JulioVillavicencio
Invirtiendo con estrategia Por Julio Villavicencio

En su trabajo seminal, el economista Richard Easterlin (1974) encontró que, contrario a la creencia popular, la felicidad no se incrementa con el ingreso económico, luego de pasar un umbral determinado. A este hecho se le conoce como la Paradoja de Easterlin, la misma que décadas después sigue vigente tanto en países desarrollados como en vías de desarrollo. En EE.UU., por ejemplo, los niveles de felicidad no han cambiado desde 1946  a pesar del crecimiento (Easterlin (2016)). No obstante, en países en desarrollo la situación es incluso peor. En China, en los últimos 15 años donde su economía (PBI) se multiplicó por cinco, el bienestar de las personas lejos de aumentar cayó (Easterlin, F. Wang y S. Wang (2017)). El Perú no es la excepción, a pesar de ser el país con uno de los crecimientos más altos y estables de la región en las últimas dos década seguimos estando en los últimos puestos de latinoamérica, sólo por encima de Venezuela, país con una profunda crisis humanitaria. Esta evidencia ha encendido el debate académico y de hacedores de política, incluso la OECD (2016) se comprometió a redefinir la narrativa de crecimiento para poner el bienestar de las personas en el centro del esfuerzo de los gobiernos.

De acuerdo al trabajo de Kahneman y Deaton (2010) la Paradoja de Easterlin podría explicarse a partir de la idea de que el ingreso absoluto es importante hasta cierto umbral (cuando las necesidades básicas se han satisfecho), luego del cual el dinero no mejora la habilidad de los individuos para hacer lo que es más importante para su bienestar emocional. Una segunda hipótesis es la adaptación hedónica de Brickman y Campbell (1971). Esta consiste en un proceso psicológico mediante el cual un cambio (positivo o negativo) en las circunstancias se desvanece en el tiempo porque la felicidad de las personas vuelve eventualmente a su punto de referencia inicial.

Si la felicidad es nuestro fin último y el dinero luego de cierto umbral mínimo no puede comprarlo, entonces ¿Cómo podemos invertir mejor nuestro tiempo y dinero para lograrla? Hay dos grupos de investigación que han buscado responder a esta pregunta. Por un lado, Van Boven & Gilovich (2003) encuentran que la felicidad está en invertir en experiencias más que en posesiones. Una buena experiencia podría ser menos proclives a la adaptación hedónica al mejorar en el tiempo. El segundo grupo de investigación es el de Dunn, Aknin & Norton (2008) quienes señalan que lo relevante es gastar en otras personas en vez que uno mismo. Me centraré en lo que sigue en este segundo grupo de estudios.

La creencia de la sociedad moderna es que el egoísmo es la motivación humana fundamental, ya que genera el mayor beneficio. Esto es lógico ya que al ser el dinero y el tiempo recursos escasos darlos a otros implica tener menos para nosotros mismos. Es más, siguiendo al padre de la economía, Adam Smith, es esa motivación egoísta la que mueve “al carnicero, el cervecero y el panadero” a ofrecernos los mejores productos de tal forma que la sociedad como un todo se beneficie. De allí en adelante usted siempre escuchará o leerá diferentes derivaciones hechas por economistas forjados en la maximización de beneficios, las mismas que casi siempre se terminan resumiendo sin mucho esfuerzo en la frase: “el egoísmo es lo mejor para la sociedad“. No obstante, lo que se olvida es que el mismo Adam Smith en la Teoría de los Sentimientos Morales señalaba: “Por más egoísta quiera suponerse al hombre, evidentemente hay algunos elementos de su naturaleza que lo hacen interesarse en la suerte de los otros de tal modo, que la felicidad de éstos le es necesaria, aunque de ello nada obtenga, a no ser el placer de presenciarla” (traducción tomada de Martin Krause 2018). Los datos parecen corroborar esta intuición de Adam Smith, la gente egoísta no logra la felicidad, los países más ricos no son felices. Dunn, Aknin y Norton (2008) encuentran que los gastos personales no tienen relación con la felicidad, las personas que dedican más dinero a gasto prosocial son más felices incluso si se controla por nivel de ingresos. La explicación es que en principio somos animales sociables que a diferencia de otros animales con redes complejas como las nuestras (como las termitas o las hormigas), somos la única especie que incluye individuos no relacionados. Es más la sobrevivencia de nuestra especie ha dependido de la capacidad humana de cuidarnos los unos a los otros. Por ello, tiene sentido pensar que la construcción del cerebro humano está hecha de tal forma que la cooperación y la solidaridad producen un beneficio a pesar de ser costosas en términos de tiempo y dinero: algún retorno intrínseco debe tener si los pesos y contrapesos son los correctos. La evidencia empírica muestra que “dar” produce felicidad ya que incrementa la autoestima, el sentido de propósito y significado, aumenta las conexiones con otros, y reduce los síntomas de la depresión. Es más predice mejoras en la salud física y cuánto vivirá una persona. Además fortalece las relaciones sociales, impulsando la sensación de que uno puede hacer una contribución importante en otros (ver Crocker, Canevello y Brown (2017)). A nivel macroeconómico John Helliwell, Huang y Wang (2017) encuentran cinco variables (además del PBI per capita) que explican la felicidad: la salud de la población; apoyo social (medido como tener a quien recurrir en momentos de problemas); confianza (medido como la percepción sobre corrupción en el gobierno y los negocios); percepción de libertad para tomar decisiones; y generosidad (medido como donaciones recientes).

La evidencia mostrada sugiere que la mejor inversión es la que incrementa nuestra felicidad, el dinero en sí mismo no puede ser un fin, retomar la mirada fuera de nosotros mismos puede ser una buena forma de empezar. A nivel de país también se abren ciertos cuestionamientos. Cómo un país como Perú a pesar de haber multiplicado su economía por cuatro en este siglo pueda tener el menor nivel de felicidad de la región, sólo superando a Venezuela, país con una crisis humanitaria. ¿Cuánto de la infelicidad se debe a la falta de satisfacción de necesidades básicas, a la falta de políticas orientadas a recuperar los espacios públicos donde se puedan establecer redes sociales y el desarrollo de habilidades blandas? ¿Cuánto lo debemos a la avalancha de actos de corrupción develados? ¿Cuánto de la violencia que vemos en las calles y dentro de las familias se deben a las consecuencias psicológica de no ser felices? ¿Qué tipo de voto podemos esperar en las próximas elecciones si la infelicidad será la consejera?.

 

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