Riesgo político

9 Feb 2017

Círculos corruptos en el Perú: del fujimorato al caso Lava Jato

El principal riesgo político de la actual coyuntura es que el sistema se desgaste hasta que se haga insostenible. Depende de la élite peruana en su conjunto que el momento se supere.
Círculos corruptos en el Perú: del fujimorato al caso Lava Jato
(Fotomontaje)
Por José Carlos Requena

Con el caso Lava Jato en sus pasos iniciales, incluida una orden de detención del expresidente Alejandro Toledo, el país parece haber regresado circularmente a épocas que parecían superadas. El título original del libro de Alfonso Quiroz (Corrupt Circles: A History of Unbound Graft in Peru, publicado en Lima como historia de la corrupción en el Perú, IEP-IDL, 2013) resulta muy preciso.

De corrupción sistémica a corrupción generalizada

La corrupción de la década de los noventa, instalada a la sombra de un régimen autoritario con ropajes democráticos, reposaba sobre un amplio sistema de control de las principales instancias de poder (Ejecutivo, Legislativo, electoral, Judicial, medios, empresas, Fuerzas Armadas) del que favorecía una cúpula. Era ‘sistémica’, para usar el término empleado por la Iniciativa Nacional Anticorrupción, el grupo de trabajo instituido por el gobierno de Valentín Paniagua.

En el momento actual, en cambio, la corrupción parece generalizada: no se requiere ser parte de un régimen o partido. Es sustentada en una democracia de baja intensidad, en que los poderes son autónomos, aunque con bajos índices de legitimidad.

De una retórica antipartidos a un consenso propartidos

La corrupción de los noventa abarcaba a un solo sector político –un conservadurismo autoritario y popular, semiliberal en lo económico–, a pesar de sucesivos cambios de nombre. Existía, además, una retórica antipartidos. A pesar de ello, el régimen contaba con mecanismos ‘clientelares’ propios de partidos populistas extendidos.

La corrupción del nuevo milenio, en cambio, abarca a casi la totalidad de partidos, de un sistema de partidos endeble surgido tras la caída del fujimorato, en que la necesidad de organizaciones políticas fuertes era parte del consenso mínimo. El Acuerdo Nacional, por ejemplo, reposa en los partidos; mientras que, en el 2003, el Congreso aprobó la primera Ley de partidos políticos.

El sacudón de los primeros meses

Aunque desde inicios de la década de los noventa había serias denuncias de corrupción, el estallido final se dio recién en septiembre del 2000, cuando Alberto Fujimori no tenía ni dos meses de haber iniciado (de manera accidentada) su tercer período.

Pedro Pablo Kuczynski derrotó a la hija de Fujimori en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del 2016, entre otras cosas, con una retórica anticorrupción. El estallido del caso Lava Jato se da cuando tiene menos de seis meses en el poder y toca un momento (2005) en que él había sido primer ministro del gobierno de Toledo. Cuando se sabe poco de lo que vendrá, su aprobación popular es declinante.

Del Estado privatizador al Estado tecnocrático

El Estado que legó Fujimori fue muy distinto del que encontró. Sólo entre 1990 y 1998, salieron del sector público cerca de 120,000 trabajadores, en gran parte debido a los procesos de privatización. Espacios de corrupción en muchas agencias gubernamentales (incluso los contralores de la época de Fujimori terminaron inmersos en procesos penales) convivían con lo que sería la base del ‘Estado tecnocrático’ que se consolidó en el nuevo milenio.

El Estado que acompañó la expansión económica del nuevo milenio se basó en los rezagos no contaminados de la tecnocracia de los noventa. Al crecer de manera desmedida, ha despertado un desorden laboral, del que el régimen CAS es el principal símbolo: el Estado tiene flexibilidades negadas al sector privado.

De la tecnocracia gobernada a la tecnocracia gobernante

En los noventa, la tecnocracia estuvo supeditada al poder político, que muchas veces impuso medidas populistas ajenas al dictado del credo liberal. Cuando estallaron los ‘vladivideos’, fueron las cabezas políticas las que rodaron.
La tecnocracia que ha sido testigo del caso Lava Jato es la única gran continuidad entre el 2005 y el 2014. De alguna manera, era una tecnocracia gobernante, que supeditaba a políticos débiles a su dictado. Fernando Vivas los ha llamado “el piloto automático”.

Por qué el caso Lava Jato es tan corrosivo

Vistas las comparaciones, podría concluirse que no hay mayor diferencia entre vivir bajo un régimen autoritario o uno democrático. No es descabellado pensar en la consolidación de un caldo de cultivo que propicie una elección del bicentenario con candidatos absolutamente imprevistos. Ello si se descarta algún escenario extremo, que no se puede descartar del todo. He ahí lo corrosivo del caso: la legitimidad que dan las urnas en democracia es arrebatada por las prácticas corruptas que se han dado al amparo de elecciones libres.

El principal riesgo político de la actual coyuntura es que el sistema se desgaste de tal manera que se haga insostenible. En gran medida, depende de la élite peruana en su conjunto (política, empresarial, periodística, intelectual) que el momento se supere. Esta élite, hoy algo silente, debe dar mayor espacio y relevancia a aquellos actores que no hayan sido tocados por las prácticas ilícitas: los que estén fuera de los miserables círculos corruptos.

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