VíctorGobitz
La agenda minera Por Víctor Gobitz

Estamos acostumbrados a destacar el impacto de la industria minera peruana en términos de inversión, producción o por sus aportes económicos a nivel nacional/regional; sin embargo, escaso reconocimiento recibe el protagonista detrás de todos estos logros tangibles y significativos: el trabajador minero.

Cuando nos referimos al minero, en su expresión más amplia, estamos hablando de todas aquellas personas (mujeres y hombres) que desempeñan su trabajo en el campo: obreros, técnicos, empleados o ingenieros.

Nuestra industria minera se desarrolla en zonas rurales remotas y alto-andinas (arriba de los 4,000 metros sobre el nivel del mar), y su emplazamiento rural, no urbano, supone un régimen de trabajo que los separa periódicamente de su entorno familiar.

En adición, el trabajo a dicha altura requiere un esfuerzo físico considerable por el menor contenido de oxígeno en el aire y por las condiciones climatológicas imperantes.

A estas condiciones de trabajo —locación remota y clima agreste— debemos agregarle otras dos características singulares del trabajo minero:

  • Un espacio laboral que enfrenta diversos riesgos potenciales porque el trabajo minero se realiza en un entorno rocoso, donde se suelen presentar desafíos de estabilidad. En el caso particular de operaciones subterráneas, se deben añadir retos de ventilación, drenaje, el compartir espacios confinados con equipos móviles pesados o la cercanía con fuentes de energía de alto voltaje.
  • Un diseño organizacional que requiere que el grueso del personal trabaje por turnos o guardias rotativas, porque la industria minera es “24×7”, es decir, no se detiene a lo largo de las 24 horas del día y ningún día del año.

Por todo lo anterior, este 5 de diciembre me aúno al saludo y reconocimiento público que merecen todos y cada uno de los cientos de miles de mineros peruanos. Conozco de primera mano esta labor digna y sacrificada.