DavidTuesta
Mirador Económico Por David Tuesta

Las poblaciones viven cada vez más años. El progreso social, mejoras en las políticas de salud pública y los avances médicos han hecho su contribución a este desarrollo. Varios expertos esperan incluso aún mayores extensiones en la esperanza de vida en la medida en que las investigaciones en el campo de la genética, cuidados y tratamientos médicos a los adultos de edad avanzada vayan intensificándose. Ya hay cifras más que impactantes en la enorme “plasticidad de la esperanza de vida” a partir de los 80 años, donde se está produciendo de forma silenciosa otra gran revolución.

Por casi dos siglos, la esperanza de vida ha venido creciendo de manera constante a un ritmo de tres meses por año. Eminencias como James Vaupel destaca la extrema linealidad de esta tendencia como una de las transformaciones sociales más regulares que se han podido observar. Más aún, señala que a la fecha es difícil identificar el “techo” a la esperanza de vida. En general cada límite que han impuesto las diferentes proyecciones en diferentes momentos del tiempo ha sido excedida, en promedio, cinco años después de las publicaciones oficiales. Las esperanzas de vida en los países más desarrollados se van aproximando a los 85 años, en el Perú a los 75. La probabilidad de que alguien viva hasta los 100 años ha pasado del 1% para los nacidos a comienzos de siglo al 50% para los nacidos en el 2007. ¿Hasta dónde más llegará?

¿Qué efectos económicos generará todo esto sobre la etapa de jubilación y su interrelación con la etapa previa de actividad en el mercado laboral? Respecto a lo primero, realizando algunos ejercicios basados en técnicas actuariales, se puede observar que los esfuerzos de ahorro para la vejez se volverán extremadamente complicados de generación a generación. Hagamos historia: una persona que hubiese nacido en los años cuarenta, jubilándose con poco más de 60 años, debía haber ahorrado privadamente sólo 5% de sus ingresos para lograr un flujo equivalente al 40% de los últimos salarios (lo que se conoce como tasa de reemplazo). Esto es así porque sólo tendría que financiar algo más de 10-12 años, en promedio, antes de fallecer.

Hagamos ahora el mismo ejercicio para una persona que nació a finales de los sesenta (mi caso). Asumiendo que trabajaría durante algo más de cuarenta años, tendría que ahorrar más del 10% de mis remuneraciones de forma constante para obtener la misma tasa de reemplazo que aquel nacido en los cuarenta. Debo ahorrar más, porque dada mi mayor esperanza de vida, ahora tengo que financiar un período de inactividad teórica que sería de veinte años.

Ya para hacer más dramático el asunto, pensemos en alguien que nació a mediados de los noventa (el caso de mis hijos). Esta generación vivirá bastante más. Tomando como referencia los parámetros de edad de retiro actuales, tendrían que financiar un período de inactividad por jubilación entre 30 y 40 años, lo que les llevaría a ahorrar más del 20% de sus ingresos provenientes del trabajo de manera continua. Menudo reto el que les espera.

Tal como están presentados los ejemplos, la situación anterior es casi imposible de sostener si se tiene en cuenta otras necesidades, como consumir, comprar una vivienda y ahorrar para otros objetivos, como la inversión en capital humano. Lo altamente probable es que se tenga que trabajar durante cincuenta o sesenta años para que el período de retiro a financiar sea más corto, y así podrían tener una tasa de ahorro más razonable.

Pero aquí nos encontramos con varios problemas en el mercado laboral. Primero ¿cómo se encontrarán las condiciones de los mercados laborales para absorber a trabajadores por períodos más largos? Segundo, ¿qué tipo de empleos existirán y a qué paso evolucionarán las demandas por los diferentes perfiles laborales, antiguos y nuevos? Tercero, ¿cómo interactuarán estos cambios demográficos ante los cambios acelerados que está experimentando la función de producción del trabajo, donde el factor tecnológico está trastocando la productividad, el uso del factor trabajo y elementos correspondientes al mundo digital?

Lo anterior tendrá, sin duda, un efecto importante en la manera como las nuevas generaciones tendrán que planificar su carrera profesional. Como se observan las cosas, la era digital está generando cambios acelerados. La demanda por perfiles específicos está trastocándose dada la mayor automatización de labores no sólo manuales sino también altamente técnicas. Vienen surgiendo también en el mundo nuevas formas de contratación con las plataformas digitales que están empezando a desarrollarse y que van llevando de manera acelerada a una ‘uberización’ del trabajo, que derivará en una extrema flexibilización digital del empleo. Luego está el tema de la duración o vigencia que tendrán las actuales especializaciones que se adquieren en las universidades e institutos, las cuales quedarán rápidamente obsoletas, con lo que no habrá otra opción que reinventarse continuamente para mantenerse vigentes. En ese sentido, otro cambio que se prevé es el de cambios drásticos hacia una regulación del mercado laboral acorde con esta nueva realidad.

Como menciona Gratton y Scott en su libro The 100 year-life, las personas tendrán que conformar un portafolio de capacidades que deberán ir construyendo a lo largo de los años. Quizá los trabajadores debieran tomarse períodos sabáticos en determinados momentos del tiempo para especializaciones específicas, y para ello deberán considerar un conjunto de etapas múltiples de trabajos y pausas largas de actualización, antes de llegar a la etapa de retiro definitiva, que será sin duda bastante postergada.