CarlaOlivieri
Management fuera de la caja Por Carla Olivieri

Hace poco graduamos una nueva promoción de la Universidad de Ciencias y Artes de América Latina (UCAL), la universidad que dirijo, y decidí no dar el típico discurso que habla del grandioso futuro que tendrán los nuevos profesionales. Hablé de lo que realmente simboliza una graduación y la responsabilidad que viene acompañando ese diploma y que no siempre tenemos tan presente. Creo oportuno compartirlo con ustedes, que tienen roles protagónicos en el mundo empresarial, para recordar que esa educación o posición superior que tenemos va mucho más allá de generarnos oportunidades laborales y es especialmente importante tenerlo presente por la coyuntura que estamos atravesando.

Una graduación simboliza libertad y oportunidad.

Libertad, que es el derecho de elegir responsablemente la forma de actuar dentro de la sociedad así también como la elección de nuestros destinos. Y oportunidad; que incluye el término en latín “portus” que se refiere a la cualidad de estar frente a un puerto. Estar frente a un puerto es una apertura para salir del lugar en el que estamos para enrumbar hacia otro puerto mejor.

Sin embargo, el diploma que recibimos en algún momento de nuestras vidas, no solo nos traerá libertad y oportunidad para ser altamente empleables, trae consigo responsabilidad.

La responsabilidad de ser conscientes que la educación superior no solo debe traernos frutos a nosotros como individuos; sino que nos toca aplicar nuestros conocimientos y habilidades superiores para beneficiar a la sociedad. Tenemos la responsabilidad de impactar a la sociedad; de aplicar nuestros conocimientos y habilidades –nuestra educación superior– para transformarla, generar cambios para mejorar las vidas de las personas.

Esa responsabilidad implica un rol activo en la sociedad. Esa responsabilidad significa que quedarse callado cuando algo no está bien, NO es una opción. Tener una actitud de “Sí señor” para agradar tampoco es una opción.

Ese diploma que engloba una educación superior nos dota de libertad de pensamiento. Ese diploma trae consigo la misión de ser buenos ciudadanos y de preservar los valores democráticos. Y ser un buen ciudadano no significa únicamente ser una buena persona, pagar mis impuestos, cuidar el medio ambiente, y dejar pasar a los peatones. Eso lo encontramos en economías totalitarias también.

Ser un buen ciudadano significa participar de las decisiones que moldean nuestra sociedad y ejercer el maravilloso poder que nos otorga la democracia: el poder de tener una voz para expresar mi opinión, mi desacuerdo y proponer soluciones, teniendo siempre presente que el desacuerdo es necesario en una sociedad democrática y que el propósito principal del desacuerdo es llegar a propuestas con el bien común como principal objetivo.

Ser un buen ciudadano significa no caer en el simplismo de colgarme de opiniones sin argumentos o de titulares.  Eso es esclavitud.

Significa que me preocupo, que me informo, proceso la información empáticamente y opino valientemente pensando en ese bien común y en lo correcto.

Ser un buen ciudadano significa que mi opinión se basa en mi criterio, en mis principios y no en mis pasiones.  No en mi hígado.

Y ese diploma me exige hacerlo de esa forma. Eso es ser inteligente. Eso es tener un pensamiento superior.

Hace unos días dicté mi última clase del curso de liderazgo personal que doy a todos los ingresantes y hablamos justamente de esto. De la suerte de poder acceder a una educación superior que nos abrirá puertas, pero también de la dicha que significa tener las herramientas y la capacidad para poder realmente impactar en las vidas de las personas.

Eso, es libertad.

Libertad que viene de la palabra en latín “Libertas” que significa sin limitaciones o restricciones. Significa independencia. Y esa independencia o libertad solamente puede ser preservada si nos ocupamos de ella nosotros mismos.

Cuando vivimos preservando nuestra libertad para decidir bien, pensando en el bien común, le añadimos a nuestra vida un sentido de propósito. Una vida con propósito, nos hará sentir que nuestra vida realmente vale la pena.  Eso es felicidad.

Y lo interesante de tener un futuro con propósito es que implícitamente estaremos apuntando no solo al éxito sino a una felicidad íntegra. Si queremos una vida importante y de impacto, debemos tener integridad en todo lo que hacemos; incluyendo nuestra fórmula para ser felices. Con integridad nos hacemos responsables de nuestras opiniones y decisiones evaluando su impacto.

Para ser íntegros, uno necesita ser valiente porque enfrentaremos presiones y oposición.

Pero vale la pena.