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Hacia Asia Por Diego Beleván

El próximo 25 de diciembre, el convenio constitutivo (Articles of Agreement) del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (Asian Infrastructure Development BankAIIB) celebrará su primer aniversario. El 14 de septiembre pasado, en el marco de su primera visita oficial como jefe de Estado, el presidente Pedro Pablo Kuczynski (PPK) señaló que el Perú solicitaría su ingreso a ese banco. Han pasado más de tres meses y nadie, gobierno o medios de comunicación, ha vuelto a mencionar el tema.

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Mapa de Asia central.

Según su propia página web, el AIIB “es un banco multilateral de desarrollo… (y como) institución moderna basada en el conocimiento, se centrará en el desarrollo de la infraestructura y otros sectores productivos en Asia, incluidos energía, transporte y telecomunicaciones, infraestructura rural y desarrollo agrícola, suministro de agua y saneamiento, protección del medio ambiente, desarrollo urbano, logística, entre otros. El AIIB complementará y cooperará con los bancos multilaterales de desarrollo existentes para abordar conjuntamente las enormes necesidades de infraestructura en Asia”.

Teniendo en cuenta que Asia ha sido identificada como el continente con el mayor potencial de crecimiento para las próximas décadas, es irónico que ninguno de los miembros de la Alianza del Pacífico, o siquiera de las Américas, participe en esta iniciativa china. Como lo señalé en un artículo anterior, el objetivo de este banco es coadyuvar al establecimiento de las “nuevas rutas de la seda”, terrestre y marítima, que la República Popular China busca establecer por motivos geopolíticos y geoeconómicos. Algunos autores se refieren a la nueva ruta de la seda como la noticia más importante a la que nadie presta atención (the biggest news nobody has heard of).

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Aunado a la probable aprobación e implementación en los próximos años de la Asociación Económica Integral Regional (Regional Comprehensive Economic Partnership), se puede afirmar que China está modificando paulatinamente el ordenamiento político y económico del Asia-Pacífico. Esta constatación parece no sólo no haber calado en el imaginario nacional, sino que muy pocos analistas parecen ser conscientes de las consecuencias que la apertura de esas rutas tendrá en la economía peruana y regional. En junio del 2015, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) publicó un estudio titulado ¨La nueva ruta de la seda: Patrones emergentes en el comercio de energía y minerales entre Asia y América Latina”. Al analizar las tendencias futuras, no hay referencia a las consecuencias que tendría para América Latina la apertura de este corredor interno en el continente asiático y los objetivos estratégicos de China en promover y financiar la construcción de ese proyecto.

Sin embargo, bastaría revisar el “Atlas de los recursos naturales de Asia central”, publicado por el Banco de Desarrollo Asiático (Asian Development Bank), para darse cuenta de los enormes recursos naturales (minerales, agrícolas y forestales) de los cinco países que conforman esa región, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán. El trazado de la ruta de la seda terrestre pasa por el centro de Asia central, lo que permitirá incrementar sustancialmente el ingreso de capitales para desarrollar las industrias minera, agrícola y forestal de esos países.

Teniendo en cuenta las numerosas rutas de ferrocarril planificadas por China que cruzarán la región y la unirán eventualmente con Europa, se supone que los costos de transporte de esas mercancías en dirección a los mercados asiáticos y europeos serán inferiores a los precios de las mismas materias primas provenientes de América Latina, incluido el Perú.

El capítulo dedicado a los recursos minerales en el referido atlas lleva apropiadamente el subtítulo de “Paraíso de los geólogos” (Geologists’ Paradise). “Con minerales de la A a la Z, Asia central es rica en variedad, número y tamaño de yacimientos minerales. Arsénico, bauxita, boro, bismuto, cobre, cromo, hierro, plomo, manganeso, mercurio, sal, plata, titanio, tungsteno, uranio y zinc son sólo algunos de los minerales encontrados en cantidades significativas. Los países de la región contienen asimismo algunas de las mayores reservas mundiales de cromo, oro, uranio, entre otros”.

Al estar dirigidos por gobiernos de corte autoritario con los que China puede mantener un diálogo más fluido, estos países están en capacidad de “solucionar” de manera expedita cualquier conflicto social que pueda surgir de la explotación de los recursos mineros, agrícolas o forestales; a diferencia de la capacidad de los movimientos sociales peruanos para paralizar proyectos de envergadura como Conga. Sus minerales serán así más atractivos que los peruanos, no sólo por precio sino también por comodidad, además de su ubicación geopolítica invalorable para la RPC.

Debido a su extensión geográfica y riqueza hídrica, Asia central puede asimismo transformarse en uno de los principales proveedores de alimentos de China con la ayuda del AIIB y otros bancos de desarrollo. La situación actual de sobreexplotación, y consecuente degradación del suelo, puede ser revertida a través de políticas apropiadas y aportes masivos de capital para la modernización del aparato productivo.

El acceso exclusivo a este “granero” en su patio trasero permitirá a China consolidar su estatuto de superpotencia, y eliminar una de sus principales debilidades frente a Estados Unidos, que cuenta con una provisión de alimentos adecuada y de fácil acceso. Al igual que los minerales, los productos agrícolas de Asia central competirán directamente con la naciente agroindustria peruana, en precio y accesibilidad.

La apertura del hinterland asiático, más allá de los existentes oleoductos, dará a China la necesaria profundidad estratégica para extender su dominio en el continente más poblado y rico del planeta. En términos económicos, la paulatina integración y desarrollo de Asia central, con el apoyo de China a través del AIIB y RCEP, significará una creciente competencia para los productos de exportación tradicionales del Perú.

Dicen que guerra anunciada no mata gente. Está por verse si nuestras autoridades y empresarios serán capaces de encontrar soluciones innovadoras a este desafío.