MarcialOrtiz de Zevallos
Conversemos turismo Por Marcial Ortiz de Zevallos

Hace unos días un turista me preguntó en tono jocoso: ¿por qué le han puesto esas “panties” a la Costa Verde? Luego de reírme, le expliqué que las “panties” no eran para el frío ni la brisa, sino que esas mallas fueron puestas algunos años atrás, no muchos, para evitar que, con sus piedras de canto rodado, el acantilado cobre una nueva víctima. Su cara de sorpresa fue total. “¡Con la vista que tienen desde esos farallones en mi país ya los hubieran convertido en edificios residenciales, hoteles, restaurantes, parques, zonas recreativas entre muchas cosas más! Además, las demandas a los municipios serían millonarias en caso te pase algo por el desprendimiento de una roca. Es una locura.”

Esa conversación me hizo recordar algo que vengo pensando desde hace mucho tiempo. ¿Es acaso el acantilado en su forma natural más valioso que las vidas de las personas que este ha arrebatado? ¿En dónde se traza la raya que divide el área en que el disfrute idílico de algunos deja de prevalecer sobre la vida de otros? ¿No sería mejor transformar este riesgo latente de muerte y destrucción en un gran polo turístico comparable a los mejores del mundo? Analicemos este caso controversial sin apasionamientos.

Si podemos abstraernos y dejar la pasión a un lado, sólo un rato, un breve instante, nos daremos cuenta que este fenómeno geológico característico de Lima, y olvidado por mucho tiempo, representa un peligro a la sociedad en su conjunto.

El primer peligro que todos recuerdan es que una de sus piedras te puede matar, de hecho: lo ha hecho con muchas personas a lo largo del tiempo. Por eso, se colocaron las estéticas panties. El segundo, del que todos rehúyen hablar, pero que desencadenaría un escenario dantesco, es que, con un terremoto de gran magnitud, este acantilado podría caer en bloque en muchas de sus secciones.

El primer problema bastaría en cualquier parte del mundo para replantear su estado natural o para prohibir el tránsito a sus pies. Pero parece que en nuestra psiquis colectiva estas muertes esporádicas no tienen mucho valor. Sin embargo, el segundo problema sí debería levantar las cejas de algunos por lo menos. Es una posibilidad sumamente preocupante. Si tienen un poco de imaginación, que el acantilado se caiga en bloque es algo aterrador. Las personas que viven cerca de él o estén cerca de su barranco y, claro, las personas circulando por la Costa Verde encontrarían su fin en pocos minutos. Y no lo digo yo, lo dicen los expertos.

Respecto del segundo riesgo, en el 2017 un artículo en el diario El Comercio daba cuenta del catastrófico peligro que el Acantilado conllevaba:

 “Un grupo de ingenieros del Centro Peruano Japonés de Investigaciones Sísmicas y Mitigación de Desastres (Cismid), brazo de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI)… calculó que una franja de acantilado de la Costa Verde de 30 a 60 metros sería vulnerable a desprendimientos o una eventual caída en bloque si sucediera un sismo de 8,5 grados de magnitud. Ello, debido al peso que soporta por la cantidad de edificios y otras grandes infraestructuras.” Hasta ponía como dato y advertencia en el mismo artículo “Desde el 2012, un estudio de expertos de la UNI revelaba que la Costa Verde presenta riesgo medio o alto de derrumbes, y que las construcciones deberían ubicarse a 150 metros del acantilado.”

Este peligro no ha sido sacado de la Apocalipsis, es algo que va a pasar, no hay duda, porque algo que todos creo que sabemos es que el silencio sísmico no dura para siempre y un terremoto de más de 8 grados va a tener como epicentro Lima. Punto.

Si hablamos del primer peligro, en el 2016 el mismo periódico escribía un artículo titulado Costa Verde: 20 años con heridos y muertos por caída de rocas. En él reportaba acerca de las víctimas de este inestable accidente geográfico plagado de piedras redondas y lisas pendiendo de un hilo de arena y tierra.

No obstante, dejemos de lado este peligro que parece haber sido controlado relativamente bien interviniendo las paredes naturales del abismo con estos revestimientos sintéticos que llamaron la atención del turista. El mayor peligro sin lugar a dudas, que sí puede y debe mover las agujas de nuestra conciencia social, debido a su inconmensurable tamaño, es el peligro latente de caída en cadena del barranco. Centrémonos en eso. Además, solucionándolo también se solucionan las caídas de proyectiles pétreos.

Entonces, si no se debe construir a 150 metros de su borde y la realidad es que hasta hay edificios sobre el filo, ¿qué hacemos?

Lo que no se puede hacer es dejarlo como está. Eso sería imprudente y poco inteligente. Como solución se podría pensar en construir un colosal muro de contención que salvaguarde la vida de miles de personas, pero eso es absurdo, aparte de feo. Realmente creo que sería un desperdicio.

¿Qué tal si convertimos este peligro en una oportunidad? ¿Por qué no cambiamos de chip y en vez de los muros de contención necesarios se erigen parques escalonados, edificios residenciales con vista al Océano Pacífico, hoteles, centros de convenciones, restaurantes, bares, puentes, teatros, miradores, jardines colgantes, museos, centros de entretenimiento, etc., todos ellos fungiendo del necesitado refuerzo para borde de la ciudad? No sólo solucionaríamos la caída en bloque de parques y edificios que ahora dibujan nuestra costa, sino que con esta obra se convertiría a Lima en un gran polo de desarrollo turístico a la altura de Río de Janeiro o Viña, o mucho mejor que esos.

