DiegoBeleván
Hacia Asia Por Diego Beleván

Es muy probable que este sea el mapa que predomine en el 2050, en el que las dos grandes potencias (China y los Estados Unidos) y el Océano Pacífico figuren como los principales ejes de la actividad económica mundial.

La mayoría de las fuerzas que moldean la economía global son estudiadas constantemente por los analistas de toda índole; por ejemplo, los precios de los productos básicos, los flujos comerciales internacionales o la rápida automatización de los procesos productivos. Sin embargo, pocas veces se realiza una evaluación profunda de uno de los principales transformadores de la economía global, la inversión extranjera directa (IED), particularmente la de las empresas chinas. Lo que tradicionalmente ha llamado la atención de la mayoría de medios y expertos es la capacidad de la República Popular China (RPC) para atraer IED.

A pesar que muchas adquisiciones internacionales importantes por parte de empresas chinas generaron noticia y llegaron a los titulares de los medios internacionales, tanto generales como especializados, la tendencia es que no se analice con mayor detenimiento el impacto de largo plazo que éstas tendrán en la economía global. El crecimiento impresionante de la IED china en los últimos 10 años, así como las nuevas políticas gubernamentales sobre el tipo y sectores “priorizados” para las inversiones de las empresas chinas reconfigurarán la economía mundial en los próximos 30 años. La crisis financiera internacional del 2008 fue el inicio de una expansión dramática de dicha inversión. En el 2007, la IED china (incluyendo Hong Kong) representaba alrededor de 4% de los flujos totales; en el 2016 representa 17% del total y abarca todos los continentes.

La caída del 2017 no es más que un bache y se debe principalmente a la imposición de nuevas regulaciones gubernamentales para controlar los flujos de capital y el establecimiento de pautas para los tipos de inversión “prioritarios”. Aún así, las empresas chinas poseen cerca del 11% de todos los activos de IED a nivel mundial, siendo únicamente superadas por las de los Estados Unidos. A medida que las empresas chinas se adapten a las nuevas reglas y reenfoquen sus inversiones en los sectores “priorizados”, es probable que la IED china vuelva a acelerarse en el 2018.

La reorganización de la cadena de valor global, que representa aproximadamente dos tercios de todo el comercio mundial, es una de las maneras más significativas en que los nuevos patrones de inversión china modificarán la economía global. El ejemplo más destacado es la Iniciativa OBOR, que tiene como objetivo construir una enorme red de infraestructura que eventualmente conecte Asia, el Medio Oriente, Europa y África. Las empresas chinas serán el principal vehículo a través del cual el gobierno de Xi Jinping ejecutará este emprendimiento geopolítico. Otro ejemplo, es la predilección de algunas empresas chinas por invertir en activos de recursos naturales en mercados de mayor riesgo (frontier markets). Ambas opciones figuran en la lista de IED “prioritarios”, lo que hará que en el 2018 aumente el interés por invertir en dichos activos.

La Iniciativa OBOR también podría ser el catalizador necesario para impulsar la internacionalización del RMB, después de años de relativa anemia. Los miles de millones de dólares destinados a inversiones para implementar dicha iniciativa, en países que además ya cuentan con un importante flujo comercial con la RPC, podrían estimular un mayor número de transacciones denominadas en RMB. Una mayor interdependencia económica con China, vía OBOR, también permitiría incrementar el número de acuerdos de swap bilaterales con bancos centrales extranjeros. Hasta junio del 2017, el Banco Popular de China había suscrito acuerdos con más de 30 países, por un valor total de US$ 490 mil millones. La revista Bloomberg la calificó de diplomacia monetaria.

El incremento en el tamaño relativo, el poder y la competitividad de las empresas chinas es otra de las formas en las que la IED china transformará la economía global. En el 2007, sólo 30 empresas chinas figuraban en la lista “Global 500” de la revista Forbes; en el 2017 eran 115. Los mercados extranjeros no sólo proporcionan oportunidades de crecimiento sino permiten mejorar la eficiencia y la capacidad de innovación de dichas empresas debido a la mayor exposición a la competencia, así como a las transferencias de conocimientos y tecnología.

De hecho, esas transferencias son uno de los objetivos clave para Beijing al momento de incentivar cierto tipo de IED; razón por la cual los sectores de alta tecnología,  infraestructura crítica y recursos naturales están en la lista de inversiones “prioritarias”. Pero si bien esas adquisiciones incrementarán la competitividad de China y le permitirán mejorar su posición relativa en la cadena de valor global, también tienen la capacidad de intensificar la tensión con gobiernos extranjeros.

Estas crecientes tensiones geopolíticas en torno a los sectores estratégicos son justamente una forma adicional en que los patrones de IED china afectarán a la economía mundial. La Comisión Europea está analizando mejoras a su sistema de evaluación de inversiones, particularmente en sectores estratégicos. En los Estados Unidos, ambos partidos están a favor de ampliar los criterios para la evaluación de los acuerdos de IED del Comité de Inversión Extranjera en los Estados Unidos (CFIUS). En ese sentido, el paulatino incremento de la IED china podría incrementar las tensiones geopolíticas entre las tres economías más grandes del mundo.

