Maria JoséMeza Cuadra
Management público desde NYC Por Maria José Meza Cuadra

En China la innovación se vive en el día a día. Son cada vez menos las personas que usan cash, tarjeta de crédito o débito para hacer sus pagos cotidianos. A través de las aplicaciones AliPay —plataforma de pago electrónico del grupo AliBaba— y WeChat —multiplataforma del grupo Tencent que incluye además servicio de mensajería instantánea y red social—, los chinos pagan desde taxis hasta un paquete de galletas. Si bien en otras partes del mundo, como Estados Unidos, hay aplicaciones similares, su uso no ha sido tan masificado como en China.

En mi reciente viaje a este país, como parte de una delegación de estudiantes de la Universidad de Columbia, pude experimentar cómo el tamaño de la población, las políticas públicas hacia la innovación y la legislación sobre nuevas tecnologías han ayudado a que China se mantenga en un cambio constante de los usos y las costumbres de su población, así como el rol del país en el mercado global. Si bien China es aún un país en desarrollo, viene ganando ventaja respecto a los Estados Unidos, el principal país desarrollado, en materia de innovación. ¿Cómo lo está logrando?  A continuación les comparto mis principales conclusiones, resultado de mi visita a AliBaba, y la conversación que sostuve con Kai-Fu Lee, fundador de Google China, actual líder de la firma de venture capital Sinovation Ventures y una de las figuras más influyentes de la escena tecnológica en China.

El mercado más grande del mundo

La primera y más obvia ventaja comparativa de China es contar con una población de más de 1.3 mil millones. Éste es un factor clave para los procesos de innovación. Desarrollas un producto, lo pruebas con 5,000 usuarios; aprendes y mejoras; lo vuelves a probar con 100,000 usuarios; repites el proceso y una vez más lo vuelves a probar, pero ahora con 10 millones de usuarios. En países con menor tamaño este proceso es más difícil. “Escalar fuera de un país es discontinuo. Pasar de una ciudad de China a otra nos da confianza de que [el producto] funcionará, pero si se busca incursionar a Brasil o Vietnam no sabemos”, comenta Kai-Fu Lee. En efecto, las diferentes legislaciones, lenguajes y culturas generan incertidumbre, y por tanto riesgos que reducen las probabilidades que inversionistas apuesten por productos o servicios. Así, a pesar de su capacidad de innovación, países como Israel o Corea, con menor población, tienen intrínsecamente una desventaja frente a China y Estados Unidos al no poder escalar dentro de sí mismos.

Todos son emprendedores

En el 2013, Li Keqiang fue designado nuevo premier de China. Desde entonces viene impulsando reformas económicas enfocadas en aprovechar el potencial de la demanda doméstica y la creatividad de su población por sobre el crecimiento por exportaciones. En este marco, Li acuñó la frase: “todo el mundo debe ser un emprendedor”, y asignó millones de dólares a ángeles, inversionistas que invierten en pequeños startups o emprendimientos en su etapa inicial.

¿El resultado? “Si sales a la calle y escoges a una persona al azar, la probabilidad de que sea un emprendedor o un ángel es de 50%”, ilustra Lee. Esta situación en un país como China que se caracteriza por replicar y copiar tecnologías rápidamente se traduce en un mercado más competitivo para los emprendedores. A pesar de que la mayor disponibilidad de fondos reduce los estándares mínimos para el acceso a ellos, la competencia por mantenerse en el mercado y convertirse en ‘unicornio’ — startups valoradas en más de 1 billón de dólares— es mayor.

En este sentido, si bien la frase de Li parece una exageración, parece ser una política efectiva para mantener el flujo de emprendimientos. El mercado filtra a las compañías sobresalientes de las buenas, y las buenas de las malas. “Si cincuenta [personas] lo intentan y sólo diez logran emprendimientos, ¿qué perdieron los otros cuarenta? Intentan empezar una compañía, fracasan y regresan [al mercado a] conseguir un trabajo”, comenta Lee. Si bien para el gurú del emprendimiento ésta es una política inteligente, queda en duda su eficiencia. Es decir, ¿cuál es el costo de oportunidad de los fondos utilizados para todas las iniciativas que fracasan?, ¿éste es compensado por los retornos de los casos de éxito?

Legislación a la medida

Empresas como AliBaba han sabido aprovechar los vacíos legales para implementar nuevas tecnologías. Más allá de las restricciones de contenido, la legislación china se ha venido construyendo de manera reactiva. Las empresas actúan y de acuerdo a los efectos de ella se toman medidas. Esto ha dado mayor libertad a las empresas para innovar e implementar estrategias de prueba y error. Al respecto, Kai-Lee comenta sobre el caso de los vehículos autónomos. “Actualmente Estados Unidos le lleva tres años años a China en desarrollo de vehículos autónomos, pero estoy seguro de que la implementación se hará primero aquí. El sistema legal de los Estados Unidos y las discusiones de lo que es adecuado y lo que no —por ejemplo, si hay un accidente, cuál es el nivel de responsabilidad de los productores de los autos—  le darán a China una ventaja de cinco años”.

Sin embargo, esta forma de diseñar el marco normativo también podría generar retrocesos en la innovación. Por ejemplo, una legislación sobre privacidad de datos personales más laxa que en muchos otros países ha permitido que empresas de telecomunicaciones en China utilicen inteligencia artificial (algoritmos) para identificar a las personas que buscan los servicios de su competencia en Internet y las contactan por teléfono para ofrecerles los propios. Si bien actualmente estas prácticas son legales en China,  eventualmente el gobierno tendrá que regularlas. El problema se da si por estas malas prácticas se prohíbe el uso general de la inteligencia artificial o se dificulta el desarrollo de innovaciones en este campo.