AlbertoArispe
Viva la Bolsa Por Alberto Arispe

Me gradué del MBA del Stern School of Business de New York University en mayo del 2000. El 01 de agosto de ese  año empecé a trabajar como associate en la mesa institucional de acciones de mercados emergentes de un importante banco de inversión internacional. Mi jornada arrancaba a las 07:00 am. Participaba en conference calls con colegas de Londres, Nueva York y Hong Kong para saber qué pasaba en los mercados financieros del mundo, rescatando noticias que impactaban en los valores fundamentales y los precios de mercado de las acciones de mercados emergentes. Luego, enviaba un e-mail resumen a mi lista de distribución y llamaba por teléfono a mis 30-40 clientes para conversar sobre el mercado. Eso ocupaba gran parte de mi día.

El trabajo era dinámico y orientado a resultados. Mis clientes eran los portfolio managers y analistas de los fondos de inversión más grandes del mundo basados en Estados Unidos. Estos señores tenían que sentir que el análisis, las ideas, la información y el servicio que le dábamos creaba valor. Si lo conseguíamos, los fondos llamaban a nuestra mesa de trading y colocaban órdenes de compra/venta de acciones. Por cada orden ejecutada, nosotros cobrábamos una comisión. De esa manera, el cliente nos pagaba por nuestro servicio.

Ese martes 11 de septiembre era un día como cualquier otro. Llegué a las 7:00 am a la oficina. Tras escuchar los conference calls, lancé mi e-mail diario y empecé a llamar. Mis compañeros de mesa en lo mismo. Todos en el teléfono, disparando e-mails, o escribiendo por Bloomberg. A las 8:45 am, estaba en plena conversación con un analista de un fondo basado en Boston cuando me pregunta si estoy viendo lo que ocurre en las torres gemelas. Levanto la mirada y en el televisor a medio metro, veo como sale humo de la parte superior del World Trade Center 1 (plantas 93 para arriba). “Be safe”, me dice.

Cuelgo y veo con detenimiento la imagen en la pantalla chica, a medida que mis colegas se acercan a los televisores.  El presentador señala que una avioneta habría chocado con la torre de casualidad. Chequeo el Bloomberg a mi costado. Leo  el flash informativo.  No hay  mayor detalle tras el headline. Nadie sabe qué ha pasado. Pienso “esto no es un accidente. El río Hudson está al costado, una avioneta puede evitar la torre e ir hacia el río. Entre 1988-1992,  yo estudié en la Universidad Católica, los terroristas de Sendero Luminoso detonaban carros bombas frente a edificios, comisarías, entre otros. Viví acostumbrado a las bombas y los apagones. Miserables. Este un atentado terrorista. Alguien se ha colado al edificio con una bomba (lo cual era difícil por la seguridad) y ha explosionado la bomba en los pisos de arriba”.

Aunque había tensión e incertidumbre, la mayoría seguimos con nuestro trabajo (el mercado no se detiene), siempre con un ojo en el televisor y atento a las noticias de Bloomberg. 9:03 am: vemos con estupor a un avión comercial grande (vuelo 175 de United Airlines) estrellarse contra la parte media alta (plantas 77 a 85) de la segunda torre gemela (World Trade Center 2). La explosión es impactante. Todos nos quedamos paralizados. Algunos comienzan a llorar y entrar en pánico. Las noticias enfatizan que “America is under attack”. Es un ataque terrorista aéreo a Nueva York. Todos nos sentimos en peligro. Según la televisión, los edificios más altos y emblemáticos son los objetivos. “Los más altos y emblemáticos”, pensé. Estaba en uno esos.

Tras unos minutos de parálisis, reacciono. Agarro el teléfono y marco el recordado (y por qué no, querido) 362298.  Contesta mi mamá. “No vaya a ver la televisión y asustarse”, pensé. “Hola mamá, ¿has visto la televisión? Pon CNN, hay un atentado en el World Trade Center, estoy bien, nos están evacuando. Te llamo luego de casa. Estoy cerca, pero no tan cerca”.

La situación en la mesa está fuera de control. Algunos colegas americanos están furiosos con los musulmanes. Quieren venganza. Otros están asustados. Otros lloran desconsoladamente. Levanto la vista y cruzo mirada con mi pata Renato, alias “el conde” (más por su parecido al Conde Pátula, que por su pinta de noble europeo).  Eramos los dos peruanos de la mesa. “Vámonos”, me dice, “esto se pone feo, salgamos de aquí”.

