienestar de los ciudadanos. El coeficiente de Gini, así como los múltiples estudios sobre desarrollo sostenible, deben complementar el análisis de los líderes políticos y económicos de un país. Un ejemplo de contribución del sector privado es el informe preparado por Boston Consulting Group (BCG), “Why Well-Being Should Drive Growth Strategies – The 2015 Sustainable Economic Development Assessment”.

Debemos entonces establecer indicadores clave de rendimiento (Key Performance Indicators) ambiciosos al 2041, 2036, 2031, 2026 y 2021, con capacidad de adaptación a los constantes cambios del sistema internacional político, económico y tecnológico, y del entorno interno. Estos indicadores deben ser nacionales, regionales y locales pero articulados entre sí, puesto que la simbiosis existente entre todos los componentes nacionales hace que cualquier variación en una de las partes del modelo afecte a las demás zonas geográficas y poblaciones del país.

Esta tarea sólo será posible si trazamos una hoja de ruta al bicentenario de la independencia, que podría recoger información y opiniones en charlas temáticas co-organizadas por el gobierno, los líderes empresariales, las universidades y la sociedad civil. Estas “charlas del bicentenario” servirían de base para la elaboración, debate y aprobación del Plan al 2041, con ocasión de nuestro ducentésimo aniversario. Un ejemplo que podríamos seguir son los “conversatorios/diálogos nacionales” implementados por Singapur a partir del 2011, a fin de abordar temas relacionados con la evolución futura del país, con miras a entender de manera directa las preocupaciones reales de los ciudadanos.

El formato de estos diálogos, con contenido más político y social, debería ser complementado, por ejemplo, con lo propuesto por BCG como “Principios para elaborar una estrategia eficaz de desarrollo económico”: 1) Objetivos específicos claros; 2) Seguir la jerarquía de intervenciones de desarrollo económico; 3) Pensar más allá de las fuentes tangibles de ventaja; 4) Conseguir el desarrollo económico en equipo; 5) Construir una estrategia ejecutable.

Dos informes recientes que pueden servir como punto de partida para identificar claramente los puntos débiles en el Perú son el Informe sobre competitividad 2016/2017 del WEF y el Informe 2017 sobre espíritu empresarial del GEDI.

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Informe 2017 sobre espíritu empresarial. GEDI

Ambos validan que el Perú ha crecido pero no se ha desarrollado. Por ejemplo, a pesar de nuestra posición intermedia en la tabla del WEF (67 de 138), existen varios indicadores importantes donde nos ubicamos después del puesto 100 (regulación gubernamental, crimen organizado, calidad de la infraestructura, rigidez laboral, tiempo que toma establecer un negocio, etc.). En el caso del informe del GEDI, el Perú también se encuentra a media tabla (67 de 137); un dato interesante es que la sección correspondiente a nuestro país señala que podríamos añadir 82 mil millones de dólares a la economía mejorando las condiciones para el emprendimiento en apenas 10%.

En otras partes de su discurso Rodríguez Pastor se refiere a las ideas, la innovación y el capital humano necesario. Traería aquí a colación lo señalado en “La educación piedra angular del desarrollo asiático“, donde mencioné que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha identificado un bajo nivel educativo como uno de los dos principales aspectos que dificultan el desarrollo de un país; el otro es la infraestructura, tema en el cual el Perú también tiene serias carencias.

En esa oportunidad, recordé que la OCDE publicó en el 2015 uno de los estudios más exhaustivos sobre niveles educativos, en el que subraya la correlación indiscutible entre habilidades cognitivas y el desarrollo económico. Cinco países asiáticos —Singapur, Hong Kong, Corea del Sur, Japón y Taiwán— se ubicaron en los primeros lugares. Son coincidentemente algunas de las economías más desarrolladas y prósperas del orbe. Mientras tanto, aquí debaten la “ideología de género” (sic) cuando se refieren a la currícula escolar y pocos hacen referencia a los resultados de las pruebas PISA de la OCDE y la vergonzosa ubicación de los estudiantes peruanos.

Empecemos entonces por el final y limitemos nuestras discusiones nacionales a establecer objetivos ambiciosos para el 2041 y definir las etapas necesarias para cumplir el sueño del desarrollo socio-económico, comenzando por organizar las “charlas del bicentenario”.