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Riesgo y retorno Por Alfonso Montero

A inicios de 2018, la noticia de que un tribunal de apelaciones ratificó la condena por corrupción del expresidente Luiz Inácio “Lula” da Silva generó un rally en los mercados financieros de Brasil. El índice IBOVESPA subió, el real brasileño se apreció y los spreads crediticios se apretaron. Lo mismo ocurrió hace unos meses con los activos chilenos, cuando Sebastián Piñera derrotó a Alejandro Guillier en la segunda vuelta de la elección presidencial. Subieron también los activos argentinos luego de que el partido de Mauricio Macri ganara más escaños que los esperados en las elecciones legislativas en octubre pasado.

Estas reacciones del mercado tienen un denominador común: en todos los casos perdió el grupo político de izquierda. El caso de la última elección presidencial del Perú es especialmente ilustrativo. Los activos subieron luego de la primera vuelta electoral, cuando quedó claro que la izquierda estaba fuera de carrera. No hubo mayor reacción luego de la segunda vuelta. En general, al mercado le da igual el centro o la derecha. Lo único que no quiere, a lo largo de todo este vasto continente, es que la izquierda llegue al poder.

Esta desconfianza no se repite a nivel global. El mercado alemán no se desplomará el día que el SPD llegue al poder, ni el español la próxima vez que lo haga el PSOE. Se puede argumentar que la distancia entre estos partidos políticos con los de nuestro país es la que media entre la Premier League y nuestro escuálido Descentralizado. Pero los partidos de centro/derecha de nuestra región no son más sólidos institucionalmente que los de izquierda, y aun así tienen la ventaja de no generar desplomes financieros con regularidad. Con lo cual cabe preguntarse si esta situación de desconfianza de los operadores del mercado financiero hacia los grupos políticos de izquierda es productiva para la propia izquierda.

La primera consideración es que los participantes del mercado no tenemos necesariamente una inclinación de política de derecha. Ocurre que nuestro deber fiduciario es proteger el capital de los clientes, sean afiliados de un fondo de pensiones, partícipes de fondos mutuos o patrimonios institucionales. La experiencia empírica enseña que la sola posibilidad de que la izquierda gane una elección en Latinoamérica gatilla la devaluación de la moneda, la caída de la bolsa y el encarecimiento del crédito. Los analistas automáticamente proyectan reducciones en el crecimiento del PBI y alza del déficit fiscal. Un administrador de fondos puede perfectamente (y varios lo hacen) preferir que gane la izquierda, pero también sabe que el impacto inmediato en los activos financieros será negativo. Y si todavía existe un administrador de portafolio que piensa que los mercados van a subir como consecuencia de una eventual victoria de Gustavo Petro o Andrés Manuel López Obrador, le auguro una corta carrera. Parafraseando a Mao, no importa que el portfolio manager sea capitalista o comunista, lo importante es que no pierda tu plata.

Esta desconfianza del mercado es contraproducente para los grupos políticos de izquierda. Tras ganar la elección, el gobierno asume el poder con desventaja, y muchas veces enfrenta aumentos de la inflación (vía devaluación) y enfriamiento económico (vía deterioro de expectativas). Los gobiernos de no-izquierda (no solo los de derecha sino los de centro también), por el contrario, se benefician con flujos de capitales y condiciones financieras más benignas.

¿Qué pueden hacer los grupos de izquierda para ganarse el beneficio de la duda? El mercado detesta la incertidumbre. Y la izquierda latinoamericana grita incertidumbre por los cuatro costados, al menos en aquellos países que se encuentran entre el Río Grande y la Patagonia. El temor va desde el deterioro de las cuentas fiscales y la actitud hostil hacia la inversión privada, hasta ese misterio envuelto dentro de un enigma que es la naturaleza de la Nueva Constitución que, ahora sí, destruirá el modelo neoliberal y nos conducirá sin escalas a la tierra prometida. Esta retórica tremendista no es patrimonio de los países menos desarrollados. Hace pocos años, Jaime Quintana, senador por el Partido Socialista de Chile, aseguró que el gobierno de Michelle Bachelet utilizaría una “retroexcavadora” para “destruir los cimientos anquilosados del modelo neoliberal”. Me pregunto, ¿no sería posible proponer una agenda redistributiva que reduzca la desigualdad social, pero sin la necesidad de tirar por la borda todo lo avanzado, como la estabilidad fiscal y monetaria, por ejemplo?

Iniciando el 2018, América Latina está con condiciones externas muy favorables para el crecimiento. Enfrenta también el calendario electoral más cargado de los últimos tiempos. Brasil, México y Colombia tendrán elecciones presidenciales. Mi evaluación de las propuestas de la izquierda en estos países se resume en cuatro palabras: más de lo mismo (en el Perú, la izquierda hace poco volvió a exigir –¡sorpresa!– una Nueva Constitución). La estrategia de inversión es sencilla: los activos latinoamericanos presentan una gran oportunidad de crecimiento y apreciación, pero habrá que tener el dedo en el gatillo para vender a tiempo ante la eventualidad de resultados electorales adversos, lo cual, en buen cristiano, quiere decir que gane la izquierda. Como titula HSBC su reporte sobre mercados emergentes en el 2018: “Disfruta la fiesta, pero mantente cerca de la salida”.

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