AlbertoArispe
Viva la Bolsa Por Alberto Arispe

Soy hincha de Universitario de Deportes. Antes, hace muchos años, iba al estadio regularmente y seguía al equipo con fervor. Asistía  a la Trinchera Norte, donde, además de alentar a los nuestros, saltaba, gritaba, vociferaba frases y canciones poco amables hacia el equipo rival. En esa época, fines de los ochenta e inicios de los noventa, George Forsyth ya tenía entre ocho y doce años y seguramente ya era un apasionado de su querido equipo Alianza Lima.

Hoy, unos treinta años después, me declaro hincha de George Forsyth. No del arquero, sino del alcalde, del político, del líder. El joven alcalde de 36 años está haciendo lo que, en mi opinión, deben hacer todos los ejecutivos en el país: cambiar el Perú, romper el status quo, luchar contra la informalidad, luchar contra la corrupción y luchar contra la inacción.

Tiene razón el exseleccionado nacional. Los peruanos nos hemos acostumbrado a vivir de cierta manera. Nos hemos acostumbrado a vivir en la informalidad. Es normal que las personas lleguen tarde. Es normal que las personas se estacionen en el carril derecho de una avenida, donde está prohibido porque perjudica a los demás. Es normal que hayan combis, colectivos y cústers que se caen a pedazos. Es normal que las combis/cústers acumulen millones de soles en papeletas sin pagar y nadie pueda hacer nada. Es normal que las personas le peguen/griten/falten el respeto a la policía. Es normal que si yo quiero vender algo salgo a la calle, me siento en la vereda o en la pista y me pongo a vender pues. Y es normal que las personas le compren a los ambulantes, porque es más barato o porque les da flojera ir a una tienda formal. Nadie respeta a la autoridad. Nadie respeta al prójimo. Nadie se y respeta a sí mismo. La informalidad trae desorden, suciedad, corrupción, y más desorden. Eso afecta negativamente la autoestima de todo ser racional. Es un círculo vicioso, difícil de romper.

Pero para eso estamos, dice George Forsyth, estamos para cambiar las cosas. Como dijo el presidente John Kennedy cuando le preguntaron por qué quería ir a la luna si era un objetivo tan difícil: “estamos pues justamente para hacer cosas difíciles, solo los mediocres se ponen metas fáciles”.

Y cambiar La Victoria es un objetivo muy difícil. Sacar a los ambulantes de Gamarra de manera permanente es muy complicado y en eso estamos. Poner orden en el Cerro El Pino, más aún. Pero el joven político parece no cansarse. Parece no asustarse. No ‘arruga’. Ya sacó a los ambulantes de Gamarra y ya anunció que ahora se “levantará” a todos los carros mal estacionados. ¿Será de verdad?

Siempre pensé que luchar contra la informalidad de los ambulantes y el transporte público debería ser un objetivo principal del gobierno central, no solo de la municipalidad. Y es que la informalidad promueve el desapego a la ley. El informal vive una cultura de hacer lo que le da la gana. La clásica respuesta del ambulante es “déjenme trabajar pues, si no trabajo en la calle, tendré que robar”. Amenaza a la autoridad. Se burla de ella cuando ésta quiere imponer el orden. No escarmienta y vuelve a la carga, cuando ésta se distrae. El ambulante busca que se le tenga pena, pero es un comerciante como cualquier otro que simplemente se acostumbró a obtener ganancias a bajo costos (pues no paga alquiler de local, no paga impuestos, no tiene trabajadores, no paga permisos a la municipalidad) y crea externalidades a la sociedad que destruye valor para todos, incluyendo para el ambulante mismo, aunque él/ella no se dé cuenta.

Hace unos días leí en una encuesta local que el 84% de la población de Lima señala estar a favor de la intervención en Gamarra y en contra de que el ambulante esté en la calle.  Esto me resulta contradictorio. Si la mayoría está en contra de que los ambulantes estén en la calle, ¿por qué la mayoría le compra a los ambulantes? Si ese 84% no les comprara, no habría demanda por sus productos y estos dejarían las calles.

La triste verdad es que el peruano promedio busca un menor precio sin importarle las externalidades que producen los que le ofrecen estos bienes. Mucha gente prefiere ir en una ‘combi’ destartalada, con un chofer sin brevete, que mata personas, pagando “una china”, que en un bus seguro, pagando S/1.50. Y no estoy hablando de personas que no tienen el dinero para pagar S/1.50, que viven en la extrema pobreza. La mayoría de limeños no viven en la extrema pobreza y lo pueden pagar, pero prefieren lo más barato. Las personas no valoran su vida ni el daño que se hacen a sí mismos dándole negocio al informal. Lima sería otra si ese 84% no consumiera informal.

Y no es cosa sólo de las personas que viven en los sectores socio económicos D y E. Hace poco iba caminando por un ‘pituco’ centro empresarial en Surco y me tope con una ambulante. Es la primera que aparece en ese parque. Se para todas las mañanas con su canasta y vende sánguches de desayuno. Los trabajadores se paran y compran felices. Es más barato que en la panadería o tienda a escasos metros. Así empezó todo, pensé. Con un ambulante. Como hay demanda, luego aparece otro y así. Los culpables son todos los que compran estos productos, que irónicamente son los que se quejan del caos que causan los ambulantes.

