DavidTuesta
Mirador Económico Por David Tuesta

Qué viviremos más es, sin duda, una buena noticia. Y que ello pueda experimentarse de la mejor forma sería aún más extraordinario. ¿Cuánto más se incrementará la esperanza de vida? En mi post de hace algunas semanas presentaba las conclusiones de algunos científicos que anticipaban que la esperanza de vida se podía alargar varias centurias. Más allá de pronosticar con exactitud el número de años que podamos llegar a vivir, es muy relevante pensar cómo ello transformará a nuestras sociedades. Es decir, el tema no es sólo una preocupación de las compañías de seguros, la salud y las pensiones, sino que también recae en otros ámbitos como, por ejemplo, el mercado del retail o el de real estate. De hecho, empresas como Google a través de su proyecto Calico tiene contratado a los mejores científicos que buscan el entendimiento de los factores que controlan la vida humana.

Y claro, una de las cosas que anticipan todos aquellos que están atentos a este tema son los tremendos impactos que traerán la mayor longevidad sobre las fuerzas de la oferta y la demanda. Es decir, una redefinición de los mercados bajo sociedades muy longevas que alteraran completamente los productos que se demandan, los servicios que se ofrecerán bajo nuevas interacciones sociales. Se prevé, con seguridad, grandes impactos sobre los individuos, familias, empresas  y gobierno.

A nivel individual y de las familias, traerá enormes retos a la composición de los activos a lo largo del ciclo de vida, particularmente en lo relacionado al tiempo en que estos activos estarían invertidos, así como la gestión de estos recursos. Esto será un shock muy fuerte para las sociedades, sobre todo si las políticas públicas no se orientan adecuadamente en generar un marco para el mercado laboral y financiero, que permita que el ahorro-consumo  inter-temporal pueda gestionarse eficientemente.

Hoy, el ciclo de vida ya toma en cuenta etapas que considera la educación pre-escolar, largos períodos educativos, matrimonios cada vez más postergados, múltiples trabajos, pausas laborales, auto-postergación de una etapa plena de retiro del mercado laboral, apoyo al cuidado de los niños y personas más longevas; y finalmente una etapa de retiro que, con todo el alargamiento que ya se ha dado, sigue siendo más prolongada. Imagínense ustedes como cambiara esto a lo largo de este siglo, si por ejemplo en el año 2100 la esperanza de vida al nacer se duplica a, digamos, 130 años. Piense en cuánto más deberemos alargar los años educación para estar adaptados a un mercado que será cada vez más competitivo. ¿Será suficiente estudiar una, dos o tres carreras? ¿Qué tipo de trabajos ofrecerán los mercados laborales? ¿Cuál será la edad oficial para jubilarse? ¿Habrá edad de jubilación?

En cuanto a la organización de la sociedad, cabe prever la disminución del tamaño de los hogares y las familias, así como también la creciente importancia de la edad como criterio de estructuración de las clases sociales. Y pensemos en como mutaran otras instituciones como la familia y el matrimonio. Hoy una persona, que logra conformar un matrimonio de por vida, se  tiende a casar entre los 30-40 años de edad, y puede durar hasta los 30-35 años de matrimonio aproximadamente. Si viviera hasta los 130 años, ¿Cuál cree que sea la probabilidad de casarse a los 40 y continuar con la misma pareja durante 100 años? Muy probablemente, cómo ya es la tendencia actual, los divorcios se multiplicarán, o se terminará redefiniendo el concepto de matrimonio. La edad en que se decidirán a casarse probablemente se postergue más años, y los 70 u 80 años se conviertan en los actuales 40.

Los individuos deberán tomar decisiones de consumo y ahorro a lo largo de un período cada vez más expandido y poder atender las diferentes necesidades y preferencias. Las etapas educativas  necesariamente se expandirán y las políticas públicas deberán implementar modelos educativos que intervengan durante toda su vida, dotando capacidades y conocimiento para participar en el mercado laboral. Y las compañías necesitarán dedicar esfuerzos adicionales y recursos para decidir a quienes contratar y como entrenar a sus empleados durante sus carreras, en un contexto donde ya no existirán contratos fijos.

La decisión de cuando retirarse será fundamental. La incertidumbre respecto a las proyecciones individuales hará el planeamiento financiero muy complicado. Y sobre esto, no queda claro cuál será el rol de Estado y el tipo de apoyo que brindará a los ciudadanos. Sobre esto último, lo que parece claro, es que esquemas del tipo de reparto desaparecerán. El envejecimiento de la población y esperanza de vida incrementa los retos de la sostenibilidad financiera de los esquemas pensionarios y de salud.

La mutación en la composición poblacional, dado el incremento de la proporción de mayores como consecuencia de la baja fecundidad y la expansión de la longevidad, traerá efectos socio-económicos y políticos de gran alcance. Así, se generarían transformaciones importantes en la demanda agregada de bienes y servicios con un viraje hacia preferencias específicas de la población mayor. Ello traerá un enorme impacto en el área política, con la mayor relevancia electoral de los cada vez más longevos, y la importancia que tomen sus exigencias, lo que traerá conflictos entre generaciones. Las sociedades estarán imbuidas en complejas decisiones respecto a la división del tiempo entre trabajo-ocio y los proyectos post-retiro. Las transferencias de la riqueza inter-generacionalmente e intra-generacionalmente demandarán una mayor solidaridad entre las familias.

Es de suma importancia que los actores privados, familias y nuestros responsables políticos, comiencen a pensar en todo ello. Creer que esto es algo para lo que todavía hay mucho espacio de reacción, es la peor de las actitudes.