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Management fuera de la caja Por Carla Olivieri

Hace más de 15 años, participé de una consultoría a una empresa minera que implicaba viajes con mis compañeros de trabajo, todos hombres. En las noches, no había nada que hacer más que conversar y –poco a poco– dejé de ser Carla para convertirme en “Charlie”. Curiosamente, en varios trabajos, mis colegas o jefes terminaban llamándome Charlie también.

Fuente: Freepic.com

Es que en el trabajo, las mujeres tenemos que ser un poco como los hombres. Hablamos mucho de que las mujeres no ocupamos muchos cargos de liderazgo, realizamos menos emprendimientos que los hombres o que ganamos menos que los hombres. Los datos lo afirman. En el Perú solamente 14% de las mujeres tiene una posición de liderazgo y únicamente 3% participa de un directorio.  Las mujeres tenemos ambiciones altas, casi a la par de los hombres. Según un estudio de Women Matter, el 79% de las mujeres aspira a tener posiciones del liderazgo; en el caso de los hombres, es el 81%.  Si tenemos las mismas aspiraciones, ¿qué pasa en el camino?

El mismo estudio revela que un factor es la confianza en nosotras.  Mientras que casi el 80% de los hombres confía que sí conseguirán escalar profesionalmente; en el caso de nosotras, solamente el 56% confía en que sí.

Vengo realizando una investigación de los factores que frenan el emprendimiento y liderazgo en la mujer y, si bien es cierto que existen barreras legales que nos hacen menos competitivas y una cultura muy machista, curiosamente los principales factores que frenan el crecimiento de ejecutivas en el mundo de los negocios no son ni legales ni culturales (machismo).

Una de las principales limitaciones para que las mujeres surjamos somos nosotras mismas: las mujeres. Somos nosotras las que nos limitamos y es en este factor que debemos aprender de los hombres.

Algunos ejemplos que se han presentado en mi investigación y en foros en los que he participado:

  • Ganamos menos que los hombres – porque negociamos como mujeres. El hombre negocia fuerte su salario. Exige sin asco. 60% de los hombres negocia su salario antes de aceptar una posición mientras que en las mujeres solamente el 7% lo hace. Esto se debe a que las mujeres nos contentamos simplemente por haber sido elegidas a cubrir un puesto. Un poco más y le besamos la mano a la persona que nos eligió.
  • No postulamos a tantos puestos importantes – porque tenemos miedo a fracasar. Ni siquiera nos atrevemos a postular a un puesto si no nos aseguramos de cumplir con el 100% de los requisitos porque tenemos temor de no poder; temor a fracasar. El hombre, aunque no cumpla con todo postula igual y en el camino va viendo cómo va el tema.
  • La mujer es “segurola”. No nos gusta la incertidumbre; nos gusta manejarnos con un alto grado de certeza y las posiciones de liderazgo requieren toma decisiones en situaciones de incertidumbre y riesgo.
  • No emprendemos ciertos retos – no por discriminación – sino porque nos auto-limitamos. Nos quejamos de que los hombres nos cortan las alas y la carrera cuando en verdad somos nosotras mismas las que lo hacemos. No sabemos soñar en grande. La mujer sueña en pequeño porque nos colocamos muchos “peros”: “Quiero ese puesto de expatriada en la multinacional….pero cómo voy a mudar a mi marido y a mis hijos.” “Quiero esa promoción….pero voy a llegar más tarde a casa y veré menos a los chicos”.
  • En casa somos un desastre delegando. Queremos hacerlo todo y todo bien. No delegamos ni empoderamos a los hombres para que cumplan más labores caseras. No queremos ceder nuestro status de “mamá”, “esposa”, “ama de casa”, “anfitriona”, wonder woman, etc. No confiamos en que los hombres lo harán bien y en el fondo tampoco queremos que lo hagan bien. En ese terreno no queremos competencia y menos de un hombre.
  • La mujer que trabaja carga una mochila llena de culpas. Culpa de no estar en casa, culpa de no poder participar de más cosas con los hijos, culpa de llegar cansada, culpa de no quedarse más rato en el trabajo, culpa de cómo la verán otras mamás, culpa de sentir culpa. Aprendamos de los hombres que cuando viene el fin de semana no sienten nada de culpa para hacer su deporte y – aunque suene increíble: lo disfrutan. Nosotras podemos “darnos permiso” para hacer nuestro deporte, pero en medio de la sudadera se nos aparece esa maldita culpa. Organicémonos con el marido y con los mismos hijos. Confiemos en la capacidad de nuestros hijos y que no se van a morir si no estamos. Ellos tienen que aprender también que la mujer, así como el hombre y como ellos, tiene derecho a disfrutar sola y a hacer sus cosas.
  • Las mujeres dejamos que otros dirijan nuestras decisiones de vida. Si se nos presenta una oportunidad, lógicamente se conversa con la pareja. Pero la mujer, además necesita el visto bueno de la mamá, del papá, de las amigas, de todo el mundo.
  • La mujer siente más vergüenza si falla en algo. El hombre es relajado. En su ADN está aceptado el error y sabe aprender de él y levantarse. A la mujer el error le despierta todas las inseguridades, las culpas, sentimos mil ojos mirándonos y comenzamos a etiquetarnos con miles de adjetivos negativos. ¡No! Hay que ver la caída de otra forma. La mujer tiene que ser más emprendedora y el emprendedor va a fallar en el camino. Pero tenemos que rebotar como el hombre y tenemos que aprender a fallar rápido y al mínimo costo.

Finalmente, las mujeres debemos dejar de ser tan duras con nosotras mismas. Somos maravillosas y somos tan capaces como los hombres para emprender retos importantes sin culpas, así como los hombres son tan capaces de asumir más tareas en la casa y con los hijos.

La buena noticia es que si trabajamos estos factores y los sumamos a las ventajas que tenemos por ser mujeres como la facilidad para relacionarnos con las personas, saber escuchar, ser multi-taskers (tremenda ventaja en el mundo hiperactivo que vivimos hoy), saber trabajar colaborativamente, saber pensar a largo plazo, etc. Lograremos vernos como chicas, actuar como chicas, pensar como hombres y trabajar como jefes.