Pasa mi jefe y nos dice a todos que evacuemos, que nos vayamos. “Sálvese quien pueda”. Todos por las escaleras.  ¡Son 55 pisos! La gente baja a toda velocidad. Las mujeres se sacan los tacos y corren. El conde y yo bajamos raudamente bien agarrados de la baranda de las escaleras. Una caída y morimos aplastados. Ganamos la calle y al voltear, las dos torres rodeadas de humo. Enrumbamos hacia Midtown, yo vivía en la octava avenida con la calle 52 (no hay tantos edificios altos y emblemáticos por ahí, pensé). Los celulares no funcionan y el caos se apodera de la calle. Mientras camino rápido, miro los edificios. Cualquiera de ellos podría ser un objetivo.

A medio camino, el conde se despide. “Un abrazo, cuídate hermano”. Sigo sólido, casi corriendo. A medio camino, miro hacia atrás y veo que una de las torres se derrumba como un castillo de naipes. Eran las 10:00 am. No puedo escribir lo que pensé porque la amable editora de SEMANAeconómica me censura por grosero. La gente empieza a correr despavorida. Pánico.

Corro y llego al edificio donde vivo. Subo al piso ocho. Patrick, mi roommate, ya había llegado. Trabajaba en un banco cerca al departamento. “Guey, la cosa está fea”. 10:40 am: vemos en el televisor como se derrumba la segunda torre. La televisión reporta que un avión secuestrado se ha estrellado contra el Pentágono, sede del ejército más poderoso del mundo. Hay, además, otros aviones secuestrados que podrían estrellarse contra la Casa Blanca y, otra vez,  edificios emblemáticos. Nadie se siente seguro. La situación se agrava. Los teléfonos no funcionan. Nos atrincheramos en el depa.

Poco a poco van llegando los buenos amigos. Mi primo, hermano y compadre, Rodrigo, cayó por la casa a mediodía.  “¿Todos bien?” Sí, felizmente. Mi gran amigo Andrés, que vivía en los dormitorios de New York University (NYU),  “Muchachos, la policía ha cercado todo downtown. No puedo entrar a mi departamento, NYU está acondicionado carpas en el gimnasio para todos los estudiantes afectados”. Se quedó con nosotros.

Un poco más tarde, el New York Stock Exchange (NYSE), ubicado a unas diez cuadras de las torres gemelas, anunció que la bolsa no abriría al día siguiente. El mercado cerró miércoles, jueves y viernes. Abrió recién el lunes 17 de setiembre del 2001. No había sucedido antes.

El lunes 10 de setiembre el índice Standard & Poors 500 había cerrado en 1,092 puntos. El 17 de setiembre, primer día de mercado tras los atentados terroristas, el S&P 500 tuvo una caída aparatosa de 4.9% vs el cierre del lunes. El piso de corto plazo ocurrió el viernes 21 de setiembre, cuando el índice tocó los 965 puntos, acumulando una baja de 11.6% desde September 11. Durante ese mismo periodo de tiempo, el oro subió de US$271/onza a US$291/onza (+7.0%). Al inicio hubo pánico en el mercado. Sin embargo, inversionistas de renombre, entre ellos Warren Buffett, salieron a comprar acciones y públicamente señalaron que no esperaban que este ataque terrorista se convirtiese en algo regular que afecte la economía y the american way of life. No se equivocaron, en los siguientes 20 días, los precios subieron a niveles pre-atentado.

La ciudad se llenó de tres sentimientos: 1) indignación, rabia, molestia. Querían vengarse. Estados Unidos debía bombardear el medio oriente. Los cerca de 3,000 muertos tenían que ser vengados. No se puede atacar suelo americano y no pasar nada; 2) Solidaridad, heroísmo y ayuda. Muchos voluntarios fueron a ayudar a rescatar sobrevivientes, auxiliar a los heridos, limpiar la zona, etc. Algunos arriesgaron su vida; 3) Temor a nuevos ataques pues por primera vez se sintieron vulnerables. Los americanos jamás pensaron que podían sufrir un ataque así.  Siempre confiaron en sus fuerzas armadas, sus fuerzas policiales, sus centrales de inteligencia, etc.

Fue un día inolvidable. Unos días antes había estado en un desayuno de trabajo en una de las torres gemelas, en el piso 95, como mis clientes de Fiduciary Trust. Muchos de ellos fallecieron ese día.

Han pasado 18 años y recuerdo el día claramente. Fue un atentado cobarde, por la espalda, a civiles desarmados.  Sólo un demente podría haber orquestado algo así y unos más locos todavía, ejecutar un plan tan salvaje y cruel.  Merecen el infierno.

Un fuerte abrazo a los grandes amigos que menciono en este post: Patrick, mi primo Rodrigo, y el conde Renato, de quien no sé nada hace años. Si estás leyendo estas líneas, te mando un gran abrazo.