Imagínense a la Costa Verde y sus paredes empinadas en los atardeceres de verano, transformada, renovada, pensada, llena de grandes proezas arquitectónicas, envidia de otras ciudades, meca del diseño, modelo del buen gusto. Imagínense este nuevo paisaje creado por las mentes urbanísticas más brillantes, enmarcado con ese cielo rojo fuego del ocaso que es tan especial en Lima. Imagínense a la Costa Verde y este complejo turístico-residencial lleno de gente de todas partes del mundo admirando nuestra hermosa bahía, el Océano Pacífico, obras de arte, edificios-monumetos, etc. Imagínense esa puesta del sol que pinta la Isla San Lorenzo fusionándose con las nuevas creaciones, todo sería digno de una postal. ¿No sería acaso algo increíble? Lima se convertiría en una de las ciudades más agradables del mundo, nuestra ciudad sería un ícono, algo que todos quisieran conocer.

A los que no creen les haría recordar el caso Larcomar. Cuando se propuso como un proyecto las voces de protesta se hicieron oír desde múltiples canteras. La izquierda y la derecha en una suerte de utopía ideológica se unieron en contra este proyecto. El parque Salazar parecía ser el último bastión de los defensores de la democracia que por cierto a los finales de los 90 no tenía muchos amigos. Inclusive una vez construido hasta el propio Vargas Llosa escribió en El País de España despotricando de este centro comercial.

Según él se había destruido el antiguo parque bucólico, prolífico de historias de amor y recuerdos de infancia. Es decir, para la mayoría Larcomar era negativo. Y no me extrañaría que piensen lo mismo de la propuesta de intervenir los famosos acantilados. Sin embargo, deben recordar que el emporio comercial construido debajo de lo que era el Parque Salazar ahora lo visitan casi la misma cantidad de turistas que visita Machu Picchu. ¿Quién podría negar sus bondades y su rotundo éxito para la ciudad? Larcomar le da vida comercial a toda esa zona y al eje urbano-económico Parque Kennedy – Larcomar –Barranco. Felizmente se levantó contra viento y marea. El criticado proyecto se construyó excavando el acantilado, cambiando el Parque Salazar y dando vida a algo superior. Ese pedacito ínfimo de acantilado ha tenido un gigantesco impacto económico y turístico. ¡Imagínense cuál sería el impacto de intervenir gran parte de los mismos!

Además, dejémonos de romanticismos. En principio a los que consideran que los acantilados son intocables les diría algo. No sólo ya están súper tocados porque han sido excavados para hacer múltiples edificaciones a lo largo del tiempo sino que como dijo el turista con quien hablé, están revestidos en geomallas. ¿Dónde está la intangibilidad allí? ¿Cómo es que estamos guardando su aspecto natural? No lo hemos hecho nunca.

De hecho, por ejemplo, la bajada de Barranco a la playa debajo del Puente de los Suspiros, una de las mayores atracciones turísticas de Lima, está totalmente llena de restaurantes y bares. Es un monumento a favor de construir en las paredes del acantilado al igual que Larcomar. Y si nos queremos poner históricos porque no mencionar el antiguo y bellísimo Malecón de Chorrillos, considerado antes de su destrucción, parte fundamental del mejor balneario del Pacífico Sur. O sea, esos argumentos de intangibilidad no tienen mucho fundamento.

Los peruanos estamos parados frente a una oportunidad dorada, o mejor dicho sobre una oportunidad dorada. En lo que respecta al turismo si se decidiera hacer algo con los acantilados como lo que propongo, sería probablemente una de las mayores inyecciones de capital y trabajo a la economía de todas las que recuerde.

Podríamos tener un hub de convenciones, parques, hoteles, y todo lo que pondría a Lima en el mapa de cualquier turista a nivel mundial. Basta con observar las fotos que a continuación colgaré para ver algunos destinos comparables donde se ha intervenido la naturaleza.  Ahora millones de personas los visitan. Hagan volar su imaginación y que estas imágenes les sirvan de inspiración. Nuestros farallones podrían ser inclusive mucho mejores.

Es hora de que el gobierno haga algo con este activo de cientos de miles de metros cuadrados y que se convoquen urbanistas, arquitectos, ingenieros, diseñadores, artistas y se hagan concursos públicos para ver la forma de estabilizar esta parte de la ciudad y evitar una catástrofe de la cual ya nos avisaron. No podemos ser indolentes. No podemos seguir así con las anteojeras puestas. La propuesta estética da cabida a discusión, no la da sin embargo, la parte de prevención de riesgos. Contener estos acantilados es un deber.

Sólo falta tomar la decisión y convertir a Lima en una potencia turística mundial, convertirla en un imán de gente foránea que viaje a ver esta maravilla, ávidos por experimentar esta joya de la arquitectura y belleza paisajística.  Sólo falta armarse de valor y dejar la politiquería y las pasiones. Sólo falta que los peruanos nos la creamos. Es hora de que la herencia que nos dejaron los antiguos peruanos se una con lo que podemos hacer los nuevos peruanos. Si Machu Picchu es una de las Siete Maravillas del Mundo, ¿qué tal si la Costa Verde también se mete en esa lista? Sí se puede. Estos acantilados que actualmente parecen protegidos del frío y la llovizna por una malla nos están dando esta inmensa oportunidad, debemos aprovecharla.

PD. DIAS DESPUES DE PUBLICADO ESTE POST UNA SECCION DE LA COSTA VERDE SE DESPLOMO A LA ALTURA DE MAGDALENA. UNA ADVERTENCIA MAS QUE LOS PERUANOS DEBEMOS OIR. ¡CONTENGAMOS LOS ACANTILADOS!

 

FOTOS DE CHILE (2 PRIMERAS), ITALIA, GRECIA Y BRASIL

 

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