DavidTuesta
Mirador Económico Por David Tuesta

Como ya está bastante demostrado en la literatura especializada, una mayor interacción de las personas con el sistema financiero tiene la capacidad de mejorar sustancialmente su estado de bienestar económico, ayuda a salir de la pobreza y mejora la productividad. Pero este camino inclusivo no es sólo un proceso de hacer más accesible la banca y hacer que la gente use más el sistema financiera. Si bien lo anterior es importante, se requiere superar barreras muy complejas, que lo son aún más en economías emergentes como la nuestra.

Entre las barreras propias del sistema financiero está su propia jerga -con la consecuente desconfianza en el sector- que se suma a otros elementos como la compleja situación que trae nuestra accidentada geografía, o el excesivo requerimiento de trámites que hacen que el potencial impacto de la inclusión sea en algunos casos limitados. En esa línea, claramente, una de las “variables” con un importante efecto multiplicador sobre la inclusión financiera, es la educación. Más precisamente, la educación financiera.

La educación financiera puede ser entendida como el proceso que ayuda a los individuos a adquirir un conjunto de conocimientos y habilidades para la adecuada toma de decisiones en el mundo financiero. Y este tema toma una importancia relevante bajo la evidencia de que existen fallas de mercado que limitan la posibilidad que estos conocimientos y habilidades sean adquiridos satisfactoriamente en las diferentes realidades que le toca vivir a las personas. La ausencia de educación financiera impide que los individuos conozcan las ventajas que les puede significar una mayor interacción con la banca; o que ya, en su interrelación con ella, pueda adquirir el producto financiero que mejor se adecue a su realidad económica. Una mayor educación financiera permite también estar convenientemente informado de las diferentes opciones que tiene en el mercado, así como de los pros y contras que trae cada una; es decir, valorar sus beneficios y sus riesgos.

Todo lo anterior, justifica una intervención del Estado para solucionar esta falla de mercado. Dentro de las acciones que se han venido tomando para enfrentar estos problemas han estado las denominadas “estrategias nacionales para la educación financiera”. Estas recogen un conjunto de acciones específicas para dotar de las capacidades y habilidades, con un enfoque que suele abarcar diferentes actuaciones en cada una de las etapas de la vida de un individuo. Una aproximación estadística al impacto de estas estrategias nacionales ha sido desarrollada en un reciente estudio de BBVA Research  basado en datos de la OECD. Así, se puede observar que aquellos países que cuentan con estrategias nacionales de educación financiera ya en implementación registran impactos positivos tanto en educación como en inclusión financiera que casi duplican los de aquellos países que no cuentan una estrategia nacional. Se observa que estos resultados son consistentes incluso cuando se observan en diferentes áreas geográficas. Las estadísticas muestran también que el impacto de estas estrategias es mayor cuando las mismas descansan sobre un marco legislativo de nivel superior.

El rol del Estado en la educación financiera es ineludible, y se debe actuar decididamente. La puesta en marcha de una estrategia nacional soportada por una legislación de primer orden debiera estar en una agenda que realmente quiera mirar el largo plazo.