AlfredoBullard
Prohibido Prohibir Por Alfredo Bullard

La historia se repite. El presidente se rasga las vestiduras frente a la corrupción. Al hacerlo marca distancias con quienes en su momento tuvo cerca, pero que ahora quiere lejos.

Algunos de sus engreídos cercanos en su primer gobierno (Rómulo León o Remigio Morales, por citar algunos) aparecen hoy excluidos de su esfera. A uno lo califico de rata, dejando de lado lo que antes fue lealtad sin condiciones.

Hoy Jorge del Castillo u Omar Quesada (nada menos que los Secretarios generales del APRA) antes cercanos, aparecen ahora alejados, apartados.

¿Coincidencia? No creo. La corrupción es un fenómeno íntimamente ligado al poder. Más poder significa más riesgo de corrupción.

Los funcionarios públicos reciben poder. Y “poder” puede ser entendido como la facultad de decidir sobre la vida y destinos de terceros. En otras palabras el poder de los funcionarios significa decidir sobre lo que no es suyo.

Pero quien decide (el funcionario) es un ser humano con intereses particulares. Tienen familia, amigos y una vida. Las personas tienden a buscar lo mejor para si mismos. Y si puedo obtener lo mejor para mi mismo usando lo que no es mío, en buena hora. Esa es la verdadera fuente de la corrupción: la entrega de poder para que alguien decida sobre lo que no es suyo. Entonces se hace bonito entregar terrenos del Estado que valen millones por bicocas. O regalar pozos petroleros. O desaparecer audios comprometedores. La historia es siempre la misma. Alguien se aprovecha al decidir sobre lo que no es suyo.

La corrupción no es otra cosa que la falta de derechos de propiedad bien definidos, porque el funcionario está en posibilidad de disponer de lo que no le pertenece.

¿Cómo enfrentar el problema de la corrupción bajo este marco? Sin duda hay que imponer sanciones. Pero ello es como tratar de resolver el problema de la viruela sin tener la vacuna. Hay que eliminar lo que origina el problema. Cuando solo nos queda actuar caso por caso ya es demasiado tarde. Y eso es exactamente lo que esta pasando.

Cuando un funcionario de una empresa, vende algo que la empresa ha producido lo llamamos compra-venta. Cuando un funcionario público vende algo que el Estado produce entonces lo llamamos corrupción. La empresa es dueña de lo que produce, los recursos con que cuenta son utilizados entonces para su beneficio. Pero el Estado administra algo que no es de él. Administra recursos y toma decisiones sobre bienes e intereses que no le pertenecen y no me refiero solo a los fondos públicos y a los bienes del Estado, que son de todos, sino además a los bienes y derechos privados sobre los que el Estado pretende tener decisión. Eso pasa cuando se le entrega a alguien la capacidad de decidir sobre todo. “La oportunidad hace al ladrón” y un Estado omnipresente es oportunidad inmejorable de corrupción. Y por eso no es extraño que un presidente omnipresente se rodee de corrupción. A mayor concentración de poder para producir bienes públicos mayor riesgo de corrupción (sino recordemos a la dupla Fujimori-Montesinos). Cuando se decide ampliar el rol del Estado, se generan oportunidades para que haya corrupción. Por eso privatizar es una forma de acabar con la corrupción.

Como se desprenderá de lo dicho, la corrupción no es solo un tema de ética o de cultura. Es un tema de institucionalidad y de reglas de juego. Limites ambiguos entre mercado y democracia conducen a que haya más corrupción. Por esa vía los funcionarios pueden “vender” decisiones que generan utilidades. Si un Ministro o un Magistrado puede, mediante un arancel, impedir la importación de un producto, su decisión influye en qué bienes privados van a estar disponibles. Con ello el productor nacional ganará más y el consumidor perderá dinero. El efecto del arancel es impedir que estén disponibles ciertos bienes privados, y con ello hace ganar a los privados a costa de otros privados. En el camino el corrupto se apropia de parte del excedente que le quita a la víctima del corruptor.

