DiegoBeleván
Hacia Asia Por Diego Beleván

En el primero de dos artículos, analizaremos el resultado del encuentro, así como algunos escenarios y sus implicancias para los países involucrados.

Como era previsible, la cumbre entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente de la República Popular Democrática de Corea, Kim Jong Un, fue más pompa que sustancia; convocada y celebrada apresuradamente, hubo poco tiempo para negociar y elaborar algo más que una declaración simbólica. Los compromisos asumidos por Pyongyang son incluso menores a las promesas realizadas en el marco de las conversaciones con los gobiernos de Bill Clinton y George W. Bush en 1993-1994 y 2005, respectivamente. Ninguno de los dos participantes mostró estar dispuesto a realizar concesiones significativas en sus líneas rojas y es difícil imaginar que Estados Unidos tenga suficiente influencia y capacidad coercitiva para obligar a Corea del Norte a aceptar un acuerdo que implique el desarme completo, verificable e irreversible en el corto plazo.

Corea del Norte tiene una capacidad nuclear regional que Estados Unidos, pese a tener una capacidad militar masiva global, no es capaz de destruir. Si Corea del Norte actúa agresivamente, fuerza una respuesta de Estados Unidos. Si Estados Unidos actúa agresivamente, fuerza una respuesta de Corea del Norte. El statu quo parecería ser el mejor resultado posible para ambos.

Kim Jong Un y sus antecesores han destinado importantes recursos a su programa de armas nucleares y los correspondientes sistemas vectores, deteniéndose aparentemente antes de probar con éxito un misil balístico (ICBM) capaz de alcanzar el territorio continental de los Estados Unidos; la línea roja de Washington aún no ha sido cruzada. Si consideramos que la guerra era probablemente la única opción posible para Estados Unidos y que habría sido costosa y posiblemente imposible de ganar, el acuerdo de Singapur es relativamente satisfactorio; al congelar el estancamiento que se vive en la península coreana desde los años 50, sin modificar drásticamente los cálculos geopolíticos de ambos.

Según el comunicado emitido posteriormente, el objetivo es la desnuclearización de la península de Corea; propósito loable pero similar a lo que se ha buscado en los últimos treinta años. Lo primero que es necesario entender es que las armas nucleares de Corea del Norte se encuentran en la península coreana mientras que las armas nucleares de Estados Unidos en su territorio, en aviones que surcan los cielos del Pacífico y submarinos que navegan por los mares del globo. Negociar la retirada de un arma nuclear de una base estadounidense en Corea del Sur o incluso Japón no mejoraría sustancialmente la seguridad de Corea del Norte.

En segundo lugar, Corea del Norte no ha desarrollado sofisticados programas nucleares y balísticos, a expensas de su desarrollo económico, para simplemente regatearlos por una promesa estadounidense de no utilizar armas nucleares en un eventual conflicto. No cuenta con las herramientas ni mecanismos necesario para hacer cumplir dicho compromiso, a diferencia de Estados Unidos, que no van a renunciar a su fuerza nuclear y pueden hacer cumplir eventuales obligaciones norcoreanas sobre desarme mediante inspecciones. La única manera que tiene Pyongyang para demostrar su voluntad de avanzar hacia la desnuclearización es permitiendo algo muy similar a lo que aceptó Irán en el 2015: eliminando parte de su arsenal de material fisible y otorgando acceso prácticamente irrestricto a los inspectores internacionales; opción altamente improbable bajo las circunstancias actuales.

Antes de la cumbre, y a fin de evitar asumir una posición política insostenible, la Casa Blanca comenzó a reducir las expectativas para las conversaciones, señalando que esta cumbre era simplemente el primer paso en un largo proceso de desnuclearización de la península. Durante la conferencia de prensa, Trump anunció la suspensión de los ejercicios militares conjuntos anuales con Corea del Sur, como un primer gesto de buena voluntad. Las autoridades estadounidenses añadieron posteriormente que se reanudarían si Corea del Norte viola sus compromisos, sin especificar a qué obligaciones se estarían refiriendo.

En ese sentido, y sin alteraciones significativas en alguna de las dos variables más relevantes— la intención de Corea del Norte de entregar sus armas nucleares y la de Estados Unidos para tomarlas por la fuerza—, el centro de gravedad cambiará a objetivos secundarios. El proceso diplomático se centrará en atender las necesidades políticas respectivas, gestionar el comportamiento de Corea del Norte como potencia nuclear y competir por la influencia regional. En este contexto, el camino de menor resistencia para ambas partes es aceptar un congelamiento indefinido del statu quo actual.