Y obviamente las autoridades no han hecho nada al respecto. No se hacen respetar. Un policía nacional, un sereno, un alcalde, se debe hacer respetar. El diálogo tiene un límite. Y ese límite se cruza cuando la persona no respeta las normas establecidas. Ocurre en La Victoria, en Lima, en Surco, en Las Bambas, en todos lados. Hay tiempo para dialogar y hay tiempo para hacer respetar la ley. Y en el Perú, hace rato, se debió pasar del diálogo a imponer la ley.

Necesitamos proactividad de nuestros alcaldes y de nuestro gobierno nacional. Los alcaldes deben aprovechar el impacto positivo que están provocando George Forsyth y su equipo, y luchar contra la informalidad en sus distritos. Contra los ambulantes, los carros mal estacionados, las combis, las pistas con hueco, la basura, etc.  Queremos menos floro barato y más acción. Un ejecutivo debe ejecutar. Que se ejerza la ley. Que la autoridad se haga respetar. Que el formal vea los beneficios de ser formal, y que el informal vea el perjuicio de ser informal.

¿Qué tiene que ver esto con la bolsa de valores? Nada y todo. Nada, porque el hecho de que George Forsyth recupere las calles de La Victoria, luchando contra los ambulantes, arriesgando su vida, no va a hacer que el precio de las acciones/bonos suba en el mercado. Tampoco logrará que se aprecie el sol o que bajen las tasas de interés de los bonos soberanos peruanos. El mercado ya descontó que el Perú es un país informal, que la informalidad irá bajando lentamente y que demorará décadas, en el mejor de los casos, para que los vecinos recuperen sus calles y para que los trenes y ómnibus formales destronen a las combis.

Todo, porque si el alcalde de La Victoria tiene éxito y a él se suman el alcalde de Lima y los alcaldes de la mayoría de distritos imitándolo de manera planificada, Lima cambiará más rápido de lo que el mercado espera. Y cambiará para bien. La gente estará más contenta. Habrá optimismo. Será un mejor lugar para vivir. Habrá más comercio formal. El Estado recaudará más impuestos y todos, hasta los mismos exambulantes, vivirán mejor.

Ello elevaría el precio del metro cuadrado de las propiedades en toda la ciudad, especialmente en los distritos donde hay más ambulantes, beneficiando a los vecinos. Ello motivará el desarrollo del real estate, la construcción de nuevas viviendas, y este sector es un multiplicador importante de la economía y generador de empleo masivo.

Asimismo, habría un impacto directo sobre el ánimo de la población, tan venido a menos por el desorden y el caos.  Cuando uno ve que nadie respeta a la autoridad, uno se deprime y teme, pues el riesgo de que no se respete al prójimo es mucho mayor. A nadie le gusta vivir en el caos, ni al ambulante, si supiera que se puede vivir mejor.

El entusiasmo que provoca cambios positivos en el día a día de la gente es muy importante y tiene un efecto multiplicador significativo en temas políticos, sociales, culturales y, sobre todo, económicos. En vez de conversar siempre sobre el desastre del tráfico o de cómo nadie respeta a la autoridad, las conversaciones podrían girar alrededor de qué reformas estructurales tenemos que hacer en sectores de justicia, educación, seguridad ciudadana, salud e infraestructura.

Si todo esto ocurriera, los precios de todos los activos nacionales subirán poco a poco porque los flujos de caja futuros que podrían generar el real estate, las acciones, los bonos, los pequeños negocios, entre otros, serán mayores y también el crecimiento potencial de largo plazo del país. Asimismo, un país formal es mucho menos riesgoso que un país informal, bajaría la tasa de descuento y el riesgo país. Pero, señores, si no podemos imponer la ley a los ambulantes y choferes de combi, estamos fregados, pues. ¿Qué reformas más profundas vamos a hacer? ¿De qué estamos hablando?

Una periodista le dice a George Forsyth, “Señor alcalde, usted ha invadido las calles donde estaba la mafia”. El responde, tranquilo, concreto, que “ellos son los que nos han invadido a nosotros. Nosotros estamos recuperando las calles para los ciudadanos, los verdaderos dueños de las calles”. Señores, todos debemos sacar el Forsyth que tenemos dentro y lograr esto. Luchar contra la informalidad no es un placer, es un deber, es necesario. Tanto los alcaldes como los ciudadanos debemos hacer nuestra parte. ¡Cambiemos el país!

La gran mayoría de precios de los activos nacionales se mueven en base a las expectativas futuras sobre el crecimiento de la economía nacional y al riesgo país. Todas las variables mencionadas en este post tienen un impacto sobre el crecimiento. Afectemos positivamente el día a día de las personas y todos estaremos más contentos y poco a poco nuestros activos valdrán más. Dejemos la inacción y la mediocridad y exijamos que nuestros líderes sigan el ejemplo del joven alcalde de La Victoria.

*No tengo el gusto de conocer al señor George Forsyth, ni jamás he tenido, relación comercial con él. Tampoco es cliente ni tiene relación comercial con la empresa donde trabajo hace diez años.