José CarlosRequena
Riesgo político Por José Carlos Requena

El recurrente debate al interior del fujimorismo parece limitado a un contraste entre objetivos (preservar el legado de los noventa versus forjar una agrupación para el siglo XXI, desde cero) –con sus indudables pasivos– o, en el mejor de los casos, estilos de liderazgo (el coqueteo plural contra el gesto adusto que busca ganar autoridad). Aspirar a un debate ideológico puede resultar ingenuo. Pero, ¿es tan poco lo que se puede esperar de la fuerza política más importante del país?

El discreto encanto de la progresía

Celebrado por muchos, el hiperactivismo de Kenji Fujimori le ha permitido ubicarse en un expectante lugar. La reciente Encuesta de Poder de SEMANAeconómica e Ipsos lo incorpora al top 30 de personas influyentes y lo ubica como la novena persona con mayor poder en el país, casi equidistante a su influyente hermana Keiko Fujimori (segunda, al igual que en 2016) y a su padre Alberto Fujimori (décimo quinto, once puestos más que en 2016).

Fuera del fujimorismo, sus gestos son leídos con entusiasmo aún por sectores que le han sido tradicionalmente adversos. A mediados de julio de 2016, cuando se realizaban los preparativos para la instalación del Congreso, la progresista Marisa Glave, entonces parte del Frente Amplio, decía “ojalá que no sea él, Kenji (el que nos tome el juramento)” en rechazo a tal posibilidad. Hace unas semanas, en cambio, Glave le cedió tiempo para que Fujimori pudiera gritar su silencio contra el remake de la ley anti-tránsfuga.

Más allá de la comisiones, todo es ilusión

Kenji, pues, parece más exitoso fuera del fujimorismo: persuasivo ante quienes difícilmente voten por él. Dentro de la bancada, en cambio, no ha tenido la misma fortuna. Ninguno de los congresistas cercanos a él (dicho sea de paso, muchos menos de los que sus más entusiastas promotores creen) tiene alguna presidencia de las 13 comisiones que controla el fujimorismo. El propio Fujimori está suspendido, y su poder en el Parlamento se limita a gestos mediáticos.

El hombre que no podía irse

Además, se ha discutido mucho sobre las potencialidades de Kenji Fujimori fuera de Fuerza Popular. Fujimoristas de larga data, aunque ajenos a la bancada, no dudan en garantizar la facilidad con que Fujimori podría conseguir firmas para formar un nuevo partido.

Analistas ajenos a toda sospecha sobre un potencial (o tardío) fujimorismo, como Mirko Lauer, ensayan recomendaciones en La República (21/09/17) al menor de los Fujimori, avizorando una potencial separación: “Kenji Fujimori tiene que encontrar un papel más estable que el de disidente gracioso, si quiere ser algo más que el paladín de la libertad de su padre. Una expulsión podría ser lo que le abra la puerta a ese camino”.

Pero la historia reciente muestra la poca fortuna que han tenido los disidentes. En los ochenta, Andrés Townsend dejó el Apra tras las disputas posteriores a la muerte de Haya de la Torre con el sector liderado por Armando Villanueva. Si bien no dejó la política, nunca volvió a tener el brillo que exhibió en el viejo partido de Alfonso Ugarte. Un destino similar tuvo Alfonso Barrantes, líder de la Izquierda Unida (IU) durante los ochenta, que a la cabeza de la Izquierda Socialista obtuvo solo el 4.8% de los votos para la elección presidencial en los emblemáticos comicios de 1990.

Más recientemente, Ántero Flores Araoz ganó con el Partido Popular Cristiano (PPC) cinco de los ocho procesos electorales en los que participó entre 1986 y 2001; el restante lo hizo como invitado en Perú Posible en 2000, sin haber renunciado al PPC. Sus intentos fallidos se dieron antes de que se incorporase al PPC, en 1985, y en su reciente candidatura a la presidencia liderando Orden, en 2016, cuando sólo obtuvo el 0.43% de los votos.

Fuera de Fuerza Popular, el “fenómeno capaz de sorprender en términos electorales en la venidera carrera presidencial” que ve Juan Carlos Tafur (El Comercio, 03/10/2017) parece algo lejano. Si sirven de guía los antecedentes enumerados, resulta poco promisorio el escenario de una disidencia.

El fujimorismo sin Fujimoris

Al interior mismo del fujimorismo (aquella identidad política aún amorfa que podría ser descrita, gruesamente, como un “populismo de derecha”), los esfuerzos disidentes no han prosperado o han sido bastante limitados. Los rezagos de lo que fue Cambio 90 sobreviven con nombres versátiles, mientras figuras notables del fujimorismo en los noventa (como Absalón Vásquez) y fujimoristas tardíos (como Jesús Paco Castillo o Carlos Raffo), siguen su vida política y su quehacer público desde iniciativas distintas a Fuerza Popular.

Compárame

Electoralmente, ¿qué han significado Keiko Fujimori y su hermano Kenji? Keiko no sólo fue primera dama tras la consumación de la ruptura de la pareja Fujimori-Higushi, sino que, a diferencia de su padre, permaneció en el país en la época que los fujimoristas llaman “la persecución”. Esta etapa concluyó con la elección de trece fujimoristas en el Congreso, en 2006, liderados por Keiko Fujimori. En ese entonces, la hoy lideresa del partido tuvo una campaña supeditada a la candidata presidencial de entonces, Martha Chávez (Alianza por el Futuro), lo que no le impidió ser la congresista más votada en el país y, en consecuencia, en Lima. Sus 602,869 votos preferenciales significaron más de tres cuartos (77%) del total del voto congresal fujimorista en Lima (783,314).

VotoFujimori2006 (1)

En cambio, el desempeño de Kenji parece haber sido impactado por el rol de candidata presidencial asumido por Keiko. No se explica de otra manera el deterioro relativo en cuanto a votos preferenciales obtenidos por un Fujimori respecto al total de votos alcanzados por el partido en su conjunto en Lima. En 2011, con Fuerza 2011, Kenji alcanzó 381,049 votos, lo que significó el 36% del total de su partido en su distrito electoral (1’071,596).

VotoFujimori2011 (1)

Cinco años después, esta vez con el actual nombre de Fuerza Popular, el caudal se redujo a 326,037, 20% de la arrolladora votación parlamentaria obtenida en Lima (1’595,499).

VotoFujimori2016 (1)

Otra interpretación, promovida sobre todo por el sector leal a Keiko, es la mayor representatividad de ella, en comparación con Kenji. Pero hace falta una indagación más fina para sustentar esta hipótesis.

Tan poco

Lo cierto es que, en la disputa al interior del fujimorismo, no han primado más que consideraciones personales o de matiz, y no un enfrentamiento con ribetes ideológicos o al menos programáticos. Así, lo que se ha visto es poco. ¿Vale la pena esperar más del grupo político más relevante? ¿O hace falta, más bien, algo de realismo y acostumbrarse al tan poco trascendente debate?

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