Esta es exactamente la solución que la República Popular China (RPC) ha pregonado durante años, puesto que evita un conflicto que no sólo desestabilizaría su frontera nororiental, sino que llevaría a tener tropas estadounidenses cerca al río Yalu. Es igualmente importante señalar que uno de sus principales objetivos de largo plazo es desestabilizar la alianza entre Estados Unidos, Japón y Corea del Sur; esto podría lograrse a través de un acuerdo que permita asegurar la inviolabilidad del territorio continental estadounidense mientras se mantiene en riesgo a sus aliados asiáticos. Finalmente, la RPC no desea tener una península coreana unificada de vecino, salvo que esto tenga como contrapartida la expulsión de las tropas norteamericanas; una vez más, un escenario altamente improbable bajo las circunstancias actuales.

Trump puede vivir con el statu quo actual si le permite venderse como el estadista que logró detener el programa balístico norcoreano a cambio de dañar alianzas, que como ya ha señalado anteriormente y en numerosas oportunidades, son onerosas y poco satisfactorias para los intereses norteamericanos (OTAN). El siguiente paso en la estrategia de las autoridades estadounidenses podría ser comparar la situación norcoreana con la pakistaní, utilizando los mismos argumentos por los que se tolera un Pakistán nuclear— Islamabad no tiene la tecnología de misiles necesaria para atacar los Estados Unidos. Podrían así argumentar que una Corea del Norte nuclear es aceptable si no representa un peligro inmediato para la seguridad de Estados Unidos; sobretodo si desarmar a Corea del Norte requeriría una guerra prohibitivamente costosa y eventualmente nuclear.

En ese sentido, Kim Jong Un habría logrado lo que probablemente siempre fue el principal objetivo tanto de su abuelo, el fundador de la República Popular Democrática de Corea, Kim Il Sung, como de su padre, Kim Jong-Il: el reconocimiento como potencia nuclear. Lo único que estaría abandonando es su capacidad balística de llevar ataques a las costas norteamericanas. En ese sentido, Corea del Norte puede vivir con el statu quo si cree que un eventual acuerdo evita un ataque estadounidense en el corto y mediano plazo, permite levantar las sanciones internacionales y socava la capacidad de Estados Unidos y Corea del Sur de derribar al régimen de los Kim mediante el uso de la fuerza.

Es muy probable que, a los ojos de Kim Jong Un, la cumbre de Singapur haya servido para confirmar que posee un arsenal nuclear lo suficientemente grande como para tener un efecto disuasivo y llevar a la mesa de las negociaciones a Estados Unidos. Poco importa si sus misiles no son capaces de alcanzar las costas estadounidenses, puesto que la administración Trump está dispuesta a aceptar que sus activos asiáticos, así como sus aliados permanezcan dentro del alcance de sus misiles. Al cementar de manera permanente su categoría de estado nuclear, Pyongyang puede ahora comenzar a dedicarle mayores recursos a su desarrollo económico.

Corea del Sur puede aceptar el statu quo si esto permite prevenir una guerra que probablemente pondría a Seúl en riesgo de aniquilación, así como crea un espacio para su propio acercamiento con Pyongyang; incluso ciertos analistas señalan que Pyongyang y Seúl podrían iniciar conversaciones sobre la retirada de artillería de la zona desmilitarizada.

Por supuesto que no hay garantías que la cumbre de Singapur no sea una repetición de acuerdos anteriores, que le permitieron a Corea del Norte obtener beneficios puntuales a cambio de promesas eventualmente incumplidas. Por otro lado, las autoridades en Seúl podrían sentirse nerviosas por la erosión de la preparación militar de sus fuerzas armadas frente a un Pyongyang inestable en el que los partidarios de la línea dura logren imponerse. Finalmente, Kim Jong Un podría verse tentado de obtener mayores concesiones norteamericanas durante el proceso electoral presidencial de Estados Unidos en el 2020, cuando una administración de Trump, asediada y distraída, busque logros de política exterior para promocionar su reelección; la amenaza de una prueba de misiles en el punto culminante de la campaña electoral sería una valiosa moneda de trueque.

Las autoridades chinas, cuya cooperación es clave para el levantamiento de las sanciones y el futuro desarrollo económico del país, ciertamente buscarán que Corea del Norte evalúe esta posibilidad de expulsar a las fuerzas estadounidenses de la península. Teniendo en cuenta que Trump, como ya lo ha señalado en diversas oportunidades, ve las alianzas como un desperdicio de recursos, podría sentirse inclinado a aceptar una negociación en ese sentido. Los efectos en el relacionamiento de Estados Unidos, tanto a nivel regional como global, serían significativos; la presencia norteamericana en la península coreana desde el final del conflicto en los años 50 ha sido uno de los pilares más duraderos de su política exterior.

