José CarlosRequena
Riesgo político Por José Carlos Requena

La larga huelga de los maestros no hace más que graficar lo complejo de la actual representación política formal. Desafía a los actores políticos a una sensibilidad y sensatez para la que, lamentablemente, se han mostrado reiteradamente ineficaces. Aunque las críticas suelen centrarse en el rol desempeñado por presidente Pedro Pablo Kuczynski (PPK) y su alienado entorno, la gran distancia que separa los problemas y las soluciones planteadas no es exclusiva del Ejecutivo.

Los pepinos de PPK

Desde que se instaló en el poder, el presidente PPK ha consolidado una larga lista de dislates, que muestran un agudo desapego a los modos políticos, en que la paciencia se suele conjugar con el pragmatismo. En una reciente entrevista dada al semanario Caretas, reitera el poco agrado que esta actividad le causa, hecho extraño en una persona que ostenta el cargo más político de la nación. Para el presidente, la política que muchos le piden ejercer es irrelevante. Para el “peruano que va en su combi al trabajo [la política] le importa un pepino”, según Kuczynski.

Esta cerrazón, que lo mantiene ajeno a las demandas de la población, explica, de alguna manera, muchos de sus problemas. Sin negar el peso de la economía, y luego de su larga carrera cercana a asuntos de gobierno, al presidente ya debería haberle quedado claro el valor de política como posibilitadora de escenarios propicios para la promoción de la inversión y el desarrollo.

La renovación sin cambios

La obstinación grafica también otro hecho para muchos inexplicable: la persistencia en hacer que su trabajo repose en un número limitado de personas. El gabinete, por ejemplo, aunque ha sufrido hasta nueve cambios, no ha sido realmente refrescado. Sólo uno de los nueve cambios proviene realmente de un actor externo (Salvador del Solar), mientras los otros ocho son enroques (Jorge Nieto, Bruno Giuffra, Cayetana Aljovín y Fernando Zavala), destaques (los congresistas Pedro Olaechea y Ana María Choquehuanca) o promociones (Marilú Martens y Fiorella Mollineli) de colaboradores del régimen.

El primer poder sin poder

Pero, como se dijo antes, esta enajenación no es exclusiva del régimen. La mayoría opositora en el Congreso parece no tener rumbo. Además de no plantear una agenda legislativa clara, ha dejado pasar un número limitado de propuestas del Ejecutivo para ser debatidos por el Pleno (42 de 120), lo que contradice la supuesta colaboración que le ha brindado a la administración Kuczynski. A ello se suma la carencia de lo que podría llamarse “gabinete en la sombra”, que hace que la etiqueta de presidenciable le quede aún grande.

Además, la popularidad estable de Keiko Fujimori no se condice con el grado de confianza que genera. Aunque su aprobación se mantiene en torno a un estable 40%, no termina de generar total confianza en la ciudadanía. Por ejemplo, en torno a las acusaciones de haber recibido fondos de parte de Marcelo Odebrecht, un porcentaje muy reducido de encuestados por Ipsos Perú (entre el 61% que manifestó estar informado) cree que no recibió dinero (14%), frente a una abrumadora mayoría (76%) que cree sí lo hizo.

La izquierda sin cura

No es menos desoladora la situación en el sector progresista. La izquierda que llegó al Congreso con nombre y apellido tras veinte años de ausencia (y sin subida al coche del mal menor de turno: Javier Pérez de Cuéllar, Alejandro Toledo, Ollanta Humala, sucesivamente), rápidamente se ha partido. Sus principales voceros, a uno y otro lado del frente, han llegado a disputas con tintes personales, que poco aportan a la propuesta que presentan.

Tradiciones peruanas

Los partidos políticos tradicionales, surgidos antes de 1990, tampoco llegan a cuajar una representación sólida. En el caso de Acción Popular y el Apra, sus disciplinadas bancadas parlamentarias no lograron silenciar las cruentas disputas internas. Del PPC se sabe poco. Es incierto lo que vaya a pasar con miras a las elecciones subnacionales de 2018.

Hablándole a la pared

Todo lo anterior hace que no sean sorpresivas las cifras sobre la influencia de colectivos: medios, protestas y partidos. Si bien estas se han deteriorado entre agosto del 2016 y 2017 para todos los actores, en el caso de los partidos políticos la cifra es particularmente preocupante. Sólo algo más de un tercio de los encuestados (36%) cree que éstos, que dominan el Congreso y el Poder Ejecutivo, tienen “mucha influencia”, detrás de las protestas (44%) y muy rezagados respecto a los medios (71%).

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Este hecho debería llamar la atención de las élites nacionales (política, económica, social, cultural; partidarizada e independiente). Además, interpela sobre los esfuerzos de reforma política llevados a cabo desde el Parlamento, centrados en los partidos políticos. Quizás tan importante como lograr la democratización interna de los partidos y transparentar su financiamiento es modificar la situación actual en que la ciudadanía parece hablarle a la pared cuando se dirige a los funcionarios elegidos con el voto popular.

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