Reflexiones de política monetaria Por Alexander Müller

Cuando una economía se desacelera, la respuesta natural –y la más sana, de hecho, porque no requiere intervención– es abaratar sus productos de exportación para impulsar la demanda externa, y así ‘robar’ crecimiento al resto de países. ‘Robar’ obviamente es una metáfora; como robar cartas en un juego de póquer. En principio, esto puede lograrse por dos canales: dejando que se deprecie el tipo de cambio nominal (moneda nacional perdiendo valor = moneda extranjera ganando poder de compra) y/o reduciendo los precios domésticos.

Por ejemplo, la eurozona ha sufrido mucho en los últimos años porque no puede hacer lo primero. Alemania y Grecia comparten la misma moneda (el euro), por lo que gran parte del ajuste (sobre todo en los países más golpeados) se ha tenido que dar a través de una fuerte caída en el nivel de precios, lo cual es más doloroso para la gente. Y también más peligroso para la economía, considerando que se corre el riesgo de entrar en una espiral deflacionaria (círculo vicioso de menores precios y mayor desempleo).

Un precio clave en la economía son los salarios. Si las empresas no pueden reducirlos –o despedir/contratar empleados con agilidad– para acomodarse a las desaceleraciones económicas severas, el resultado final puede ser desempleo masivo, porque las empresas terminan quebrando (como sucedió en Grecia, España, etc.). Ese tipo de rigidez laboral, según Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE), magnifica las recesiones, y representa uno de los problemas más graves de Europa en la actualidad. Lo dejó claro en la última conferencia de Jackson Hole (agosto 2014), el foro anual de política monetaria más importante del mundo que organiza la Fed (ver discurso completo aquí).

Ciertamente desde que asumió el cargo, Draghi se ha caracterizado por haber dado la contra a Alemania –el país más poderoso e influyente de la eurozona– en más de una ocasión (por ejemplo, ante la negativa alemana de lanzar el programa de “quantitative easing”, que ayudaría principalmente a los países miembros más golpeados), lo cual resalta la independencia del BCE. El punto es que el hecho de que una de las instituciones más despolitizadas y técnicas del mundo tenga un discurso tan tajante sobre un problema (la rigidez laboral) que aqueja a su jurisdicción (Europa) desde hace más tiempo que a cualquier otra región, debería retumbar en eco –con un mensaje de “no tropezar con la misma piedra”– en los demás países.

El Perú, por su parte, no tiene un tipo de cambio muy flexible, porque el BCR realiza intervenciones cambiarias para suavizar las variaciones de esta variable (principalmente buscando evitar efectos patrimoniales negativos en empresas y familias, causados por la depreciación del sol en un contexto de dolarización parcial). Esto limita el primer canal de ajuste que se menciona en el primer párrafo (variación del tipo de cambio nominal).

Sobre el segundo canal (variación del nivel de precios), afortunadamente desde los noventa ningún gobierno peruano volvió a controlar precios, lo cual hubiese dejado a la economía prácticamente sin mecanismos de ajuste (salvo artificiales) y perfilada para implosionar (como de hecho sucedió a fines de los ochenta). Hoy el marco macroeconómico es inmensamente más robusto. Sin embargo es posible que la falta de flexibilidad cambiaria y la rigidez del mercado laboral estén retrasando el ritmo al que la economía peruana se ajusta a las desaceleraciones económicas.

En el campo laboral, la evidencia que demuestra la rigidez del mercado de trabajo peruano es contundente. Hace un par de semanas se publicó el reporte “Artículo IV del Fondo Monetario Internacional para el Perú” (ver reporte completo), en el que realiza un diagnóstico anual sobre la mayoría de economías. La información a la fecha muestra que los costos no salariales que pagan las empresas por los trabajadores en el Perú (contribuciones sociales, gratificaciones, vacaciones, entre otras) son proporcionalmente bastante más altos que en otros países latinoamericanos (casi el doble que en Chile y México, expresados como porcentaje del salario promedio).

Otros estudios –como el Doing Business (DB) del Banco Mundial y el Global Competitiveness Report (GCR) del Foro Económico Mundial– proveen información sobre la dificultad para contratar y despedir en el Perú (puesto 130 de 144 países en el ranking de prácticas de contratación y despedido, estudio GCR 2014-2015). La lectura es la misma: el mercado laboral peruano es rígido, ya sea comparado contra Latinoamérica o contra el resto del mundo.

Gráfico: Tipo de cambio real efectivo (barras van del percentil 10 al 90 para obviar valores extremadamente bajos/altos, 100 = mediana de 10 años), eje invertido (mientras más alto el nivel, más fuerte el tipo de cambio)

cuadro

 

El mensaje principal de esta columna es que a la economía peruana parece estar costándole acomodarse a la parte baja del ciclo económico, posiblemente por falta de flexibilidad cambiaria y tal vez también por un ajuste lento en los precios derivado de la rigidez del mercado laboral. De hecho los dos canales de ajuste descritos en el primer párrafo –las variaciones del tipo de cambio nominal y el nivel de precios– no son otra cosa que el proceso de ajuste del tipo de cambio real (matemáticamente igual al tipo de cambio nominal, multiplicado por los precios extranjeros, y dividido por los precios domésticos). Evidentemente el tipo de cambio real está sobrevaluado (o, dicho de otra manera, los dos ajustes mencionados no se han dado significativamente). Esto se refleja en el nivel actual del tipo de cambio real,  cercano a sus niveles más fuertes de los últimos diez años (ver gráfico) en contraste con otros países latinoamericanos donde está pegado a los niveles más débiles (según la teoría de “paridad de poder de compra” debería ser más o menos constante en el largo plazo).

Un déficit en cuenta corriente más abultado (la balanza comercial del primer trimestre del 2015 es la más negativa en la historia del Perú); manufactura peruana en recesión (a pesar de que la economía de EEUU –principal socio comercial del Perú en manufacturas– ha venido agarrando tracción); entre otros indicadores, también sugieren que el tipo de cambio real está sobrevaluado. Así, con una economía que se ajusta menos ágilmente a los choques macroeconómicos, el manejo de la política monetaria –cuyo objetivo es mantener la inflación en la meta, el crecimiento económico a nivel potencial y los desequilibrios externos relativamente cerrados– se vuelve más difícil.