El gran ganador de la cumbre de Singapur fue la República Popular China y particularmente su presidente, Xi Jinping. Cabe recordar que cuando Kim Jong Un llegó a Singapur para su cumbre histórica con el presidente estadounidense, el líder norcoreano viajaba en un avión de Air China; la portada de Rodong Sinmum, diario oficial del Partido del Trabajo de Corea del Norte, incluía una imagen de Kim embarcándose en el avión con la bandera china claramente visible en el cuerpo del avión. Fue un recordatorio visual de que, aunque ningún funcionario chino participó en la cumbre, Beijing siempre estuvo presente.

Cuando, en marzo pasado, Trump accedió por primera vez a reunirse con Kim, China parecía extrañamente ajena al proceso. Pero los dos viajes anteriores a la cumbre de Kim a China para reunirse con el presidente Xi Jinping, aunados a múltiples intercambios de alto nivel, despejaron las dudas sobre el grado de involucramiento e influencia de las autoridades chinas en el proceso.

Durante la conferencia de prensa posterior a la cumbre, Trump se tomó el tiempo de elogiar “a una persona muy especial: el presidente Xi de China” por su papel en hacer posible la reunión, señalando que Xi es “una persona excelente y un amigo mío, y realmente un gran líder de su gente. Quiero agradecerle por sus esfuerzos para ayudarnos a llegar a este día histórico”; para luego añadir que Estados Unidos estaba “trabajando con China” para completar los detalles de los compromisos asumidos en la declaración conjunta.

Desde el momento que finalizó la cumbre, los funcionarios chinos han señalado reiteradamente que la declaración conjunta Estados Unidos-Corea del Norte recoge las dos principales propuestas de China para abordar el problema de la península coreana; a pesar que ni Estados Unidos ni Corea del Norte lo hayan reconocido expresamente.

En primer lugar, la propuesta china del “doble congelamiento” exigía la detención de los programas nuclear y balístico de Corea del Norte y los ejercicios militares conjuntos de Estados Unidos y Corea del Sur. En abril, Pyongyang había anunciado una moratoria unilateral de sus pruebas nucleares y balísticas, así como permitido la presencia de reporteros internacionales durante la demolición de los túneles de pruebas en Punggye-ri. Luego de la cumbre, Trump anunció, visiblemente sin consultar o siquiera informar primero a Corea del Sur, que Estados Unidos acabaría los “juegos de guerra” con ese país, señalando que estos ejercicios militares eran “inapropiados”, “provocativos” y “tremendamente caros”. En términos prácticos, el “doble congelamiento” chino había entrado en vigencia.

En segundo lugar, la RPC propuso durante mucho tiempo negociaciones “de cuerdas separadas” (dual track), en los que el proceso de desnuclearización de la península coreana y el tema de la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte ocurrían de manera independiente. La declaración conjunta señala dos compromisos separados. Por un lado “nuevas relaciones entre Estados Unidos y China [construyendo] un régimen de paz duradero y estable en la Península Coreana” y por otro la “completa desnuclearización de la península de Corea”. Coincide plenamente con la propuesta china.

La RPC ha logrado sus dos objetivos de política exterior regional de corto plazo. Así lo ha señalado el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Geng Shuang, en diversas conferencias de prensa posteriores a la cumbre, resaltando los “resultados positivos”, elogiando la “decisión política” de ambos líderes, expresando su “bienvenida y apoyo” a los resultados, así como indicando que la declaración “está de acuerdo con las esperanzas de China”, y remarcando que China no sólo es un vecino sino un actor relevante en la península coreana, por lo que promete continuar sus esfuerzos para “realizar la desnuclearización de la península y crear un mecanismo de paz peninsular”.

Diversos especialistas especulan que el siguiente paso de la RPC será intentar recompensar a Corea del Norte por su comportamiento, solicitando el aflojamiento de las sanciones de la ONU, directamente o de manera interpuesta. A los pocos días de la cumbre, las autoridades rusas expresaron exactamente dicha posición, retomando casi literalmente lo expresado por Geng: “la acción del Consejo de Seguridad debe apoyar y corresponder a los esfuerzos actuales hacia el diálogo diplomático y la desnuclearización de la península”.

Las implicancias geopolíticas son mucho más complejas y abarcan más actores que los directamente involucrados. En el próximo blog, analizaré las consecuencias geopolíticas regionales del encuentro, así como su impacto en el equilibrio de fuerzas en Asia.