Pero curiosamente no siempre la corrupción es tan mala como parece. Si las regulaciones son malas o absurdas la corrupción es una forma de evitar que se frene la actividad económica. No quiero que se me mal entienda. No quiero decir que la corrupción sea moralmente justificable. Es sólo que si, por ejemplo, para construir una casa los requisitos pedidos por la Municipalidad son ridículamente exigentes, a nivel tal que no se pueden cumplir, la corrupción es una forma de conseguir que se hagan casas. La moraleja de ese supuesto es, entonces, que en lugar de gastar más recursos en sancionar a los corruptos, buena parte de esa corrupción puede ser eliminada eliminando trámites o procesos innecesarios o absurdos. Así como la oportunidad hace al ladrón, el trámite hace al corrupto. Y la simplificación administrativa hace a la transparencia. Reduce poder y generara, sin duda, no solo más bienestar, sino menos corrupción.

Pero hay más. En un interesante trabajo presentado en una reunión del ALACDE (Congreso de la Asociación para Latinoamérica y el Caribe de Análisis Económico del  Derecho, llevado a cabo en Lima en el mes de Marzo del 2004.) Alfredo Canavese, profesor de la Universidad Torcuato di Tella de Buenos Aires, lamentablemente fallecido hace un par de años, sugiere una interesante tesis sobre el problema. Sus estudios demuestran la relación entre la corrupción y el crecimiento económico. Así, a mayor corrupción menor desarrollo.

Pero Canavese anotaba que en los países donde la corrupción estaba organizada en mafias el efecto nocivo era mucho menor. Así, la corrupción organizada es mejor (o menos mala) que la corrupción desorganizada. La explicación es sencilla. Para hacer un trámite (por ejemplo sacar la licencia de conducir) hay que seguir varios pasos a cargo de funcionarios distintos (examen de manejo, examen de reglas, examen médico, etc.). Si cada uno de esos funcionarios me coimea, el precio de la corrupción se multiplica y con ellos las barreras para que los particulares desarrollemos actividades. Por el contrario, si hay una mafia organizada sólo el líder efectúa un solo cobro que luego reparte, este cobro termina siendo menor que el cobro de todos por separado sumados. En la corrupción desorganizada aparecen muchos monopolios en el camino pues en cada paso el funcionario puede vetar alcanzar mi meta final. En cambio, en la corrupción organizada, hay un solo monopolio (controlado por la cabeza de la banda) que me cobra un solo precio por todo. El resultado es que la corrupción cuesta menos y con ello afecta menos la economía.  En términos de lo que decía Mafalda en una de las tiras cómicas de Quino “Si hay algo peor que el crimen organizado, es el crimen desorganizado”.

Y lo que este gobierno muestra es “corrupción desorganizada”, que no solo daña por corrupción, sino por su mediocre desorganización en la que todos están en el plan de “agarra lo que puedas antes que se acabe el gobierno”.

En su estudio Canavese demuestra además que el aumento de costos de sanción a los corruptos no necesariamente reduce la corrupción, sino eleva su precio. Es decir la coima sube, pero la corrupción sigue existiendo. Por ello centrarse sólo en aumentar las sanciones no necesariamente mejora la situación. Sugiere que una medida más efectiva es generar competencia entre “corruptos”. Esto quiere decir que para, por ejemplo, poder sacar una licencia de conducir, se puedan elegir oficinas distintas, de manera que estas compitan entre sí. Si uno cuenta con varias oficinas el costo de corrupción baja porque “a mayor oferta baja el precio”. Así una oficina única genera una “coima monopólica” que es aún peor que una “coima competitiva”. Se puede incluso eliminar la corrupción al generar parámetros de comparación entre oficinas, lo que hace más transparente el mercado y por tanto detectable la corrupción.

Pero parece que eso es mucho pedir. La historia se repetirá una y otra vez. Seguimos pensando que combatir la corrupción es cambiar conciencias o meter presas a las personas, cuando combatir la corrupción es cambiar las reglas para eliminar los incentivos que la generan. Y para ello la respuesta es limitar el poder. La corrupción seguirá rondando a Alan mientras que él y sus funcionarios no sean menos poderosos. Mientras ello no pase Alan tendrá que condenar a sus cercanos ex colaboradores al ostracismo luego de una temporada de leal y fraterna cercanía.