En el 2011 la revista The Economist publicó un artículo particularmente premonitorio, “Rise of the Redback”, en el que realizaba un breve análisis de la creciente internacionalización del Renminbi (RMB) y los efectos que tendría para la economía mundial. En el 2017, podemos identificar cuatro razones principales para que Beijing busque internacionalizar su moneda. En primer lugar, una mayor circulación y uso del RMB mitigaría la exposición de China a los riesgos cambiarios macroeconómicos de largo plazo. Por otro lado, facilitaría las actividades comerciales de sus empresas nacionales, el principal motor del reciente crecimiento chino. En tercer lugar, le permitiría impulsar ciertas reformas internas y finalmente, incrementaría su prestigio e influencia al contar con una moneda realmente global.

La inclusión, el 14 de junio del 2017, en el Índice de Mercados Emergentes de Morgan Stanley Capital International (MSCI), la firma líder mundial de índices bursátiles, de ciertas acciones de clase A de empresas de China continental cotizadas en yuanes es un paso significativo para esa internacionalización. Principalmente porque en agosto del 2016, Morgan Stanley había rechazado dicha inclusión debido a  ciertos mecanismos de control de capitales vigentes en la RPC, los que podían disuadir a muchos potenciales inversionistas; señalado particularmente las restricciones de acceso al mercado, así como a las salidas de capital a través de los límites impuestos a la repatriación de fondos.

La decisión del MSCI en el 2016 se basó en diversos aspectos relacionados con la liberalización de la cuenta de capital, los costos y beneficios asociados a dicha liberalización, así como la necesidad de realizar la internacionalización del RMB. Cabe recordar que sólo en 1993 es que la RPC permitió por primera vez la convertibilidad de la cuenta de capital; autorizando la conversión de RMB para fines de inversión. La crisis financiera del 2008 precipitó las metas de largo plazo de las autoridades chinas, al verse obligadas a adelantar su calendario de internacionalización a fin de contrarrestar los defectos de un orden monetario dominado por el dólar.

De acuerdo a los principales expertos sobre la materia, actualmente existen dos canales principales para que los inversionistas extranjeros puedan acceder al mercado de capitales chino “on-shore”. Uno de ellos es el Programa de inversionistas institucionales calificados en Renminbi (RQFII), a través del cual los inversionistas extranjeros pueden invertir en el mercado de valores chino a través de fondos denominados en RMB que cotizan en Hong Kong, Londres, Frankfurt y otros mercados offshore. Sin embargo, la RPC mantiene un control estricto sobre este mecanismo a través de la asignación de cuotas. El otro canal es el Hong Kong-Shanghai Stock Connect, que permite a inversionistas institucionales y minoristas extranjeros en Hong Kong comerciar acciones seleccionadas de clase A en la Bolsa de Shanghai. Este mecanismo también se rige por cuotas, tanto diarias como totales.

Hasta ahora, la RPC ha podido apuntalar las transacciones offshore de RMB a través de la liquidez que emana de los bancos de compensación y liquidación (por ejemplo, el China Construction Bank en Londres o el Bank of China en Frankfurt), así como los ya mencionados acuerdos de swap bilaterales con bancos centrales extranjeros. Por otro lado, algunos bancos (China Development Bank por ejemplo) y ciertas empresas (McDonald, una de ellas) han sabido aprovechar las tasas de interés generalmente más bajas disponibles en el mercado “offshore” para la emisión de bonos denominados en yuanes.

El principal problema de estos mercados de bonos offshore es su inmadurez; principalmente la falta de liquidez y de transparencia, puesto que muchos de los bonos emitidos no han sido calificados. Adicionalmente, la mayoría de bonos extraterritoriales chinos se emiten a través de vehículos con fines especiales (Special Purpose Vehicles), domiciliados en paraísos fiscales, dificultando aún más el acceso de los inversionistas a medidas eficaces para el resarcimiento de impagos. En respuesta, ciertas empresas chinas han adoptado estructuras de tipo “keepwell” – un contrato entre la empresa matriz y las subsidiarias para mantener el respaldo financiero y la solvencia – a fin de incrementar la confianza de los inversionistas offshore. Sin embargo, como advirtió la agencia calificadora Moody’s, “las escrituras Keepwell no son garantías y están sujetas a una incertidumbre legal y regulatoria mucho mayor que las garantías”. Fomentar la existencia de un conjunto amplio y líquido de activos denominados en RMB, ya sea onshore u offshore, es crucial para la internacionalización de la moneda china.

El crecimiento sostenido sin precedentes de la economía china y su impacto en el panorama económico mundial es uno de los cambios paradigmáticos más relevantes de las últimas tres décadas; la economía china creció a un ritmo promedio de 10% anual entre 1978 y 2007. Incluso después de la crisis económica global del 2008, logró alcanzar una tasa de crecimiento de 10,6% en el 2010. Sin embargo, desde ese año el crecimiento real del PIB se ha desacelerado en cada uno de los últimos seis años, pasando al 6,7% en 2016 y previéndose que disminuya al 5,7% para el 2022.

El objetivo declarado del gobierno chino es lograr la aceptación de su población y los mercados internacionales de tasas de crecimiento económico más bajas como “normal”; a cambio de mayor estabilidad y sostenibilidad. La capacidad de las autoridades chinas para mantener una crecimiento sostenido de la economía a largo plazo dependerá en gran medida del talento y aptitud del gobierno para implementar reformas económicas  integrales, reequilibrar la economía china haciendo que la demanda interna sea el principal motor de crecimiento económico, impulsar la productividad y la innovación, abordar las crecientes disparidades de ingresos, así como mejorar la protección del medio ambiente y por ende la calidad de vida de su población.