DiegoBeleván
Hacia Asia Por Diego Beleván

Cuando el presidente Xi Jinping llegó al poder en la RPC, era visto como un líder decisivo que podía dominar sus instituciones y guiarla a una posición de grandeza. Su enorme poder se solidificó con la eliminación de los límites del mandato presidencial, mientras que las purgas anticorrupción iniciadas a instancia suya reformaron la membresía de las más altas esferas del Partido Comunista. Sin embargo, desde que asumió el cargo han surgido una serie de problemas significativos.

La primera tarea de Xi fue tratar de estabilizar la economía china post-2008, teniendo en cuenta que su país depende en gran medida de las exportaciones. En el 2008, el apetito de los clientes por los productos chinos se contrajo drásticamente y surgieron nuevos competidores. Xi logró solidificar su poder sobre el partido, en parte porque era visto como capaz de lidiar con este problema; habiendo propuesto dos estrategias.

La primera era aumentar el consumo interno; lo que provocó una crisis financiera, puesto que los consumidores chinos no pueden substituir la demanda estadounidense y europea. La segunda estrategia era pasar de productos de bajo precio a artículos de alta tecnología. Competir con Europa, los Estados Unidos, Japón, Corea del Sur y otras economías de alta tecnología bien establecidas ha resultado más difícil de lo que esperaba.

Una estrategia paralela fue la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road Initiative), que ofrece dinero a una gran cantidad de países para diversos proyectos de infraestructura; la que sólo logró incrementar las sospechas de diversos vecinos sobre las verdaderas intenciones de China. Esto obstaculizó aún más los intentos de competir en proyectos de alta tecnología.

Xi también fue escogido por su capacidad para administrar la relación de China con su principal cliente y competidor, los Estados Unidos. Las administraciones estadounidenses anteriores habían exigido que China abra su economía a los bienes provenientes de Tío Sam y terminara con la manipulación de su moneda; pero los presidentes chinos habían logrado desviar tales demandas. China no estaba en condiciones de abrir su economía, porque su mercado interno no es capaz de absorber la producción china de la misma manera que el exterior. La necesidad de mantener las exportaciones a niveles altos significaba que China tenía que manipular su moneda.

Al inicio del mandato de Trump, Xi visitó al presidente de los Estados Unidos y se marchó con la impresión de que las estrategias anteriores para administrar a los Estados Unidos eran suficientes. Pero Trump impuso rápidamente aranceles, con el objetivo de obligar a China a modificar su comportamiento. De hecho, los aranceles han perjudicado mucho más a China que los aranceles recíprocos chinos a los Estados Unidos; las exportaciones a los Estados Unidos representan el 4% de su producto interno bruto, mientras que las exportaciones hacia la China sólo representan el 0,6% del PIB de los Estados Unidos.

Parte de su fracaso también se debe a su estrategia de retratar al ejército chino como una amenaza significativa para los Estados Unidos; creyendo que esto obligaría a los Estados Unidos a retroceder o por lo menos negociar. El efecto fue inverso. Como sucedió bajo la presidencia de Ronald Reagan, los Estados Unidos tienen tendencia a sobreestimar a sus oponentes y por ende a aumentar drásticamente sus gastos de defensa cuando siente que un potencial rival es capaz de alcanzarlos.

En el espacio, en el mar y otros ámbitos geográficos, los militares estadounidenses incrementaron su poderío militar, lo que llevó a China a entrar en una carrera armamentista que su economía no es capaz de soportar; luchando por lanzar dos portaaviones y promocionarlos como un cambio en el equilibrio de poder.

Los Estados Unidos también incrementaron su presencia en el Mar del Sur de China para demostrar la debilidad de la RPC, desarrollaron una cooperación más profunda con Australia y Japón, e incluso con India y Vietnam, emprendieron intensas operaciones de contrainteligencia contra ciudadanos chinos que operaban en los Estados Unidos e impusieron obstáculos a ciertas empresas tecnológicas chinas.

Indudablemente, esto no era lo que Xi esperaba. Su objetivo era posicionar a China como una potencia en Eurasia. Sin embargo, perdió parte del control que China había disfrutado anteriormente y dejó a la economía china más débil de lo que había sido anteriormente.

Para rematar lo anterior, las protestas de Hong Kong estallaron, inicialmente para reclamar la abolición de un proyecto de ley que habría permitido que los residentes de Hong Kong fueran extraditados a la RPC. Es indubitable que China es capaz de sofocar las protestas por la fuerza y que cuenta con los recursos de inteligencia adecuados para arrestar a los líderes. Xi decidió no hacerlo porque probablemente teme el impacto que tendría un baño de sangre en sus relaciones económicas; en momentos en que enfrenta una guerra comercial con los Estados Unidos.  Probablemente pensó que las manifestaciones se agotarían por sí solas. Este fue otro error de cálculo, puesto que los disturbios han durado mucho más de lo esperado, y la principal demanda de los manifestantes está ahora relacionada con la autonomía de Hong Kong.

En ese sentido, comienzan a plantearse interrogantes sobre la capacidad de Xi para dirigir los destinos de la RPC de manera indefinida. Ciertamente, muchas de las cosas que están saliendo mal no las podía controlar. Pero asumió el liderazgo indiscutible para manejar los problemas del país. Ahora, las relaciones comerciales con los Estados Unidos están en ruinas, las iniciativas militares han generado importantes consecuencias adversas, programas como la Iniciativa de la Franja y la Ruta tienen serios problemas y Hong Kong está en rebelión abierta.

En ese sentido, es difícil imaginar que la posición de Xi sea tan segura como anteriormente. Por supuesto que sigue siendo enormemente poderoso; controla el Ejército Popular de Liberación, los servicios de inteligencia y el aparato de seguridad. Pero finalmente, tal como pueden dar fe diversos líderes anteriores, la fuente del poder en China es el Comité Central del Partido Comunista.

No existe, por el momento, evidencia de una revuelta abierta contra Xi; tampoco sería visible a menos que estuviesen relativamente seguros de tener éxito. Pero es inconcebible que, dentro del Comité Central, que lo convirtió en el líder más poderoso desde Deng Xiaoping, no existan facciones que vean a un Xi debilitado como una oportunidad de restablecer el equilibrio de poderes al interior del partido. China no es una democracia, pero tiene una estructura de poder que tiene la capacidad de disolver su autoridad paulatinamente.

El 9 de julio, Xi resaltó la importancia del liderazgo del Partido; esta vez enfocándose en la importancia de la construcción del partido y en las instituciones estatales por igual. Las instituciones centrales “deberían responder activamente a lo que defiende el Comité Central del Partido, implementar lo que decida y detener lo que prohíbe”. Está claro que la determinación de Xi de expandir su poder permanece intacta; sin embargo, también está claro que considera que todavía no ejerce un control absoluto. De ahí la necesidad de repetidas reuniones que destaquen la importancia de la obediencia al liderazgo central del Partido.

Es posible imaginar que existan miembros del Comité Central que quieran llegar a un acuerdo con los Estados Unidos lo más pronto posible y lo más razonablemente favorable para la RPC, poner fin a las manifestaciones de Hong Kong y dejar de seguir predicando el poderío militar chino que sólo ha logrado crear recelos y preocupación en diversos países asiáticos. En otras palabras, Xi debe centrarse en los principales problemas de su país; su dispersión refleja de cierta manera la propia condición de China, con logros significativos, grandes ambiciones, pero recursos limitados.